La última tutoría llegó antes de que Lia estuviera preparada.
Había pasado tanto tiempo sentándose frente a Oliver que aquella tarde se sentía extraña desde el principio. Era la misma biblioteca, la misma mesa, los mismos lápices y los mismos libros de Oliver, pero algo había cambiado. Era la última vez que estarían allí de aquella manera. Al día siguiente sería su examen y, después de eso, las tutorías terminarían.
Lia miró el ejercicio que tenía delante y lo resolvió rápidamente. Después fingió revisar el resultado mientras Oliver, sentado frente a ella, leía sus apuntes.
—Creo que ya está —dijo él
Lia levantó la mirada.
—¿Eso es todo?
Oliver asintió.
—Sí
Ella miró alrededor. La biblioteca parecía mucho más silenciosa de lo normal, aunque probablemente solo fuera su imaginación. Le costaba aceptar que aquellas tardes, que al principio había planeado con tanto cuidado, estaban llegando a su fin.
—Entonces... ¿ya terminamos?
—Sí
Oliver cerró su cuaderno.
—Mañana tienes el examen
Lia hizo una pequeña mueca.
—No quiero
—Estás preparada
—Eso dices porque eres bueno en esto
—Tú también eres buena
Lia se quedó quieta durante medio segundo.
—¿Qué?
Oliver la miró por encima de sus lentes.
—Has mejorado mucho
Si tú supieras.
Lia sonrió, intentando que sus nervios no se notaran.
—Bueno... quizá tuve un buen profesor
Oliver bajó la mirada, un poco avergonzado.
—No hice tanto
—Hiciste mucho
Esta vez lo dijo sinceramente. Porque, aunque al principio todo había sido parte de un plan, Oliver realmente se había esforzado. Había tenido paciencia con ella, le había explicado las cosas una y otra vez y había sacrificado parte de su tiempo de estudio para ayudarla. Y, sin darse cuenta, había conseguido algo mucho más importante que enseñarle matemáticas: había logrado que Lia pudiera sentarse a su lado sin sentir que necesitaba una excusa.
Oliver guardó sus cosas mientras ella lo observaba. Lia no quería que aquella tarde terminara, pero tampoco sabía cómo alargarla sin parecer demasiado evidente. Finalmente, decidió preguntar lo que llevaba un rato rondándole la cabeza.
—Entonces...
—¿Sí?
—Supongo que ya no nos veremos ahora
Lia parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
Oliver se encogió de hombros mientras acomodaba sus libros.
—Cuando hagas el examen, ya no necesitarás las tutorías
Lia lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Oliver
—¿Sí?
—Estás equivocado
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Lia cruzó los brazos, fingiendo una seriedad que no le duró demasiado.
—Porque yo te dije algo hace unos días
Oliver intentó recordar.
—¿Qué cosa?
Ella sonrió.
—Que ya no te iba a dejar en paz
Oliver se quedó mirándola y, entonces, una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Ah
—¿Lo recuerdas?
—Sí
—Entonces no sé por qué estás diciendo que no nos vamos a ver
Oliver soltó una pequeña risa.
—Pensé que estabas bromeando
—Pues no
Lia se levantó y guardó sus cosas.
—Lo dije completamente en serio
Oliver negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Eres increíble
—Lo sé
—Y un poco insistente
—También lo sé
—Y hablas demasiado
Lia abrió la boca, indignada.
—¡Oye!
Oliver volvió a reír, y ella terminó sonriendo también. Aquella risa comenzaba a resultarle familiar; ya podía reconocerla entre los pequeños sonidos de la biblioteca y, aun así, cada vez que la escuchaba, algo extraño le revoloteaba en el pecho.
—Además —continuó Lia—, tenemos que seguir comiendo juntos
Oliver asintió.
—Eso sí
—Y tienes que seguir contándome sobre tus competencias
—Ahora no hay competencias
—Entonces tendrás que contarme otras cosas
Oliver la miró con curiosidad.
—¿Como cuáles?
Lia se quedó pensando unos segundos.
—No sé
Él levantó una ceja.
—Muy específico
—Podemos hablar de cualquier cosa
—¿Cualquier cosa?
—Sí
Lia comenzó a enumerar con los dedos.
—Películas, libros, profesores, cosas tontas, personas raras, el clima...
Oliver la miró, ligeramente divertido.
—¿El clima?
—Es un tema muy interesante
—Claro
—¿Ves? Ya empezamos
Oliver volvió a reír, y Lia sonrió satisfecha. Eso era lo que quería. No necesitaba que las tutorías continuaran, ni otro ejercicio que resolver, ni una excusa para pasar tiempo con él. Solo necesitaba que Oliver siguiera estando allí, dispuesto a compartir con ella esos pequeños momentos que se habían convertido en una parte importante de sus días.
Cuando salieron de la biblioteca, caminaron juntos por el pasillo. Lia llevaba sus libros contra el pecho y Oliver sostenía los suyos bajo el brazo. Durante unos segundos caminaron en silencio, hasta que ella, incapaz de dejar que la tranquilidad durara demasiado, comenzó a hablar.
—Creo que mañana voy a olvidar todo
—No vas a olvidar todo
—Eso dices tú
—Estás preparada
—¿Y si mi cerebro decide abandonarme?
—No lo hará
—¿Y si veo una ecuación y empieza a dar vueltas?
—Respira
—¿Y si me desmayo?
Oliver giró la cabeza para mirarla.
—No vas a desmayarte
—¿Y si sí?
—Entonces te llevarían a enfermería
Lia abrió los ojos, como si acabara de recordar algo importantísimo.
—¿Y si la enfermera no sabe matemáticas?
Oliver se quedó en silencio.
Ella lo miró, esperando una respuesta.
—¿Qué?
—Nada
—¿Te estás riendo de mí?
—Un poco
Lia sonrió, satisfecha.
—Perfecto. Mi plan para controlar los nervios está funcionando
—¿Cuál plan?
—Decir tonterías hasta que deje de pensar en el examen
Oliver negó con la cabeza, divertido.