El aire en el salón principal de la residencia Sinclair, en el selecto distrito de Kensington, olía a madera barnizada, té Earl Grey y a una aristocracia antigua que se negaba a caducar.
Alastair Kensington permanecía de pie junto a la chimenea apagada, vestido con un impecable traje oscuro. Aunque intentaba mantener la barbilla en alto y los hombros firmes, las ojeras marcadas y la tensión constante en su mandíbula traicionaban su desesperación. Había pasado setenta y dos horas sin recibir una sola respuesta de Victoria. Sus llamadas eran desviadas, sus flores devueltas sin abrir y el acceso a su nuevo apartamento temporal en Chelsea le estaba vedado por la seguridad privada de Julian Vance.
El sonido de la puerta al abrirse anunció la entrada de Lord Arthur Sinclair y su esposa, Lady Eleanor.
Arthur, un hombre de cabello cano y mirada severa que había dedicado su vida a proteger el prestigio de su linaje, avanzó con paso cansado. A su lado, Eleanor mantenía la postura erguida de una matriarca victoriana.
—Alastair —saludó Lord Sinclair, estrechando su mano con una brevedad casi clínica—. Tu llamada de esta mañana sonaba bastante urgente. No es habitual que el hombre más ocupado de la City se presente sin aviso previo en nuestro hogar.
—Arthur, Eleanor —respondió Alastair, forzando una inclinación de cabeza—. Agradezco que me reciban. Me temo que no estoy aquí por cuestiones financieras ni corporativas. Vine por Victoria.
Lady Eleanor alzó una ceja, sentándose en el sofá de terciopelo con parsimonia refinada.
—¿Qué ocurre con nuestra hija? Supongo que el escándalo de Le Gavroche que los periódicos han estado ventilando durante tres días tiene algo que ver.
Alastair apretó los puños a los costados antes de hablar, sintiendo que tragar su orgullo frente a sus suegros era como tragar cristales rotos.
—Victoria ha tomado una decisión impulsiva —explicó, midiendo cada palabra—. Ha abandonado nuestra casa. Me entregó una solicitud de divorcio y está dejándose ver en público con Julian Vance. Esto es un ataque directo a la estabilidad de ambas familias. Vine a pedirles que intervengan. Hablen con ella. Háganla entender que un arrebato no puede destruir una alianza y un matrimonio como el nuestro.
Lord Sinclair se acercó al mueble bar, sirvió dos dedos de brandy en un vaso de cristal y se giró lentamente para mirar a su yerno.
—¿Un arrebato, Alastair? —preguntó Arthur con voz grave y pausada—. ¿Llamas arrebato a que tu esposa finalmente se ponga de pie tras cuatro años de humillaciones públicas?
Alastair se desconcertó por un segundo. Esperaba que la familia de Victoria, tradicional y obsesionada con las apariencias, presionara a su hija para evitar el estigma del divorcio.
—Arthur, admito que cometí errores —argumentó Alastair, dando un paso adelante con urgencia—. Fui distante, tal vez descuidado con mis asuntos personales. Pero le he dado a Victoria todo lo que una mujer de su posición podría desear. Le di mi apellido, el respaldo financiero de mi firma y una vida sin carencias.
—Le diste todo, menos respeto —intervino Lady Eleanor, clavándole una mirada fría que recordó de inmediato a Alastair a la propia Victoria—. Durante cuatro años, mi hija vino a esta casa cada domingo con una sonrisa ensayada para protegerte. Aguantó que la prensa hablara de tus amantes, aguantó cenar sola cada noche y aguantó que la trataras como un accesorio útil para tus negocios.
—Ella me amaba —soltó Alastair con vehemencia, desesperado por aferrarse a esa certeza—. Victoria me ama. Lo sé.
—Te amaba —lo corrigió Lord Sinclair, tomando un sorbo de su bebida—. Y ese fue su único error: amarte tanto que te permitió creer que podías romperla sin pagar el precio. Pero mi hija no está sola, Alastair. La noche que abandonó tu casa, vino aquí primero. Nos mostró los registros de tus infidelidades, los informes de tus viajes con esa modelo francesa y la demanda de divorcio.
Alastair sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.
—¿Y ustedes... apoyan esta locura? —preguntó con incredulidad—. Si Victoria firma ese divorcio, la prensa destruirá la reputación de los Sinclair. Las acciones de nuestras empresas vinculadas van a tambalearse.
—Que tambaleen —sentenció Lord Sinclair sin pestañear—. La fortuna de mi familia sobrevivirá a un divorcio. Lo que no iba a sobrevivir era mi hija si se quedaba a tu lado marchitándose un año más.
Antes de que Alastair pudiera replicar o recurrir a amenazas corporativas, el eco de unos pasos firmes en el vestíbulo interrumpió la discusión.
La puerta del salón se abrió de nuevo.
Victoria entró al lugar. Lucía un impecable abrigo de lana en tono gris perla, con el cabello recogido y una serenidad en el rostro que hizo que el corazón de Alastair diera un vuelco violento. Pero lo que hizo que la sangre de Alastair se transformara en fuego puro fue la figura que caminaba justo detrás de ella.
Julian Vance entró a la residencia Sinclair sosteniendo con soltura el abrigo de Victoria en un brazo, moviéndose por el lugar con la familiaridad de alguien que no solo era bienvenido, sino esperado.
—Buenas tardes, mamá, papá —saludó Victoria, besando la mejilla de su madre y estrechando el brazo de su padre. Luego, giró lentamente la cabeza hacia Alastair—. Alastair. Veo que no perdiste el tiempo buscando aliados.
Alastair sintió una ola de celos posesivos estallarle en la cabeza. Dio dos pasos rápidos hacia ella, ignorando por completo la presencia de Lord Sinclair.
—¿Qué hace este hombre aquí contigo? —demando Alastair con la voz ronca de furia—. ¿Traes a tu amante a la casa de tus padres?
—Mide tus palabras en mi casa, Kensington —advirtió Lord Sinclair con dureza.
—Julian no es mi amante, Alastair —respondió Victoria sin alzar la voz, manteniendo una postura inquebrantable—. Es mi socio estratégico en el nuevo fondo de arte benéfico que estamos lanzando, y el hombre que tuvo la cortesía de acompañarme hoy a revisar los papeles de la separación con mis padres.