Me levanto lo más rápido que puedo y hago una reverencia. Miro al suelo.
—Su Majestad, es un honor conocerlo.
Se ríe un poco antes de bajar la mano que me ofrecía.
—El honor es mío, señorita White.
Siento su mirada recorrerme de arriba abajo. Es cuando me atrevo a levantar la cara y lo miro. No sé por qué, pero su rostro se me hace tan familiar.
—Disculpe, Majestad, ¿usted tiene parentesco con mi rey?
Sonríe un poco.
—Por lo que veo, te falta conocer de historia entre reinos. Ven, sígueme. Te contaré mientras vamos al castillo.
Lo veo caminar con tanta seguridad y lo sigo hasta el coche. El chofer abre la puerta y entra. Me quedo quieta afuera, sin saber muy bien qué hacer, hasta que él se asoma.
—Te sugiero entrar. El viaje al castillo es largo.
Me armo de valor y entro. El chofer cierra la puerta.
Ya sentada y con el coche en marcha, me atrevo a preguntar:
—¿Qué pasó con Tomás y James?
—Nada. Los mandé de regreso, ya que demostraron no ser competentes.
Me quedo callada un segundo antes de decir:
—No fue su culpa. Yo me desorienté.
—Bueno, era su responsabilidad evitarlo, ¿no lo crees?
Me quedo callada.
—Bueno, Bruno, llévanos al castillo.
—Sí, Su Majestad.
Me quedo quieta en mi lugar mientras él revisa unos papeles. Me imagino que deben ser importantes. Todo está silencioso hasta que él decide hablar. Deja los papeles a un lado.
—Bueno, contestando tu pregunta, sí tenemos parentesco.
—¿Perdone?
—El rey Nicolás es mi sobrino.
Mi cara queda en desconcierto y creo que lo nota, porque se ríe.
—Sí, ya sé que es sorprendente, ya que tenemos casi la misma edad. Pero bueno, ese es el parentesco. Mi padre y su abuela eran hermanos, aunque con bastantes años de diferencia. La tía Flora es la mayor, y su hijo, el padre de Nicolás, era mi primo. Por lo tanto, es mi sobrino. Bueno, esa es la versión corta. La larga la tendrás que consultar en los libros de historia.
Asiento con la cabeza y él vuelve a sus papeles. Yo miro por la ventana, con más dudas de las que tenía al principio.
Hasta que veo el impresionante castillo.
Por un momento, me olvido hasta de respirar.
El castillo se alza frente a nosotros, enorme e imponente, rodeado por extensos jardines perfectamente cuidados. Sus altas torres se elevan hacia el cielo y las paredes de piedra tienen un tono claro que brilla con la luz del sol. Grandes ventanales se extienden por toda la fachada, algunos decorados con pequeños detalles tallados en piedra.
Un enorme portón de hierro se abre frente a nosotros y puedo ver que el camino continúa hasta la entrada principal. A ambos lados hay árboles, flores y fuentes que hacen que todo parezca sacado de un cuento.
No puedo evitar pegarme un poco más a la ventana.
Es… hermoso.
Nunca había visto algo así.
—Sí, es uno de los castillos más bellos del continente —dice Su Majestad, como si hubiera notado mi expresión.
—Le creo. Es hermoso.
El coche continúa avanzando hasta detenerse frente a las enormes escalinatas de la entrada. Cuando bajo, tengo que levantar la cabeza para poder observar todo el edificio.
La entrada principal es todavía más impresionante de cerca. Dos enormes puertas de madera oscura, decoradas con detalles dorados, se encuentran frente a mí. Sobre ellas hay un escudo que reconozco como el de la familia real.
Cuando las puertas se abren, entro detrás de él y vuelvo a quedarme sin palabras.
El interior es todavía más impresionante.
El vestíbulo es enorme y el suelo de mármol refleja la luz de los enormes candelabros que cuelgan del techo. A ambos lados hay grandes columnas y paredes decoradas con cuadros de personas que supongo fueron miembros de la familia real.
Mis ojos recorren cada rincón.
Hay muebles antiguos, grandes espejos con marcos dorados y largas cortinas que caen desde los enormes ventanales. Todo parece perfectamente colocado, como si nadie pudiera permitirse mover una sola cosa de su lugar.
Al fondo hay una enorme escalera de mármol que se divide en dos al llegar al primer piso. La barandilla está decorada con detalles dorados y, sobre las paredes, hay más retratos.
Pero hay uno que consigue llamar por completo mi atención.
Es el retrato de una mujer de cabello castaño. Lleva un hermoso collar con el escudo del reino y, a su lado, hay un hombre. Ambos se miran de una manera que hace que parezca que no existe nadie más a su alrededor.
Se ven tan enamorados...
Siento un pequeño pinchazo en el pecho.
Me acerco un poco más, casi sin darme cuenta, con la intención de tocar el retrato.
—Veo que te gustó.
Su voz me hace detenerme.
—Sí... —respondo sin apartar la mirada del cuadro—. Se ven muy enamorados. ¿Quiénes son?
Por primera vez desde que lo conocí, su expresión cambia.
Mira el retrato durante unos segundos antes de responder.
—Mis padres.
Me giro hacia él, sorprendida.
—¿Ellos?
Asiente lentamente.
—Sí. Y si estaban muy enamorados.
Hay algo en su voz que me hace sentir que quizá no debería seguir preguntando, pero la curiosidad puede más que yo.
—¿Qué les pasó?
El silencio que sigue me hace arrepentirme de inmediato de haber preguntado.
El rey aparta la mirada del retrato y continúa caminando por el pasillo.
—Mi madre fue secuestrada cuando estaba embarazada.
Doy unos pasos detrás de él.
—Mi padre no descansó hasta encontrarla. La buscó durante días... meses. Hizo todo lo que estuvo en sus manos para recuperarla.
Su voz se vuelve más fría.
—Pero fue demasiado tarde.
Me detengo.
Él continúa caminando unos pasos antes de decir:
—Cuando finalmente la encontró, ya estaba muerta.
Siento que se me hace un nudo en la garganta.
Miro nuevamente el retrato.
La mujer que aparece ahí sonríe como si el mundo fuera perfecto. Como si nada pudiera quitarle la felicidad que tenía al lado de aquel hombre.