Orgullo Roto

CAPÍTULO 8: El Golpe de Gracia

Tras la humillante retirada de Alastair de Le Gavroche, el resto del almuerzo transcurrió en un ambiente extrañamente pacífico. Julian, lejos de presionar a Victoria sobre lo ocurrido o indagar en la herida, se encargó de desviar la conversación hacia temas más ligeros: arte contemporáneo, sus viajes por el Mediterráneo y la labor benéfica que Victoria siempre había querido impulsar sin el apoyo de su esposo.

—Tienes una mente brillante, Victoria —dijo Julian mientras le ofrecía la mano para ayudarla a bajar del auto frente a la mansión de Belgravia al atardecer—. No dejes que la sombra de Kensington borre la luz de quien realmente eres.

—Gracias, Julian. Por todo —respondió ella, sintiendo una calidez genuina en el pecho al mirarlo.

Sin embargo, en cuanto cruzo las imponentes puertas de roble de la casa, la atmósfera se volvió densa y pesada.

En la sala de estar principal, entre la penumbra quebrada solo por el fuego de la chimenea, Alastair esperaba sentado en un sillón de orejas de cuero oscuro. Frente a él, sobre la mesa de centro, había una botella de whisky de trescientos años casi vacía y un fajo de carpetas financieras de color azul.

Al verla entrar, Alastair no se levantó. Su rostro estaba demacrado por el alcohol y la falta de sueño, pero sus ojos grises brillaban con una lucidez peligrosa y calculadora.

—Tardaste bastante —murmuró con la voz arrastrada por el licor.

—Llegué a la hora que quise —respondió Victoria secamente, dispuesta a subir las escaleras sin prestarle atención.

—Deberías quedarte a ver esto, Victoria —dijo él, dando un golpe con los nudillos sobre las carpetas azules—. Es el expediente de bancarrota del consorcio marítimo Vance.

Victoria se congeló en el primer escalón. Lenta y deliberadamente, se giró para mirarlo.

—¿De qué estás hablando?

Una sonrisa amarga y despiadada se dibujó en las facciones de Alastair.

—¿Pensaste que me quedaría de brazos cruzados mientras ese bastardo se paseaba contigo por todo Londres? —Alastair se puso de pie, tambaleándose un milímetro antes de erguirse con la elegancia dominante que lo caracterizaba—. En las últimas tres horas, convoqué a una junta extraordinaria del directorio. Usé el poder de voto de Kensington Financial para bloquear las líneas de crédito de la flota de Julian Vance en Asia y compré la deuda de su naviera principal.

Victoria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Estás demente, Alastair —murmuró con horror—. Esto no tiene nada que ver con negocios. Estás atacando a un hombre libre solo por tu maldito ego.

—¡No es por mi ego, es por ti! —rugió Alastair, cruzando el salón a pasos agigantados hasta quedar a solo centímetros de ella. El olor a whisky rancio y rabia la envolvió—. Julian Vance perderá el cuarenta por ciento de su patrimonio para mañana al mediodía si no firma la venta de sus acciones. A menos... que tú me pidas que me detenga.

Victoria apretó los dientes, sintiendo una mezcla de náuseas y furia hirviente.

—¿Me estás chantajeando?

—Te estoy dando una opción —susurró Alastair, acariciando con el dorso de sus dedos el pómulo de ella. Victoria apartó la cara con asco, pero él no perdió la sonrisa fría—. Cancela todas tus citas con él. Vuelve al dormitorio principal. Sé mi esposa otra vez y le devolveré sus líneas de crédito. Si te quedas conmigo, salvarás a tu precioso duque.

Alastair creía haber ganado. Durante años había usado su poder económico para aplastar a sus competidores y manipular a su antojo a todos a su alrededor. Estaba convencido de que, al acorralar a Julian, obligaría a Victoria a regresar a sus pies por lástima o deber.

Pero no conocía la verdadera fuerza de la mujer a la que había pisoteado durante cuatro años.

Victoria sonrió. Fue una sonrisa corta, desgarradora y llena de una conmiseración absoluta que tomó a Alastair completamente desprevenido.

—Eres tan miserable, Alastair —dijo ella con una serenidad pasmosa—. Pensé que eras un hombre fuerte, pero solo eres un niño cobarde con mucho dinero que rompe las cosas cuando no puede jugar con ellas.

—Victoria...

—¿Crees que arruinar a Julian va a hacer que te ame otra vez? —lo interrumpió ella, clavándole los ojos azules con el filo de una guillotina—. ¿Crees que voy a meterme a tu cama por chantaje? Todo lo que estás haciendo solo logra una cosa: que te odie más de lo que ya te odiaba esta mañana.

Alastair pestañeó, desconcertado por la falta de pánico en el rostro de su esposa.

En ese momento, el teléfono celular de Victoria vibró en su bolso. Ella lo sacó con elegancia y contestó la llamada sin quitarle la vista de encima a Alastair.

—¿Hola, Julian? —dijo ella por el altavoz.

La voz de Julian Vance resonó clara, tranquila y sin el menor rastro de desesperación en el receptor:

—Victoria, lamento llamarte a esta hora, pero me imagino que tu esposo ya te dio la "noticia" de mi naviera en Asia.

Alastair frunció el ceño, poniéndose rígido.

—Estoy al tanto, Julian —respondió ella—. Alastair acaba de mostrármelo.

Julian soltó una carcajada suave al otro lado de la línea.

—Dile a Kensington que sus analistas financieros son bastante mediocres. El consorcio marítimo que "compró" esta tarde era una empresa fantasma que mi familia liquidó hace dos meses para reinvertir en el sector tecnológico. Acaba de gastar ochenta millones de libras en comprar deuda basura.

Alastair se mudó de color. Su rostro perdió todo rastro de sangre en un segundo.

—¿Qué...? —balbuceó él, dando un paso atrás.

—Gracias por intentar mi quiebra, Kensington —añadió Julian con un tono cargado de ironía—. Tus ochenta millones acaban de financiar directamente el nuevo proyecto de caridad de Victoria para los hospitales de la ciudad. Nos vemos mañana en la gala benéfica, Victoria. Pasa buena noche.

La llamada se cortó.




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