Una Sombrilla Para Dos

Capítulo 1

¿Alguna vez les ha pasado que conocen a alguien y, en cuestión de segundos, sienten que algo acaba de cambiar en su vida?

No me refiero a conocer a alguien y pensar: Oh, qué simpático. No. Me refiero a ese instante en el que ves a una persona por primera vez y, sin saber absolutamente nada de ella, algo dentro de ti decide que quieres volver a verla.

A mí me pasó.

Y lo peor es que no estaba preparada.

Pero, antes de contarles cómo terminé enamorándome de mi chico del paraguas, tengo que llevarlos al principio. Al verdadero principio: mi primer día en preparatoria. Porque, aunque todavía no lo sabía, aquella mañana estaba a punto de convertirse en el recuerdo al que regresaría una y otra vez.

Todo comenzó con un cielo nublado y unas cuantas gotas golpeando las ventanas del automóvil. Mi papá conducía por las calles de nuestra nueva ciudad mientras yo miraba por el cristal, con la mochila sobre las piernas, intentando convencerme de que no estaba aterrada.

Nueva ciudad, nueva casa, nueva escuela y nuevos compañeros. Por si eso no fuera suficiente, la preparatoria era enorme; parecía más un pequeño campus universitario que una escuela.

—Todo estará bien, Amelia —me aseguró mi mamá desde el asiento delantero

—Eso dices porque tú no tienes que entrar ahí

Ella se rio.

—Solo es tu primer día

Solo,claro, como si esas dos palabras fueran suficientes para evitar que me sudaran las manos.

Cuando llegamos, respiré profundamente antes de bajar del automóvil. El edificio tenía varios pisos, grandes ventanales y un patio central donde los estudiantes iban de un lado a otro, algunos conversando tranquilamente y otros corriendo para escapar de la lluvia.

—Guau... —murmuré

Mi mamá me dio un beso en la frente antes de despedirse.

—Nos vemos esta tarde

—Sí

Cerré la puerta y me quedé frente a la entrada con mi mochila y una certeza bastante incómoda: no conocía absolutamente a nadie.

Genial,primer día perfecto.

Las primeras horas fueron un desastre, aunque no ocurrió nada particularmente terrible. Los pasillos parecían interminables, me equivoqué de salón dos veces y hasta entré a una clase que no me correspondía. En algún momento, terminé preguntándole a una chica dónde estaba la biblioteca cuando en realidad buscaba el laboratorio de ciencias. Por suerte, ella se ofreció a acompañarme y se rio cuando le expliqué mi confusión.

Al menos había conseguido hablar con una persona sin hacer el ridículo por completo.

Para cuando terminaron las clases, lo único que quería era regresar a casa, ponerme ropa cómoda y fingir que aquel día nunca había sucedido.

Por supuesto, el universo tenía otros planes.

La lluvia había empeorado considerablemente. Me refugié bajo el techo de la entrada y revisé mi mochila, aunque ya sabía que no encontraría nada útil. Ni paraguas, ni impermeable, ni una solución milagrosa. Mi teléfono tampoco ayudaba: nadie podía venir por mí.

Suspiré al ver el aguacero.

—Perfecto...

Esperé cinco minutos, después diez,luego quince. Poco a poco, los estudiantes fueron desapareciendo entre paraguas, automóviles y abrazos de sus amigos. La entrada comenzó a quedarse vacía y yo seguía allí, preguntándome cuánto tiempo tendría que esperar antes de que la lluvia me permitiera volver a casa.

Fue entonces cuando escuché unos pasos acercándose por el pasillo.

Levanté la mirada.

Un chico caminaba hacia la salida con una mochila colgada de un hombro y varios libros apretados contra el pecho. Tenía el cabello rojo, de un tono cálido y ligeramente cobrizo que destacaba bajo la luz gris, y unos ojos azules que parecían mucho más claros junto a sus grandes lentes cuadrados.

Me fijé en los lentes durante más tiempo del necesario. Eran un poco demasiado grandes para su rostro, pero, por alguna razón, eso hacía que se viera adorable.

Él se detuvo al verme.

Yo aparté la mirada rápidamente, como si estuviera haciendo algo sospechoso por observar a un desconocido durante tres segundos seguidos.

—¿No tienes paraguas? —preguntó

Volví a mirarlo.

—¿Eh?

Señaló mi mochila.

—No llevas uno

Miré la mochila, por si acaso la lluvia hubiera hecho aparecer uno dentro.

—No

Él dirigió la vista hacia la calle y después a los libros que llevaba consigo. Parecía estar calculando algo en su cabeza.

—¿Alguien viene por ti?

Negué con la cabeza.

—Mi papá no puede venir

El chico asintió. Durante un momento pensé que se despediría y seguiría su camino, pero entonces se quitó el paraguas que llevaba sujeto a la mochila y me lo tendió.

—Toma, puedes usarlo

Parpadeé, sin entender.

—¿Qué? ¿Y tú?

—Yo estoy bien

Miré la lluvia, que golpeaba el suelo con tanta fuerza que apenas se distinguía la acera del otro lado de la calle.

—Pero está lloviendo muchísimo

Él observó el cielo y luego los libros que llevaba contra el pecho.

—Sí, ya me di cuenta

No pude evitar soltar una pequeña risa.

El chico sonrió, como si mi reacción lo hubiera tomado por sorpresa. Después volvió a extender el paraguas hacia mí.

—En serio, tómalo, yo puedo correr

—¿Y tus libros?

Miró el montón que sostenía y pareció recordar de pronto que los llevaba consigo.

—Ah. Bueno... intentaré que sobrevivan

Esta vez me reí de verdad.

No fue una carcajada ni un momento extraordinario. Solo una risa pequeña, inesperada, que me hizo olvidar por un instante que estaba sola en una escuela nueva y que llevaba todo el día deseando volver a casa.

Finalmente acepté el paraguas.

—Gracias. Te lo devolveré mañana

—Está bien

Lo sujeté con ambas manos y, cuando levanté la vista para preguntarle su nombre, él ya se estaba acomodando la mochila.

—¡Espera! —lo llamé—¿Cómo te llamas?

El chico se volvió hacia mí.

Por un instante pareció que iba a responder, pero entonces miró la lluvia, como si acabara de recordar que tenía que cruzar toda aquella calle.




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