Una Sombrilla Para Dos

Capítulo 8

Durante los días siguientes, algo cambió entre Lia y Oliver. No fue algo grande, ni hubo una conversación importante o una confesión que marcara un antes y un después. Ni siquiera ocurrió algo que Lia pudiera señalar y decir: Fue aquí donde todo cambió.

Simplemente, Oliver empezó a esperarla.

Todos los días, durante el receso, dejaba un pequeño espacio a su lado en aquella banca, y Lia siempre terminaba apareciendo con algo de comida, alguna historia que contarle o una tontería que, por alguna razón, conseguía hacerlo sonreír. Poco a poco, Oliver comenzó a cerrar sus libros antes de que ella siquiera se sentara. A veces hablaban; otras, estudiaban juntos, y en ocasiones Lia podía pasar diez minutos hablando sin parar mientras él la escuchaba con una pequeña sonrisa.

Ella ya no necesitaba inventar excusas para acercarse a él. Eran amigos, y eso era mucho más de lo que había tenido al principio.

Pero había algo que Lia todavía no sabía: Oliver llevaba varios días pensando en algo.

Su competencia estaba cada vez más cerca. Había pasado semanas preparándose entre problemas, ejercicios, prácticas y horas enteras de estudio. Sin embargo, aquel día, mientras guardaba sus apuntes, sus pensamientos se desviaron hacia una persona en particular.

Lia.

Pensó en cómo siempre aparecía durante el receso, en cómo conseguía hacerle olvidar por unos minutos que estaba nervioso por la competencia y en cómo, incluso cuando no entendía un ejercicio, encontraba la manera de hacer que las tardes fueran menos pesadas.

Entonces tuvo una idea. Podía invitarla a la competencia. Era algo sencillo; solo tenía que preguntarle. Pero Oliver descubrió rápidamente que resolver problemas matemáticos era mucho más fácil que hacer una pregunta como aquella.

—¿Quieres venir a mi competencia?

Bueno, al menos eso era lo que había pensado decirle. Lo había practicado e incluso había imaginado diferentes maneras de plantearlo. Sin embargo, cuando finalmente tuvo la oportunidad de hablar con ella, las palabras parecieron desaparecer de su cabeza.

—Lia

Ella levantó la cabeza.

—¿Sí?

Oliver sostuvo su mirada durante un segundo antes de apartarla. Después, se acomodó los lentes, como si aquel pequeño gesto pudiera ayudarlo a recuperar la compostura.

—Hay algo que quería preguntarte

—¿Qué?

—La competencia es este sábado

—Lo sé

—Ah

Oliver se quedó en silencio, y Lia lo observó con curiosidad. Parecía estar intentando resolver un problema especialmente complicado, aunque esta vez no tenía una libreta delante.

—Y... puedes venir si quieres

Ella parpadeó.

—¿A tu competencia?

Oliver asintió.

—Sí

Lia sintió que algo dentro de ella acababa de explotar, pero hizo un esfuerzo enorme por no demostrarlo.

—Ah

Solo eso. Un simple ,ah, como si la invitación no le importara demasiado. Por dentro, sin embargo, estaba gritando.

¡ME INVITÓ!

Intentó mantener una expresión tranquila antes de responder:

—Sí, claro

Oliver la miró con cierta inseguridad.

—¿Segura?

—Sí

—Pensé que quizá te aburriría

Lia casi se ofendió.

—¿Aburrirme?

—Es una competencia de Física

—Oliver

—¿Sí?

—Voy a ir

Él sonrió ligeramente, como si aquella respuesta le hubiera quitado un pequeño peso de encima.

—Está bien

—Aunque no entienda nada

—Entonces te lo explicaré..

Lia se quedó congelada. Lo miró durante unos segundos, preguntándose si acababa de decir aquello con total inocencia o si realmente no comprendía el efecto que podían tener sus palabras. Oliver, por su parte, regresó tranquilamente a sus apuntes, sin sospechar el pequeño desastre que acababa de provocar en la cabeza de la chica sentada a su lado.

¿Acaba de decir eso?

—Entonces te veré el sábado —dijo él

—Sí

Lia sonrió, intentando disimular su emoción.

—El sábado

Y desde ese momento comenzó a prepararse.

Cuando decimos prepararse, nos referimos a prepararse de verdad. Lia quería verse bonita, pero no demasiado. Aunque, si era sincera consigo misma, sí quería verse muy bonita. Después de todo, iba a ver a Oliver participar en algo importante para él, y quería que, al menos por una vez, él también la mirara de una manera diferente.

Pasó bastante tiempo pensando qué ponerse. Probó distintas combinaciones, se arregló el cabello, después lo cambió y volvió a arreglarlo. Se miró al espejo, ladeó la cabeza y frunció los labios.

—Demasiado

Se soltó el cabello, lo observó durante unos segundos y negó con la cabeza.

—No

Volvió a recogerlo, aunque tampoco quedó convencida.

—Tampoco

Al final eligió algo sencillo, bonito y delicado. Se arregló un poco el maquillaje, sin exagerar; solo lo suficiente para sentirse linda. Cuando terminó, se miró al espejo y sonrió, satisfecha con el resultado.

—Está bien

Hizo una pausa, volvió a observarse y corrigió:

—No. Está muy bien

Entonces recordó algo importante: la competencia. Oliver podía ganar, y si lo hacía, quería darle algo para felicitarlo. No sabía si sería una buena idea, pero decidió intentarlo. Así que salió y compró un pequeño ramo de flores.

Cuando regresó a casa, lo sostuvo frente a ella y lo observó con una sonrisa. Era bonito, sencillo y completamente inesperado. Al menos, para Oliver.

—Solo si gana —se dijo

Miró las flores durante un momento más.

—Si no gana, las guardo

Hizo una pausa.

—Bueno... probablemente se las dé de todas formas

Lia salió de casa con el ramo cuidadosamente protegido. Estaba emocionada, nerviosa y feliz. Todo parecía ir perfectamente hasta que el trayecto comenzó a complicarse. Primero hubo tráfico. Después, más tráfico. Y cuando finalmente pensó que conseguiría llegar a tiempo, el taxi dio un pequeño tirón y se detuvo.

Lia miró al conductor, desconcertada.




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