Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 9 - Los Cuerpos Extraños

El lunes por la mañana encontré una gran equis roja sobre el nombre de Shiraha.

Estaba dibujada directamente en la hoja de turnos.

Me detuve frente al papel.

Los horarios del Smile Mart tenían una estructura sencilla.

Cada empleado aparecía en su casilla, con la hora de entrada y la hora de salida.

Cuando alguien intercambiaba un turno, se corregía.

Cuando pedía un día libre, se anotaba.

Pero aquella equis era distinta.

Parecía definitiva.

Pensé que Shiraha habría llamado para decir que no podía venir.

No habría sido especialmente sorprendente.

Ya llegaba tarde con frecuencia.

Tal vez hubiera encontrado otro trabajo.

Tal vez estuviera enfermo.

Entré en la trastienda.

El jefe terminaba de registrar los datos de su turno nocturno. Parecía agotado.

—Buenos días.
—Buenos días, Furukura.

Dejé mis cosas.

—¿Shiraha no viene hoy?

El jefe levantó la mirada.

Antes de responder, la puerta se abrió.

Izumi apareció.

Aquello sí era extraño.

Los lunes no trabajaba.

—Buenos días.

Dijo.

Después miró al jefe.

Ambos intercambiaron una expresión que no supe interpretar inmediatamente.

—¿Ha pasado algo?

Pregunté.

El jefe se reclinó ligeramente en la silla.

—Lo de Shiraha.

Esperé.

—Ya no trabaja aquí.

Miré otra vez la hoja.

Entonces comprendí la equis.

—¿Ha renunciado?

El jefe hizo una mueca.

—Digamos que tuvimos una conversación y terminó marchándose.

Izumi cruzó los brazos.

—Era cuestión de tiempo.

Yo seguía esperando los datos.

El jefe empezó a explicarlos.

Durante el tiempo que había trabajado allí, Shiraha había hecho cosas que yo no conocía.

Se escaqueaba.

Cogía alimentos que debían desecharse y se los comía a escondidas.

Consultaba información que no necesitaba para su trabajo.

Aquellas conductas ya eran malas.

Pero no habían sido suficientes para provocar su salida.

El verdadero problema había ocurrido el día anterior.

Una clienta habitual había olvidado un paraguas.

Cuando regresó para recuperarlo, Shiraha tuvo acceso a su ficha de datos.

En lugar de limitarse a devolver el objeto, fotografió la información personal.

Nombre.

Teléfono.

Y aparentemente intentó utilizar esos datos para averiguar dónde vivía.

Izumi lo había descubierto.

El jefe había revisado las cámaras.

Después habló con él.

Y Shiraha dejó de formar parte del Smile Mart.

Me quedé unos segundos en silencio.

Aquello era bastante sencillo de clasificar.

—No debería haber hecho eso.
—Claro que no.

Dijo Izumi.

El jefe suspiró.

—Y no era la primera vez.

Explicó que Shiraha también había revisado números de teléfono de otras empleadas.

En especial las jóvenes del turno de tarde.

A veces esperaba a que terminaran para intentar acompañarlas.

Incluso lo había intentado con Izumi.

—Y estoy casada.

Dijo ella, indignada.

—¿Qué se suponía que pretendía?

Recordé que Shiraha había entrado en la tienda para encontrar esposa.

Hasta entonces había considerado aquella información peculiar.

Ahora comprendía que había convertido el lugar de trabajo en una especie de terreno de búsqueda.

No había ido allí únicamente a cobrar un salario.

Observaba a las mujeres.

Las clasificaba.

Las seguía.

Recopilaba información.

De repente, muchos de sus comportamientos parecían encajar entre sí.

No era que no comprendiera las reglas de la tienda.

En algunos casos las comprendía y había decidido que no le importaban.

Eso era diferente.

Izumi frunció el ceño.

—Era un pervertido.

El jefe no respondió inmediatamente.

—Por lo menos no ha llegado más lejos.
—Deberían haber llamado a la policía.
—Ya veremos qué decide hacer la clienta.

La conversación fue adquiriendo un tono cada vez más relajado.

Aquello también me resultó interesante.

La causa era seria.

Pero una vez eliminado el problema, la atmósfera se hacía más ligera.

Como cuando se retira un producto deteriorado.

Mientras el producto está en el estante, existe riesgo.

Cuando se elimina, el sistema recupera su estabilidad.

Sugawara llegó unos minutos después.

—¡Buenos días!

Entró deprisa.

Cuando nos vio reunidos, dejó el bolso.

—¿Qué pasa?

Izumi respondió.

—Shiraha se ha ido.

Sugawara abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

El jefe volvió a explicarlo.

Ella escuchó con el ceño cada vez más fruncido.

Al final soltó aire.

—Sabía que ese hombre traería problemas.
—Yo también.

Dijo Izumi.

—Siempre estaba evitando trabajar.
—Y hablando de la Edad de Piedra.

Las dos empezaron a recordar episodios.

Un encargo que Shiraha había intentado pasar a otro empleado.

Una tarea sin terminar.

Una llegada tarde.

El móvil.

Las quejas.

Las excusas.

El tono de la conversación cambió.

Ya no hablaban de un compañero.

Hablaban de alguien que había estado allí y que ya no pertenecía al grupo.

La diferencia era importante.

Mientras Shiraha trabajaba con nosotros, había límites.

Era necesario enseñarle.

Corregirlo.

Convivir.

Ahora que había desaparecido, podía ser analizado libremente.

—Aunque nos falte gente.

Dijo Sugawara.

—Casi prefiero trabajar más horas antes que tenerlo aquí.
—Yo también.

El jefe levantó las manos.

—¡Lo contraté porque estamos faltos de personal!

Izumi lo miró con reproche.

—Pues la próxima vez sea más cuidadoso.
—Sí, sí.
—Un hombre de treinta y cinco años al que echan hasta de una konbini...

Izumi hizo una pausa.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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