Seis meses después...
El otoño londinense teñía los árboles de Hyde Park de un tono dorado profundo. En el salón de banquetes del hotel Claridge’s, la crema y nata de la sociedad británico-europea se congregaba para la gala benéfica de la Fundación Sinclair para las Artes.
Victoria lucía un vestido de seda en verde esmeralda, de corte impecable, con el cabello recogido en un peinado refinado que resaltaba la serenidad de su rostro. Se movía entre diplomáticos, críticos y empresarios con una seguridad natural, sin rastro de la timidez o la rigidez de antaño.
Julian caminaba a su lado, sosteniendo su mano con un orgullo evidente.
—Ha sido una noche perfecta, Victoria —le dijo al oído mientras los camareros servían la champaña—. Has recaudado más de dos millones de libras en tu primer proyecto independiente.
—Hemos, Julian —respondió ella, mirándolo con una sonrisa tibia y sincera—. Sin tu apoyo logístico y tu fe en esto, no habría sido posible.
—Tu talento hizo todo el trabajo —contestó él, acercando los labios a su mejilla en un gesto cariñoso que las cámaras captaron de inmediato.
En medio de los aplausos y los murmullos de admiración de la prensa, Lord Arthur Sinclair y Lady Eleanor contemplaban a su hija desde una de las mesas principales. Arthur levantó su copa hacia ella, orgulloso de la mujer en la que se había convertido al dejar atrás la sombra que la sofocaba.
Mientras tanto, en la penumbra de Belgravia, la mansión Kensington permanecía en un silencio sepulcral.
Alastair estaba sentado tras el escritorio de la biblioteca, vistiendo una camisa blanca con las mangas arremangadas. Sobre la mesa de caoba reposaban varios expedientes de reestructuración financiera y un vaso de agua mineral. Había dejado el alcohol meses atrás, por recomendación médica y por el amargo entendimiento de que la bebida solo aceleraba su tormento.
Desde su destitución como CEO, Alastair conservaba su paquete accionario, pero se había retirado por completo de la vida pública. La casa, que alguna vez le pareció un símbolo de su estatus imperial, ahora le resultaba un mausoleo helado.
El timbre del teléfono interrumpió el silencio. Alastair contestó sin entusiasmo.
—Dime, Sterling —dijo con voz grave y pausada.
—Solo llamaba para informarte que el divorcio ha quedado inscrito de manera definitiva en el registro civil —comunicó su antiguo socio al otro lado de la línea, con un tono profesional pero neutral—. Victoria Sinclair ha recuperado formalmente su apellido de soltera. Legalmente, el proceso ha concluido.
Alastair cerró los ojos por un segundo. Sintió una ligera presión en el pecho, un dolor sordo al que ya se había acostumbrado.
—Entendido. Gracias por avisar —respondió con frialdad, cortando la llamada antes de que Sterling pudiera añadir algo más.
Lentamente, abrió el cajón superior del escritorio y sacó un sobre blanco. Dentro reposaba una copia de la revista de sociedad que había salido esa mañana. En la portada figuraba una fotografía de Victoria y Julian juntos en la entrada del Claridge’s, sonriendo hacia la cámara bajo el titular: «Victoria Sinclair triunfa en Mayfair al lado del Duque de Vance».
Alastair acarició el papel con los yemas de los dedos. No había rabia en sus ojos grises, ni ganas de tirar la mesa, ni el deseo ciego de destruir a Julian Vance. La furia devoradora de los primeros meses había dado paso a una aceptación resignada y amarga.
Entendió que el tiempo no retrocede. Recordó las noches en que Victoria lo esperaba en esa misma casa con la cena servida, las veces que ella intentó entablar una conversación y él la despachó con indiferencia para atender llamadas de negocios o salir con mujeres que no significaban nada.
—Fui un imbécil... —murmuró para sí mismo en medio de la habitación vacía.
Se puso de pie, caminó hacia la ventana que daba al jardín trasero y contempló las hojas secas caer sobre el césped. Tenía la fortuna intacta, los negocios funcionando bajo un nuevo esquema y el respeto distante de la City... pero la única persona que había estado dispuesta a amarlo por quien era, y no por su dinero, se había ido para siempre.
Alastair Kensington tenía todo el oro de Inglaterra en sus cuentas, pero esa noche, en la inmensidad de Belgravia, supo con absoluta certeza que pasaría el resto de sus días viviendo en la más profunda soledad.