Oliver descubrió que algo había cambiado un lunes por la mañana. No supo exactamente qué; solo se dio cuenta de que, desde hacía varios minutos, no podía concentrarse en el libro que tenía abierto frente a él.
Estaba sentado en una de las bancas del patio, aprovechando el receso para estudiar. O, al menos, eso intentaba, porque al otro lado del patio estaba Lia.
Y estaba hablando con alguien.
Oliver levantó la mirada apenas unos segundos. Era un chico de otra clase: alto, atractivo, con una sonrisa fácil y una seguridad que parecía salirle naturalmente. Oliver volvió los ojos hacia su libro. No era asunto suyo. Lia podía hablar con quien quisiera; tenía muchos amigos y aquello era completamente normal.
Volvió a leer la misma línea. No entendió nada. La leyó otra vez y tampoco consiguió comprenderla. Finalmente, cerró el libro con suavidad.
—Concéntrate —murmuró para sí mismo
Lo abrió nuevamente, pero apenas unos segundos después volvió a mirar. Seguían hablando. El chico parecía estar contándole algo divertido, porque Lia se rio, y Oliver sintió una pequeña incomodidad. Una sensación extraña, molesta, que no supo cómo explicar.
Frunció el ceño.
—No me importa
Volvió a estudiar. Esta vez consiguió avanzar dos líneas, hasta que escuchó la risa de Lia desde el otro lado del patio y levantó la mirada otra vez.
Aquello empezaba a ser ridículo. No tenía ninguna razón para estar pendiente de ella. Eran amigos. Solo amigos. Además, Lia hablaba con todo el mundo; era una de las cosas que más llamaban la atención de ella. Siempre estaba rodeada de personas, y Oliver lo sabía.
Entonces, ¿por qué aquel chico le molestaba?
No. No le molestaba. Eso era absurdo. Simplemente estaba distraído. Eso era todo.
Intentó convencerse de ello, pero no funcionó.
Lia, mientras tanto, no había notado nada extraño. El chico frente a ella se llamaba Mateo y llevaba unos minutos hablándole de algo relacionado con las actividades del colegio.
—Estamos organizando el comité para el baile —le explicó—, y pensé que quizá te gustaría participar
Lia abrió los ojos con interés.
—¿El comité de decoración?
—Sí. Vamos a necesitar gente que tenga buenas ideas
Aquello era prácticamente una invitación imposible de rechazar. A Lia le encantaba todo lo relacionado con decorar, organizar eventos y convertir cualquier lugar en algo bonito.
—Claro que sí
Mateo sonrió.
—Sabía que aceptarías
—Me conoces demasiado poco para decir eso
—Entonces tuve suerte
Lia soltó una pequeña risa.
—Puede ser
Fue justo entonces cuando sintió algo. Una mirada. No una mirada cualquiera, sino esa sensación extraña de saber que alguien te está observando incluso sin verlo. Lia giró ligeramente la cabeza y lo encontró.
Oliver.
Estaba al otro lado del patio, sentado con el libro abierto, mirándola. Sus ojos se cruzaron durante apenas un instante, pero fue suficiente para que Lia reconociera aquella mirada. Era la misma que había sentido otras veces, solo que ahora había algo diferente en ella.
Oliver apartó los ojos casi enseguida y fingió concentrarse en su libro. Lia se quedó observándolo un momento, intrigada, hasta que Mateo la llamó.
—¿Lia?
Ella volvió la atención hacia él.
—¿Hm?
—¿Estás bien?
—Sí
Pero entonces recordó la biblioteca: el libro que le había quitado a Oliver, la manera en que él se había acercado para recuperarlo y cómo había terminado frente a ella. Recordó aquella sonrisa, aquella pequeña coquetería inesperada que todavía conseguía ponerla nerviosa cada vez que volvía a pensar en ella.
Lia sintió cómo el rostro comenzaba a calentársele.
No otra vez.
Se llevó una mano al cabello, intentando disimular. Mateo la miró con cierta preocupación.
—¿Segura que estás bien?
—Sí, sí
Lia sonrió rápidamente.
—Solo estaba pensando en algo
Algo que, definitivamente, no pensaba contarle.
Volvió a mirar hacia donde estaba Oliver, pero él ya había bajado la cabeza sobre el libro. Aun así, por la forma en que pasaba las páginas sin leerlas realmente, Lia sospechó que tampoco estaba tan concentrado como pretendía.
Oliver había visto el cambio en el rostro de Lia. Había visto cómo se ponía roja y, por alguna razón, aquello le había molestado todavía más.
No entendía nada.
Miró nuevamente el libro. No podía estudiar, no podía ignorarla y tampoco podía entender por qué le importaba tanto con quién estaba hablando. Se recostó ligeramente en la banca, desconcertado.
Esto no tiene sentido.
Lia era su amiga. Tenía derecho a hablar con otros chicos, incluso a reírse con ellos y pasar tiempo a su lado. Eso era completamente normal.
Entonces... ¿por qué quería que aquel chico se marchara?
Oliver respiró profundamente. Tal vez estaba cansado. Sí, seguramente era eso. Había estado estudiando demasiado últimamente y necesitaba descansar.
Cerró el libro, decidido a dejar de pensar en el asunto. Sin embargo, cuando volvió a mirar hacia el patio, Mateo seguía allí. Y Lia también.
Oliver sintió nuevamente aquella incomodidad, esta vez más fuerte. Se quedó observándolos unos segundos, hasta que Lia levantó la mirada y sus ojos volvieron a encontrarse.
Oliver quiso apartar los suyos, pero no pudo hacerlo inmediatamente. Por un instante se quedaron mirándose desde lejos. Lia inclinó ligeramente la cabeza, como si intentara entender qué estaba pasando, y Oliver finalmente desvió la mirada.
Entonces comprendió algo que lo dejó todavía más confundido.
No quería que Lia dejara de mirarlo.
Quería que siguiera haciéndolo.
—Entonces quedamos así —dijo Mateo
Lia volvió a prestarle atención.
—¿El miércoles?
—El miércoles
—Perfecto. Ahí estaré
Mateo sonrió.
—Nos vemos, Lia
—Nos vemos
Cuando él se alejó, Lia observó unos segundos su espalda y después volvió a buscar a Oliver. Sin embargo, él ya no estaba en la banca. Había recogido sus cosas y caminaba hacia el edificio con el libro bajo el brazo.