El viernes era mi día libre.
Normalmente utilizaba los viernes para recuperar fuerzas, hacer la compra imprescindible, lavar la ropa y preparar mi cuerpo para volver al Smile Mart.
Pero aquella semana había prometido visitar a mi hermana.
Asami vivía en Yokohama, en una zona residencial nueva de las afueras.
Su marido trabajaba para una compañía eléctrica y casi siempre regresaba tarde, muchas veces en el último tren.
La casa no era grande, pero estaba cuidadosamente organizada.
Todo parecía haber sido elegido para una familia.
La mesa.
Las fotografías.
Los muebles.
Los pequeños objetos destinados al bebé.
Hasta el silencio tenía una calidad distinta a la de mi apartamento.
—Pasa despacio.
Me dijo Asami al abrir.
—Acabo de conseguir que Yutaro se duerma.
Entré intentando no hacer ruido.
Era la primera vez que veía a mi sobrino en casa desde que había nacido.
Cuando lo conocí estaba detrás de un cristal en la maternidad.
Entonces me había parecido un pequeño animal rojizo y arrugado.
Ahora había engordado.
Su cara era redonda.
Le había crecido algo de pelo.
La piel seguía pareciéndome demasiado delicada para pertenecer a un humano adulto en proceso de fabricación.
Dejé sobre la mesa una caja de tarta.
—He traído esto.
Asami sonrió.
—¡Qué bien! Desde que nació casi no salgo. Hace muchísimo que no como algo así.
Nos sentamos.
Ella bebía rooibos sin cafeína.
Yo, té.
Mientras comíamos, miré al bebé.
Dormía con las manos cerradas.
—¿Es difícil cuidarlo?
—Al principio sí. Ahora voy entendiendo mejor sus horarios.
—¿Horarios?
—Cuándo tiene hambre. Cuándo suele dormir. Cuándo se pone nervioso.
Asentí.
Eso sí podía entenderlo.
Patrones.
Horarios.
Repeticiones.
Tal vez cuidar a un bebé se pareciera un poco a observar una tienda: había que detectar señales antes de que ocurriera algo.
—Últimamente duerme mejor por la noche.
Continuó Asami.
—Aunque se pone malo con facilidad.
—¿Qué le pasa?
—Fiebre. Nada grave, según el médico, pero cada vez que le sube me asusto.
Observé al niño.
Parecía demasiado pequeño para justificar la cantidad de energía que mi hermana invertía en él.
Ella lo vigilaba incluso mientras hablábamos.
Cada pocos segundos dirigía los ojos hacia su cuerpo.
Comprobaba la respiración.
La posición de la manta.
Los sonidos.
Pensé que el bebé se había convertido en el centro de su sistema.
Como la tienda para mí.
La diferencia era que todo el mundo consideraba natural el sistema de Asami.
El mío necesitaba explicaciones.
—Tendrías que venir a verlo más.
Dijo.
Miré otra vez al niño.
—¿Por qué?
Asami soltó una pequeña carcajada.
—Porque es tu sobrino.
Aquello era información correcta, pero no respondía a mi pregunta.
Para mí los bebés eran parecidos entre sí.
El hijo de Miho.
El de Yukari.
Yutaro.
Tenían diferentes caras, naturalmente, del mismo modo que dos gatos tenían manchas distintas, pero todos pertenecían a la misma categoría.
Entendía intelectualmente que debía sentir una consideración especial por Yutaro porque compartíamos vínculos familiares.
No sentía, sin embargo, ninguna modificación física cuando lo observaba.
No aparecía automáticamente una emoción distinta.
Asami parecía haber aprendido a no sorprenderse demasiado cuando yo decía aquella clase de cosas.
O quizá simplemente había mejorado disimulándolo.
—Por cierto.
Dije.
—Necesito otra excusa.
Dejó el tenedor.
—¿Otra vez?
—La de la enfermedad ya no funciona tan bien.
—¿Qué pasó?
—Mis amigas hicieron preguntas.
Le expliqué la reunión con Miho, Yukari y Satsuki.
El trabajo por horas.
La falta de pareja.
Las preguntas sobre relaciones.
La enfermedad inventada.
Asami escuchó mientras comía despacio.
—Podrías decir que estás haciendo rehabilitación.
—¿Rehabilitación de qué?
—No lo especificas.
—Entonces preguntarán.
Mi hermana suspiró.
—Keiko, no tienes que responder a todo.
—Pero si no respondo, insisten.
Eso era precisamente lo que más me molestaba.
En cuanto alguien detectaba una anomalía, parecía adquirir el derecho de investigarla.
Una mujer de treinta y seis años trabajando por horas.
Una mujer sin marido.
Sin novio.
Sin hijos.
Sin una carrera profesional.
Cada dato por separado podía resultar aceptable.
Cuando se reunían en una sola persona, los demás comenzaban a excavar.
Querían encontrar una enfermedad.
Un trauma.
Una orientación sexual.
Una desgracia familiar.
Algo.
Cualquier explicación parecía resultarles más tranquilizadora que aceptar que yo simplemente vivía así.
—Cuando descubren que soy rara.
Dije.
—Quieren saber por qué.
Asami dejó la taza sobre la mesa.
—No creo que seas rara.
La miré.
La respuesta parecía amable, pero objetivamente era falsa.
Si no fuera rara, no habríamos necesitado inventar enfermedades.
No lo señalé.
Ella siempre había intentado ayudarme.
No quería entristecerla.
—Yukari dijo que he cambiado.
Añadí.
—Has cambiado.
—¿Mucho?
Asami me examinó.
—Hablas diferente. Te arreglas más. Supongo que también estás más acostumbrada a tratar con gente.
Asentí.
—Tú también has cambiado.
—¿Yo?
—Sí.
Tenía pequeñas arrugas junto a los ojos que antes no recordaba.
Su voz se había vuelto más pausada.
Vestía con colores discretos.
Su cabello era práctico.
Observé aquellos elementos igual que observaba a Izumi.
Probablemente las personas que rodeaban a Asami habían ido entrando poco a poco en ella.