Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 11 - Una Vida Aparentemente Normal

La presencia de Shiraha empezó a modificar mi vida antes de que yo misma notara ningún cambio.

Dentro del apartamento seguíamos siendo prácticamente dos desconocidos.

No dormíamos juntos.

No nos tocábamos.

No hacíamos planes.

No compartíamos sentimientos.

Ni siquiera podía decir que disfrutara especialmente de su compañía.

Simplemente, él estaba allí.

Algunas noches ocupaba el futón de repuesto.

Otras se encerraba en el baño durante horas con el teléfono o la tableta.

Se había acostumbrado a utilizar la bañera vacía como una pequeña habitación propia, y empezó a colocar allí cojines y objetos como si hubiera descubierto un espacio desaprovechado.

Yo lo alimentaba.

Eso sí era nuevo.

Mi alimentación había sido durante años un asunto sencillo.

Compraba productos de la tienda, alimentos rebajados o ingredientes baratos que pudieran hervirse rápidamente.

No necesitaba que la comida fuera interesante.

Su función era mantener mi cuerpo en condiciones suficientes para trabajar al día siguiente.

Shiraha no compartía esa filosofía.

—¿Otra vez verduras hervidas?
—Sí.
—¿Y esto qué es?
—Nabo.
—¿Solo nabo?
—También hay brotes de soja.
—Eso no mejora nada.

Protestaba, pero comía.

Descubrí que podía quejarse durante mucho tiempo sin que la queja alterara su conducta.

Decía que la comida parecía pienso y, sin embargo, vaciaba el plato.

Decía que mi apartamento era demasiado pequeño y, sin embargo, no se marchaba.

Decía que yo era extraña y, sin embargo, seguía escondiéndose dentro de mi casa.

Era como un cliente que criticaba un producto mientras continuaba comprándolo todos los días.

No veía contradicción suficiente para preocuparme.

Lo que sí empezó a preocuparme fue el dinero.

Una persona adicional consumía arroz.

Verduras.

Agua.

Electricidad.

Detergente.

Papel higiénico.

Café.

Había cantidades que hasta entonces calculaba para una sola persona y que empezaban a disminuir con una velocidad nueva.

Era curioso.

Shiraha afirmaba que quería desaparecer del mundo, pero para mantenerlo escondido era necesario aumentar mi participación en ese mismo mundo.

Yo tenía que trabajar más.

Primero se lo conté a Asami.

Ya conocía su reacción.

La frase «hay un hombre viviendo en mi casa» había producido en ella más alivio que años enteros de conversaciones sobre mi salud, mi empleo o mi futuro.

Aquello me había parecido útil.

Decidí comprobar si el resultado podía repetirse.

La siguiente oportunidad apareció en casa de Miho.

Nos habíamos reunido varias de las antiguas compañeras.

Té, dulces, conversaciones que saltaban entre maridos, hijos, trabajo y conocidos que se habían casado.

Esperé a que hubiera un espacio apropiado.

—Por cierto.

Dije.

—Ahora vive un hombre conmigo.

El efecto fue inmediato.

Varias caras se volvieron hacia mí al mismo tiempo.

—¿Un hombre?
—¿En tu casa?
—¿Desde cuándo?
—¡Keiko!

Una de ellas incluso dio una palmada.

Las preguntas llegaron tan deprisa que no pude decidir cuál contestar primero.

—Lo conocí en el trabajo.

Eso produjo todavía más entusiasmo.

—¡Lo sabía!

No entendí qué era exactamente lo que había sabido.

Otra amiga se inclinó hacia mí.

—¿Y cómo es?

Pensé en la respuesta correcta.

Alto.

Muy delgado.

Desempleado.

Quejumbroso.

Obsesionado con la Edad de Piedra.

Antiguo trabajador de una tienda de conveniencia del que nos habíamos deshecho después de que utilizara datos de una clienta de manera inadecuada.

No parecía una presentación que produjera el resultado social que ellas esperaban.

Decidí limitarme a hechos simples.

—Ahora mismo no trabaja.

Se produjo una breve pausa.

Después, sorprendentemente, no apareció el rechazo.

Aparecieron explicaciones.

—Bueno, hay hombres que pasan por malas rachas.
—Seguro que está buscando algo.
—¿No quería montar un negocio?
—Sí.

Respondí.

—Dice que quiere emprender algo.

Eso bastó.

La conversación volvió a ponerse en movimiento.

Una conocía a una mujer cuyo novio había pasado una temporada desempleado.

Otra hablaba de un marido que había sido mantenido por su pareja.

Otra dijo que algunos hombres maduraban al tener hijos.

Cada una tomó algún fragmento de mi situación y lo conectó con una historia conocida.

Yo escuchaba.

Hasta entonces, cuando les decía que llevaba dieciocho años trabajando por horas, que nunca había tenido novio y que no pensaba especialmente en casarme, las conversaciones solían detenerse.

Mi vida no podía ser procesada.

Ahora ocurría lo contrario.

Tenían demasiados modelos para explicarme.

Mujer con un hombre desempleado.

Aquella categoría existía.

Podía ser mala.

Podía ser preocupante.

Podía producir consejos.

Pero era comprensible.

Y ser comprensible parecía ser mucho más importante que ser feliz.

Mis amigas empezaron incluso a hablar de mi futuro como si ya lo conocieran.

Que quizá Shiraha necesitaba motivación.

Que yo no debía mantenerlo demasiado.

Que debía poner límites.

Que los hombres como él a veces cambiaban cuando sentían responsabilidad.

Que quizá la convivencia acabaría en matrimonio.

Que quizá después llegarían hijos.

Yo todavía no había hecho ninguna de esas cosas.

Ellas sí.

Dentro de sus cabezas.

—Deberías escucharnos.

Me dijo Miho.

—Tú no tienes experiencia.

Asentí.

Eso también era cierto.

Las demás comenzaron a intercambiar consejos entre ellas, utilizando a Shiraha y a mí como personajes de una historia en la que yo participaba muy poco.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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