Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 2 - Una Niña Diferente

Antes del Smile Mart, antes del uniforme, antes de aprender que una sonrisa podía practicarse frente a un espejo y que determinadas palabras servían para determinadas situaciones, yo ya había descubierto que existían reglas que los demás comprendían de forma natural y que para mí resultaban invisibles.

No recuerdo mi infancia como una época especialmente triste.

Tampoco especialmente feliz.

Recuerdo acontecimientos.

Objetos.

Gestos.

Las expresiones de los adultos.

Y, sobre todo, recuerdo las ocasiones en las que hice algo que me parecía perfectamente lógico y descubrí, por la reacción de los demás, que había cometido un error.

Mis padres eran personas normales.

Mi padre trabajaba en un banco.

Era serio, ordenado y tenía la costumbre de revisar dos veces que hubiera cerrado la puerta antes de salir de casa.

Mi madre era más tranquila.

Cuando hablaba con desconocidos sonreía mucho y, si estaba nerviosa, juntaba las manos delante del cuerpo.

Mi hermana, Asami, nació dos años después que yo.

Desde muy pequeña supe que ella funcionaba de una manera diferente.

No porque nadie me lo explicara.

Simplemente podía verlo.

Asami comprendía cosas que yo no comprendía.

Cuando nuestra madre se enfadaba, ella sabía exactamente qué cara poner.

Si rompía algo, bajaba la cabeza.

Si recibía un regalo, sonreía de inmediato.

Si alguien lloraba, se acercaba.

Parecía tener dentro de ella una especie de manual que yo no poseía.

Durante mucho tiempo pensé que, quizá, ese manual aparecería en mí al crecer.

No ocurrió.

Uno de mis primeros recuerdos claros pertenece a un parque.

Debía de estar en la guardería.

Había varios niños jugando cerca de los columpios cuando encontramos un pájaro muerto.

Era pequeño.

Azulado.

Tenía el cuello doblado de una manera extraña.

Los niños se reunieron a su alrededor.

Algunos empezaron a llorar.

Yo no entendía por qué.

El pájaro ya estaba muerto.

Llorar no podía modificar aquella circunstancia.

Me agaché.

Lo recogí.

Pesaba muy poco.

Casi nada.

Lo sostuve en la palma y observé sus plumas.

Todavía parecían suaves.

Los demás niños reaccionaron inmediatamente.

—¡No lo toques!
—¡Está muerto!
—¡Qué pena!

No entendía por qué estar muerto significaba que no debía tocarse.

Me levanté y busqué a mi madre.

Estaba sentada en un banco, hablando con otra mujer.

Me acerqué.

—Mamá.

Ella se volvió.

Primero me miró a mí.

Después al pájaro.

Su expresión cambió.

—Keiko… ¿Qué tienes ahí?
—Un pájaro.
—Sí, ya veo.

Se inclinó un poco.

La mujer que estaba a su lado también miró.

—Pobrecito.

Dijo mi madre.

—Debe de haberse caído o quizá haya chocado contra algo.

Observé otra vez al animal.

—Nos lo podemos llevar.

Mi madre sonrió.

Probablemente pensó que quería enterrarlo.

—Sí. Podemos buscar un sitio para enterrarlo.

Negué con la cabeza.

—No.
—¿No?
—Podemos cocinarlo.

La conversación se detuvo.

La expresión de mi madre quedó congelada.

La otra mujer también dejó de sonreír.

Yo seguí hablando.

—A papá le gusta el pollo.

Pensé que la explicación aclararía mis intenciones.

No ocurrió.

—Podemos freírlo.

Mi madre abrió ligeramente la boca.

—Keiko…
—Pero es muy pequeño.

Miré hacia los árboles.

Había otros pájaros.

—Podemos coger más.

Mi madre se levantó de golpe.

—¡Keiko!

Su voz era distinta.

Más fuerte.

Inmediatamente comprendí que había hecho algo incorrecto.

No sabía qué.

Pero reconocía aquella voz.

—No hacemos eso.

Dijo.

—¿Por qué?
—Porque no.

Aquella respuesta siempre me resultaba extraña.

Si alguien me daba una orden y después añadía una razón, yo podía entenderla.

Pero los adultos utilizaban con frecuencia expresiones como «porque no» o «eso no se hace».

Para ellos parecían contener una explicación completa.

Para mí no contenían nada.

Mi madre respiró hondo.

Después señaló al pájaro.

—Está muerto y hay que enterrarlo.
—¿Por qué?
—Porque da pena.

Miré a los niños.

Algunos seguían llorando.

—Ellos están tristes.
—Sí.
—Pero el pájaro no.

Mi madre tardó un instante en responder.

—No importa.

Aquello hizo que todo fuera todavía más confuso.

Finalmente cavamos un agujero.

Los niños pusieron flores alrededor.

Algunos arrancaron plantas pequeñas y las dejaron encima.

Yo observaba.

No conseguía entender por qué arrancar flores vivas para colocarlas encima de un animal muerto era considerado un acto de bondad, mientras que utilizar el animal como alimento era considerado algo horrible.

No dije nada.

Aquella experiencia me enseñó algo importante.

No era necesario entender las reglas para obedecerlas.

El pájaro quedó enterrado.

Los demás niños parecieron satisfechos.

Mi madre también.

Así que pensé que, desde el punto de vista del mundo, habíamos resuelto correctamente el problema.

Pero yo seguía sin comprenderlo.

Años después ocurriría algo parecido.

Ya estaba en primaria.

Durante una clase de educación física, dos niños empezaron a pelear.

Primero se empujaron.

Después uno golpeó al otro.

Los demás comenzaron a gritar.

—¡Parad!
—¡Que alguien los separe!
—¡Llamad al profesor!

Yo escuché con atención.

Había que detenerlos.

Ese era el objetivo.

Miré alrededor.

Había un armario donde se guardaban varios objetos para las actividades del colegio.

Lo abrí.

Encontré una pala.

La solución me pareció inmediata.



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Editado: 22.09.2026

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