Descubrí que Oliver era brillante en matemáticas un martes por la mañana. Aunque, para ser completamente sincera, descubrirlo no fue precisamente difícil.
Estábamos en clase y el profesor había escrito un problema bastante complicado en el pizarrón. La mayoría de nosotros llevábamos varios minutos mirándolo como si estuviera escrito en otro idioma. Yo también lo miraba, aunque por una razón diferente: ya había encontrado la respuesta y estaba terminando de escribirla en mi cuaderno cuando escuché al profesor llamar a alguien.
—Oliver, ¿puedes resolverlo?
Levanté la mirada. Él estaba sentado unas filas adelante y, al escuchar su nombre, se puso de pie sin mostrar el menor nerviosismo. Tomó el marcador y caminó hasta el pizarrón. Ni siquiera dudó antes de comenzar a escribir: la ecuación, el procedimiento y la solución aparecieron ordenados paso a paso, como si el problema hubiera estado esperando todo ese tiempo a que él se dignara a resolverlo.
El profesor observó el resultado con una sonrisa.
—Exacto
Algunos compañeros soltaron un suspiro de alivio, como si el simple hecho de que alguien hubiera resuelto el ejercicio significara que todavía había esperanza para el resto de la clase.
—¿Cómo haces eso tan rápido? —preguntó uno
Oliver se encogió de hombros mientras dejaba el marcador.
—No es tan difícil
Levanté lentamente una ceja.
Claro. No era tan difícil.
Para él.
Lo observé regresar a su asiento, acomodarse los lentes y abrir nuevamente su cuaderno como si no acabara de resolver un problema que tenía a media clase al borde de una crisis académica.
Y entonces tuve una idea.
Una idea terrible. Una idea brillante. Una idea que probablemente iba a meterme en problemas, pero que, sobre todo, podía acercarme a él.
Esperé hasta que terminó la clase. El profesor comenzó a recoger sus cosas mientras los estudiantes guardaban sus cuadernos y salían del salón. Yo permanecí sentada, siguiendo discretamente a Oliver con la mirada mientras él acomodaba sus libros en la mochila.
Después se levantó.
No. Todavía no.
Necesitaba hacerlo bien. Respiré profundamente y esperé hasta que el profesor pasó cerca de mi escritorio. Entonces levanté la mano con la expresión más inocente que pude improvisar.
—Profesor…
Él se detuvo.
—¿Sí, Amelia?
Bajé la mirada hacia mi cuaderno.
—Creo que no entendí el ejercicio
El profesor se inclinó para mirar la página.
—¿Cuál?
Señalé exactamente el problema que Oliver había resuelto en el pizarrón.
—Este
Él frunció ligeramente el ceño.
—Pero este ejercicio es bastante sencillo
Perfecto.
Puse mi mejor expresión de confusión.
—¿Lo es?
—Sí
—Ah… —murmuré, mirando el problema como si acabara de traicionarme—. Entonces creo que yo soy el problema
El profesor soltó una pequeña risa.
—No digas eso
—Es que no entiendo nada
—¿Nada?
Negué con la cabeza, procurando no mirar los cinco ejercicios que había resuelto correctamente justo encima de aquel.
—Nada
El profesor examinó mis apuntes y señaló las respuestas anteriores.
—Pero resolviste correctamente los otros ejercicios
Me quedé congelada.
Mal.
Muy mal.
—Ah… Fue suerte
El profesor me miró con una expresión que no me gustó en absoluto.
—¿Suerte?
—Sí
—¿Cinco ejercicios seguidos?
Sonreí con toda la inocencia que me quedaba.
—Tengo mucha suerte
Él entrecerró los ojos, intentando decidir si debía creerme o no. Yo mantuve la sonrisa, aunque por dentro estaba reconsiderando todas mis decisiones.
Finalmente, negó con la cabeza, divertido.
—Amelia, creo que simplemente necesitas practicar un poco más
—Sí —respondí enseguida—Muchísimo
—Podrías pedirle ayuda a alguien que domine la materia
Mis ojos se desviaron lentamente hacia el fondo del salón.
Oliver todavía estaba allí, guardando sus cosas.
Sentí que el corazón me daba un salto.
Perfecto. ¡Perfectísimo!
Volví a mirar al profesor, intentando controlar mi entusiasmo.
—¿Alguien?
—Sí,Oliver podría ayudarte, es excelente en matemáticas
Mi corazón prácticamente celebró una fiesta, pero tuve que conformarme con asentir como si acabara de recibir una noticia completamente inesperada.
—¿Oliver? Ah… No lo sabía
El profesor sonrió.
—Todo el mundo lo sabe
—Yo no
—Pues ahora ya lo sabes
Asentí una vez más.
—Sí
El profesor continuó recogiendo sus papeles y yo aproveché para mirar hacia la puerta. Oliver ya estaba saliendo del salón.
Lo seguí con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Mi oportunidad se había marchado, pero todavía no tenía un plan completo. Y, si algo había aprendido durante aquellos minutos, era que improvisar frente a un profesor podía ser bastante peligroso para mi reputación académica.
Durante el descanso me senté con mis amigas, aunque mi mente estaba muy lejos de aquella conversación. Ellas hablaban de no sé qué examen, de una tarea y de los planes para el fin de semana, mientras yo tenía un problema mucho más importante entre manos.
Oliver.
Necesitaba encontrar una manera de conseguir que el profesor aceptara que él fuera mi tutor. Para eso, debía convencerlo de que realmente necesitaba ayuda. El pequeño detalle era que mis apuntes parecían empeñados en demostrar todo lo contrario.
Así que abrí mi cuaderno y escribí un problema. Lo miré durante unos segundos, encontré mentalmente la respuesta y la borré antes de terminar de escribirla. Después probé con una operación incorrecta.
La observé.
No. Demasiado obvio.
La borré e intenté otra vez.
—¿Qué haces? —preguntó mi amiga
Cerré el cuaderno de golpe.
—Nada
Ella miró mi mano sobre la portada y luego mi cara.
—Llevas cinco minutos mirando la misma hoja