Una Sombrilla Para Dos

Capítulo 6

Había pasado una semana. Siete días, siete tutorías, siete tardes sentada frente a Oliver, intentando convencerlo de que las matemáticas eran, en efecto, el mayor misterio de la humanidad.

Y mi plan no había avanzado. Ni un poquito.

Bueno... quizá sí. Había conseguido que Oliver supiera mi nombre, que me esperara cada tarde en la biblioteca y que me explicara las cosas con una paciencia que todavía no entendía.

Y también había descubierto algo terrible: fingir que no sabía matemáticas era mucho más difícil de lo que había imaginado.

—Primero simplificamos esto —decía Oliver, señalando mi ejercicio

Yo asentía con mucha seriedad.

—Claro

—¿Entiendes por qué?

—Sí

Él levantaba una ceja.

—¿De verdad?

—No

Y volvía a explicármelo.

El problema era que Oliver se esforzaba. De verdad se esforzaba. No me daba las respuestas simplemente para terminar rápido. Se detenía, buscaba otras maneras de explicarme las cosas, hacía dibujos, cambiaba los números de los ejemplos y hasta preparaba ejercicios antes de nuestras tutorías. Y yo empezaba a sentirme un poquito culpable.

Sobre todo porque había descubierto algo más: Oliver no solo estudiaba para ayudarme, también se estaba preparando para una competencia. Lo había notado en sus libros, en sus apuntes y en las hojas llenas de problemas que siempre llevaba consigo.

A veces, mientras yo fingía estar luchando con una ecuación que había resuelto mentalmente en diez segundos, él tenía abierto otro cuaderno a su lado. Los ejercicios eran mucho más complicados que los míos y, aun así, siempre apartaba su atención de ellos para ayudarme.

Una tarde, incluso lo vi frotarse los ojos después de pasar varios minutos leyendo uno de aquellos problemas.

—¿Estás cansado? —pregunté

Oliver levantó la mirada.

—Un poco

—Entonces deberías descansar

—Todavía tengo que terminar esto

Y volvió a mirar sus apuntes.

Lo observé durante unos segundos. Ese era Oliver: siempre estudiando, siempre leyendo, siempre intentando mejorar. Y, por alguna razón, eso hacía que me gustara todavía más.

Aunque también significaba que mi plan avanzaba a la velocidad de una tortuga.

Por eso, aquella mañana tomé una decisión. No iba a esperar hasta la tutoría. Tenía que hablar con él. Sin matemáticas, sin ejercicios, sin fingir.

Solo hablar.

Durante el receso, recorrí los pasillos con una pequeña bolsa de comida en la mano. Sabía dónde encontrarlo. Oliver siempre se sentaba en el mismo lugar: una banca algo apartada, cerca de los árboles, donde podía estudiar tranquilamente mientras el resto de los estudiantes llenaba el patio de ruido.

Y, como siempre, estaba ahí, sentado con un libro abierto y otro a su lado.

Por supuesto.

Me quedé mirándolo unos segundos desde lejos. Era increíble. Todo el mundo parecía estar haciendo algo durante el receso: hablando, riéndose, corriendo, jugando...

Y Oliver leía. Hasta en el descanso.

—Definitivamente necesita ayuda —murmuré

Me acerqué, pero él no levantó la cabeza. Seguí caminando. Nada. Ni siquiera me había visto. Me detuve frente a él.

Nada.

—Hola

Nada.

Fruncí el ceño.

—Oliver

Nada.

Miré el libro, luego a él y después otra vez al libro.

—¿Oliver?

Finalmente, levantó la cabeza. Sus ojos azules se encontraron con los míos detrás de aquellos enormes lentes. Parpadeó.

—¿Lia?

Sonreí.

—Hola

Oliver miró alrededor, como si esperara encontrar una explicación para mi presencia.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta me hizo reír.

—Vine a buscarte

Él parpadeó otra vez.

—¿A mí?

—Sí

—¿Por matemáticas?

Negué con la cabeza.

—No

Eso pareció sorprenderlo más que cualquier problema difícil. Cerró a medias el libro.

—Entonces... ¿por qué?

Levanté la bolsa que llevaba.

—Porque nunca comes

Oliver miró la bolsa y luego me miró a mí.

—Sí como

—Leer un libro no cuenta como comida

—No estaba comiendo el libro

Solté una carcajada.

—¡Oliver!

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Fue tan rápida que casi pensé que me la había imaginado, pero estaba ahí. Y mi corazón decidió hacer algo completamente innecesario: latir más rápido.

—Siéntate —dijo, moviéndose un poco hacia un lado

Me senté justo a su lado y, por alguna razón, aquel pequeño movimiento me pareció una victoria enorme. Saqué la comida de la bolsa y se la tendí.

—Toma

Oliver la recibió.

—¿Me la trajiste?

—Sí

—¿Por qué?

Lo miré. Era una pregunta sencilla, pero no sabía qué responder.

Porque me gustas. Porque llevas una semana estudiando hasta cansarte. Porque me preocupo por ti. Porque quería verte, sentarme contigo y conseguir que dejaras de esconderte detrás de esos libros durante cinco minutos.

Pero ninguna de esas respuestas salió de mi boca.

—Porque... eres mi tutor

Oliver frunció ligeramente el ceño.

—Eso no tiene sentido

—Claro que tiene sentido

—No

—Sí

—No

—Bueno, entonces simplemente quería traerte comida

Él me observó durante unos segundos.

—Gracias

Y sonrió. Esta vez, un poquito más.

Me quedé mirándolo, probablemente más tiempo del necesario, hasta que Oliver abrió la comida y empezó a comer.

Entonces ocurrió algo que no había esperado: cerró el libro. Completamente. Lo dejó a un lado y no volvió a abrirlo.

—¿Y qué hiciste hoy? —me preguntó.

Parpadeé.

—¿Yo?

—Sí

—Pues...

Empecé a contarle cualquier cosa. Le hablé de una profesora que había confundido los nombres de tres alumnos, de una chica que se había tropezado intentando correr por el pasillo y de una discusión absurda que había escuchado entre dos compañeros. También le conté cómo casi había perdido mi cuaderno aquella mañana, aunque lo había tenido todo el tiempo debajo del brazo.




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