Durante dieciocho años, había conseguido que la tienda me mirara únicamente como una dependienta.
Eso me gustaba.
Cuando el jefe me observaba, normalmente comprobaba si estaba atendiendo bien la caja, si llegaba puntual, si saludaba con suficiente energía o si había repuesto correctamente las bebidas.
Cuando Izumi me hablaba, solía ser para comentar la colocación de una promoción, la entrega de productos o algún problema con los turnos.
Sugawara podía contarme cosas de su vida, pero cuando nos poníamos el uniforme volvíamos a compartir una función.
Éramos trabajadores.
Células del mismo organismo.
Sin embargo, desde que todos habían descubierto que Shiraha vivía conmigo, comenzaron a mirarme de una manera distinta.
El uniforme seguía siendo el mismo.
Yo seguía siendo la misma.
Pero ellos ya no veían lo mismo.
Shiraha había tenido razón en una cosa.
Cuando regresé a casa después de la conversación sobre las brochetas de pollo, lo encontré instalado en la bañera.
Al principio había intentado esconderse dentro del armario empotrado, pero encontró un insecto y decidió que el cuarto de baño era un refugio mejor.
Había colocado allí algunos cojines, la tableta electrónica y el teléfono.
Parecía haber convertido la bañera vacía en una pequeña cueva.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día?
Pregunté.
—Aquí estoy tranquilo.
—Voy a cocinar.
—¿Otra vez verduras hervidas?
—Sí.
Compraba los ingredientes que resultaban baratos y fáciles de preparar.
Brotes de soja.
Col.
Pollo.
Arroz.
No veía sentido en complicar una comida cuya principal función era mantenernos vivos.
Shiraha pensaba de otro modo, aunque nunca rechazaba el plato.
Mientras el agua empezaba a hervir le entregué la bolsa que había traído de la tienda.
—Tus cosas.
Levantó la mirada.
Dentro estaban los objetos que había dejado en la taquilla y su nómina pendiente.
—¿Fuiste a recogerlas?
—Sí.
—¿Hablaste con ellos?
—Se me escapó.
Shiraha agarró la tableta con ambas manos.
—Te dije que quería desaparecer.
—No les he dicho dónde vives exactamente.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque ahora van a empezar contigo.
Me volví hacia él.
—¿Conmigo?
—Sí.
Según Shiraha, hasta entonces mis compañeros habían mantenido una distancia prudente porque yo resultaba demasiado extraña.
Treinta y seis años.
Dieciocho trabajando por horas.
Sin pareja.
Sin hijos.
Sin intención visible de buscar otro empleo.
—No sabían por dónde cogerte.
Dijo.
—Eras demasiado rara para sermonearte.
—Nunca he tenido problemas con ellos.
—Porque probablemente hablaban de ti cuando no estabas.
Aquello no me preocupó demasiado.
La gente hablaba constantemente cuando otros no estaban presentes.
—Ahora es diferente.
Prosiguió.
—Desde que saben que hay un hombre viviendo contigo, creen que por fin te entienden.
Recordé a Miho y a las demás.
Era cierto.
Antes les resultaba difícil interpretar mi vida.
Ahora fabricaban explicaciones con gran facilidad.
—Y cuando creen que te entienden.
Añadió Shiraha.
—También creen que tienen derecho a decirte qué hacer.
No respondí.
—Empezarán con el matrimonio. Después preguntarán por hijos. Después por tu trabajo. Después por mí. No van a parar.
—El jefe no hace esas cosas.
Shiraha soltó una risa corta.
—Ya veremos.
No insistí.
El agua hervía.
Eso era más inmediato.
—¿Quieres comer?
—Sí.
—Entonces deja espacio para el plato.
Le serví arroz y verduras.
—Tráemelo aquí.
—¿Vas a comer en la bañera?
—Sí.
La solicitud me pareció extraña, pero no presentaba ningún inconveniente técnico.
Le entregué el cuenco.
Shiraha cerró la puerta.
Yo me senté sola frente a la mesa.
Mi propia masticación parecía demasiado fuerte en el apartamento.
Cerré los ojos.
Entonces apareció la tienda.
El zumbido constante de los refrigeradores.
El sonido agudo del escáner.
Las puertas automáticas.
Las bolsas de plástico.
La campanilla.
Las voces.
Era como una música que mi cuerpo reproducía incluso cuando yo no estaba allí.
Mientras la escuchaba mentalmente, sentí que todo volvía a colocarse en su sitio.
Al día siguiente descubrí que Shiraha también había acertado en otra cosa.
El rumor ya se había extendido.
No sé exactamente quién se lo contó a Sugawara.
Probablemente Izumi.
O el jefe.
Quizá uno de los dos se lo había dicho a otro empleado, y ese empleado a otro.
La información se desplazó por los turnos más rápidamente que algunas instrucciones importantes.
—Furukura.
Me dijo el jefe nada más verme.
—¿Cómo está Shiraha?
—Bien.
—¿Sigue en tu casa?
—Sí.
—Tenemos que salir a tomar algo.
—¿Por qué?
Se rio.
—Porque sí. Para hablar.
No entendí qué información relacionada con la tienda necesitaba obtener de Shiraha.
—No creo que quiera venir.
—Díselo.
Poco después apareció Izumi.
—¡Eso! Y si él no quiere, ven tú.
—¿A dónde?
—A tomar algo con todos.
—¿Por qué?
Ella me miró con una sonrisa.
—Porque ahora tienes muchas cosas que contarnos.
Aquello volvió a desconcertarme.
Yo había tenido muchas cosas que contar durante años.
Podía explicar con precisión los cambios en los hábitos de compra de los clientes.
Sabía qué bebidas aumentaban sus ventas al subir la temperatura.
Podía comparar las promociones que habían funcionado mejor en los últimos años.
Recordaba productos que habían desaparecido hacía más de una década.
Pero aparentemente eso no era lo que ellos llamaban «tener cosas que contar».