Había pasado un año desde aquella tarde lluviosa, desde que Oliver me había dado su paraguas sin siquiera saber mi nombre. Y, aunque para él probablemente había sido un gesto pequeño, para mí había sido el comienzo de todo.
La escuela ya no se sentía enorme. Los pasillos que el primer día parecían laberintos ahora me resultaban familiares. Sabía qué escaleras se llenaban durante el descanso, qué salón recibía más luz por las mañanas y en qué cafetería servían los mejores postres. También había aprendido los nombres de casi todos... o, al menos, de muchísimos.
—¡Lia!
Volteé al escuchar mi nombre. Una chica del otro salón corrió hacia mí.
—¿Vas a ir a la cafetería?
—Sí
—Perfecto,te estamos esperando
—Voy en un minuto
Ella sonrió y se marchó, pero apenas había dado unos pasos cuando alguien más me llamó.
—¡Amelia!
—¡Lia!
—¡Oye, Lia!
Tuve que detenerme varias veces: una persona quería hacerme una pregunta, otra venía a saludarme y alguien más necesitaba ayuda con una tarea. También recibí una invitación para sentarme con un grupo de compañeros y escuché un comentario sobre el examen que acabábamos de hacer.
Para entonces, conocía a tanta gente que a veces me sorprendía al recordar a aquella chica que había llegado un año atrás sin conocer absolutamente a nadie. Ahora podía caminar por los pasillos y saludar a personas de diferentes cursos. Los profesores conocían mi nombre, mis compañeros confiaban en mí y, sin darme cuenta, me había convertido en una de esas personas que parecían conocer a todo el mundo.
Pero había alguien a quien conocía de una manera completamente diferente.
Oliver.
Lo primero que descubrí fue que era uno de los mejores estudiantes de la escuela. Eso no me sorprendió. Después supe que participaba en competencias académicas, algo que tampoco me extrañó demasiado. Lo que sí me pareció adorable fue descubrir que podía pasar horas enteras en la biblioteca sin parecer aburrido ni un solo instante.
También sabía que siempre llevaba una libreta negra y organizaba sus apuntes con una precisión casi ridícula; que prefería sentarse cerca de las ventanas y casi nunca salía sin un libro. Sabía que odiaba llegar tarde, que tomaba café cuando tenía que estudiar hasta muy tarde y que, cuando estaba concentrado, empujaba sus lentes hacia arriba con el dedo índice sin siquiera darse cuenta.
Había aprendido todas esas cosas sin proponérmelo.
O eso me decía.
Porque la verdad era que siempre terminaba encontrándolo. O, mejor dicho, siempre terminaba buscándolo.
Aquella mañana lo vi desde el otro extremo del patio. Estaba sentado solo en una de las bancas, con un libro abierto sobre las piernas y la mochila descansando a su lado. Sus lentes se deslizaban ligeramente por su nariz mientras pasaba las páginas, completamente ajeno al movimiento que lo rodeaba.
No estaba haciendo nada extraordinario. Solo estaba leyendo.
Y, aun así, me quedé mirándolo.
—¿Lia?
Me sobresalté al escuchar la voz de mi amiga frente a mí.
—¿Qué?
—¿Vienes?
—Sí, claro
Volví a mirar hacia la banca. Oliver seguía leyendo.
Mi amiga entrecerró los ojos y siguió la dirección de mi mirada.
—¿Qué estás mirando?
—Nada
Ella observó la banca y después volvió a mirarme.
—Ah
Sentí que me ponía nerviosa.
—¿Qué?
—El chico de los lentes
Bajé la mirada, fingiendo que aquella respuesta no me había afectado en absoluto.
—¿Qué tiene?
—Nada —respondió con una sonrisa demasiado sospechosa— Solo que siempre lo miras
—No siempre
—Lia
—Bueno... casi siempre
Mi amiga soltó una pequeña carcajada.
—¿Te gusta?
Sentí que las mejillas comenzaban a calentárseme.
—No
La respuesta salió tan rápido que ni yo misma me la creí.
Ella levantó una ceja.
—Claro
—De verdad, solo me parece interesante
—Ajá
—Es inteligente
—Ajá
—Y amable
—Ajá
—Y...
Me detuve antes de empeorar todavía más mi situación.
Mi amiga sonrió.
—¿Y?
No respondí, porque en ese preciso instante Oliver levantó la mirada. Por un segundo pensé que estaba mirando hacia nosotras, y mi corazón dio un salto tan inesperado que aparté la vista de inmediato.
—Tenemos que irnos —anuncié
—Lia...
—¡Vamos!
La tomé del brazo y prácticamente la arrastré hacia el edificio. Ella siguió riéndose durante todo el camino, pero yo intenté ignorarla. No iba a darle el gusto de admitir que tenía razón.
Aunque, bueno... tampoco podía decir que estuviera equivocada.
Oliver no era popular, al menos no de la misma manera que yo. La mayoría de los estudiantes sabían quién era porque sus notas eran excelentes y solía representar a la escuela en competencias, pero no era de esos chicos que pasaban los descansos rodeados de personas. No parecía necesitarlo; estaba perfectamente cómodo en su propio mundo.
Y quizá esa era una de las cosas que más me gustaban de él.
Nunca intentaba impresionar a nadie ni levantaba la voz para hacerse escuchar. Tampoco presumía sus logros. Cuando alguien le pedía ayuda con una tarea, simplemente ayudaba; si un profesor hacía una pregunta difícil, levantaba la mano, y cuando terminaba una competencia, no se dedicaba a presumir si ganaba. Solo acomodaba sus lentes y preguntaba qué tocaba después.
Era Oliver.
Simplemente Oliver.
Y yo llevaba un año intentando conocerlo desde lejos.
A veces lo veía en la biblioteca y fingía buscar un libro mientras él estudiaba en una de las mesas del fondo. Otras veces coincidíamos en los pasillos: él caminaba con sus libros contra el pecho mientras yo iba rodeada de amigos. Casi siempre intercambiábamos el mismo saludo.
—Hola, Lia
—Hola, Oliver
Nada más. Dos palabras que probablemente no significaban gran cosa para él, pero que podían cambiarme por completo el día.