El Gran Salón de los Banquetes en Whitehall resplandecía bajo la luz de cientos de velas y arañas de cristal. La gala benéfica de la alta sociedad era el evento más exclusivo de la temporada, y esta noche, la tensión se podía cortar con un cristal de champaña.
Las conversaciones se detuvieron bruscamente cuando las puertas dobles se abrieron de par en par.
Victoria hizo su entrada del brazo de Julian Vance.
Luciendo el espectacular vestido de noche color zafiro, con la espalda al descubierto y diamantes destellando en sus orejas, caminaba con una gracia y soltura que jamás se le había visto. A su lado, Julian la acompañaba con el orgullo impecable de un hombre que sabe el valor incalculable de la mujer que sostiene.
—Todos están mirando —murmuró Victoria con una tenue sonrisa, sin bajar la mirada frente a la marea de aristócratas y periodistas.
—Que miren —respondió Julian, inclinándose levemente para hablarle al oído con esa voz profunda y pausada que le transmitía una seguridad absoluta—. Que vean a la mujer más extraordinaria de Londres liberarse finalmente de sus cadenas.
Mientras caminaban hacia la pista principal, Victoria sintió que una calidez real le inundaba el pecho. Julian no la apretaba con posesividad ni buscaba marcar territorio ante las cámaras; simplemente estaba ahí, protegiéndola, respetándola y apreciando cada segundo a su lado.
Sin embargo, a mitad de la velada, el ambiente del salón dio un vuelco helado.
Alastair Kensington acababa de llegar.
No llevaba acompañante. Se había abotonado el esmoquin a la prisa y su rostro lucía pálido, dominado por unos ojos grises que denotaban el tormento de quien lleva días sin dormir. Alastair ignoró a los fotógrafos y a los socios que intentaron saludarlo. Su mirada fue directa, como un misil, hacia el centro del salón donde Victoria y Julian conversaban serenamente con un grupo de diplomáticos.
Cuando Alastair acortó la distancia, la gente a su alrededor se abrió en silencio, temiendo una nueva explosión de celos.
—Victoria —dijo él. Su voz no traía la furia de antes, sino una ronquera desesperada, un matiz quebrado que dejó perplejos a los presentes—. Necesito hablar contigo. Solos. Por favor.
Julian dio un paso discreto para ponerse al lado de Victoria, pero ella levantó suavemente una mano, deteniéndolo.
Victoria se giró hacia su esposo. Lo miró a los ojos y, por primera vez en cuatro años, no sintió amor, no sintió rabia, ni siquiera dolor. Solo sintió una abrumadora indiferencia.
—No tenemos nada de qué hablar en privado, Alastair —respondió con voz firme y clara, escuchada por decenas de testigos—. Todo lo que teníamos que decirnos se quedó en Belgravia.
—No me hagas esto aquí… —suplicó Alastair en un murmullo apenas audible, sintiendo el peso de los murmullos de la sociedad sobre sus hombros destrozados—. Te lo pido por lo que fuimos.
—Lo que fuimos murió por tu propia mano —sentenció ella.
En ese momento, la orquesta comenzó a tocar una melodía suave y envolvente. Julian, con una elegancia impecable, extendió su mano hacia ella.
—¿Me concederías este baile, Victoria?
Victoria miró a Alastair una última vez. Vio la humillación, el arrepentimiento y la agonía en el rostro del hombre que un día se creyó un dios intocable. Luego, le dio la espalda por completo y colocó su mano sobre la de Julian.
—Será un honor, Julian.
En medio de la pista, mientras el vals resonaba y giraban bajo los techos dorados, Julian la sostuvo por la cintura con la sutileza de quien cuida un tesoro.
—Estás lista para dar el siguiente paso, ¿cierto? —preguntó Julian, mirándola directamente a los ojos con una ternura genuina.
—Estoy lista para volver a vivir —susurró Victoria.
Al llegar al balcón privado del salón para tomar aire fresco lejos de las miradas, la brisa de la noche londinense envolvió la silueta de ambos. Julian tomó la mano de Victoria y llevó sus nudillos hacia sus labios, rozándolos con una lentitud que le erizó la piel.
—No vine a tu vida para usar la sombra de tu esposo, Victoria —dijo Julian en voz baja—. Vine porque desde el primer día que te vi, entendí que mereces a alguien que te adore todos los días de su vida.
Victoria sintió que el corazón le latía a mil por hora, no por miedo o despecho, sino por la ilusión renovada de sentirse valorada. Sin dudarlo más, se alzó levemente sobre sus talones y acortó la distancia entre ellos.
El beso fue suave, profundo y lleno de una calidez que Victoria jamás había experimentado. Un sello definitivo que dejaba su pasado atrás.
Desde la penumbra del balcón interior, Alastair lo presenció todo. Apoyado contra una columna de mármol, con la botella de licor intacta en la mano y el pecho destrozado, vio cómo el amor de su vida entregaba su corazón a otro hombre.
El poderoso Alastair Kensington entendió, entre lágrimas contenidas, que había perdido a Victoria para siempre... y que esta vez, ni todo su imperio podría traerla de vuelta.