La primera noche después de dejar el Smile Mart no supe a qué hora acostarme.
Hasta entonces nunca había necesitado decidirlo.
Mi jornada terminaba, regresaba a casa, comía, me bañaba y dormía porque al día siguiente mi cuerpo debía estar preparado para trabajar otra vez.
Incluso cuando tenía un día libre, el descanso servía para el siguiente turno.
Dormir no era una actividad independiente.
Era mantenimiento.
Lo mismo ocurría con la comida.
Con las duchas.
Con mis uñas.
Con mi cabello.
Con la ropa.
Con la cantidad de agua que bebía.
Mi vida fuera de la tienda había sido una extensión invisible de mi trabajo.
Ahora aquella cadena estaba rota.
Shiraha permanecía sentado frente al ordenador, desplazando ofertas de empleo por la pantalla.
Parecía extrañamente animado.
—Mira esta.
Dijo.
—No piden demasiada experiencia.
Me acerqué.
Había palabras como «contrato indefinido», «administración», «atención telefónica» y «posibilidades de crecimiento».
No conseguí relacionarlas conmigo.
—¿Qué tendría que hacer?
—Ya aprenderás.
—¿Quién me enseñará?
—En la empresa, supongo.
—¿Hay manual?
Shiraha me miró.
—Furukura, todos los trabajos tienen algún tipo de formación.
Eso no era lo que había preguntado.
En el Smile Mart sabía exactamente qué debía hacer cuando un cliente entraba.
Qué palabras utilizar.
Dónde colocar las manos.
Cómo inclinar la cabeza.
Cómo reaccionar ante una devolución.
Qué hacer si un niño rompía algo.
Qué botón pulsar si aparecía una emergencia.
El mundo exterior ofrecía descripciones como «persona proactiva», «capacidad de comunicación» o «flexibilidad».
Aquellas instrucciones me parecían defectuosas.
—Tendrás que acostumbrarte.
Dijo Shiraha.
Asentí.
No tenía otra propuesta.
Miré el reloj.
Las siete de la tarde.
Inmediatamente apareció una imagen en mi cabeza.
A esa hora el turno de tarde estaría entrando en una de sus fases más ocupadas.
Había que comprobar las bebidas.
Revisar la comida preparada.
Prepararse para los clientes que salían de las oficinas.
Alguno compraría cerveza.
Otros bento.
Alguien entraría solo por cigarrillos.
Sawaguchi quizá estaría preparando un cartel.
Makimura probablemente repondría fideos instantáneos.
Mi cuerpo conocía aquella hora.
Pero yo ya no pertenecía a ella.
El reloj continuaba avanzando y la tienda también.
Yo me había quedado fuera.
—Furukura.
Levanté la vista.
—¿Sí?
—¿Has escuchado algo de lo que te dije?
—No mucho.
Shiraha suspiró.
—Esto es importante.
Volvió a la pantalla.
—No podemos seguir como antes. Si yo estoy aquí sin trabajar y tú solo tienes un empleo por horas, todo el mundo va a criticarme a mí. Van a decir que soy un mantenido.
—Lo eres.
—¡Ese no es el punto!
Pensé que sí lo era.
—Si tú consigues un empleo estable.
Continuó.
—La situación se verá diferente.
—¿Por qué?
—Porque entonces tendremos ingresos suficientes y yo podré concentrarme en mi proyecto.
—No tienes un proyecto concreto.
—Claro que lo tengo.
—No me has explicado cuál.
—Porque podrías copiarlo.
No respondí.
Shiraha tenía una habilidad especial para convertir cualquier conversación en una estructura dentro de la cual él nunca necesitaba cambiar.
Yo sí.
Siempre yo.
—Hoy no tengo hambrem
Dije.
—Puedes salir a comer.
—No quiero salir.
—Te doy dinero.
Le entregué un billete.
Eso resolvió el problema.
Salió.
El apartamento quedó en silencio.
Aquella noche no pude dormir.
Me acosté.
Cerré los ojos.
Volví a abrirlos.
No había ningún motivo para dormir en aquel momento concreto.
Eso era nuevo.
Antes, si eran las once, debía dormir porque el despertador sonaría varias horas después.
Ahora las once eran solamente una cifra.
Las doce también.
La una.
Me levanté.
Salí al balcón con la bata puesta.
Casi nunca utilizaba aquel espacio.
Tendía la ropa dentro del apartamento, así que el balcón estaba sucio.
La humedad había manchado algunos bordes de la ventana.
Me senté en el suelo.
No me importó ensuciar la tela.
Miré el cielo.
Después el reloj del interior.
Las tres de la madrugada.
Mi mente reaccionó.
Descanso del turno de noche.
Podía visualizarlo.
Dat y el nuevo universitario probablemente estarían ordenando el almacén.
Uno comprobaría el inventario.
Otro aprovecharía para comer.
La tienda respiraría de una forma distinta durante unos minutos antes de prepararse para el flujo de la madrugada.
Miré mis manos.
Las uñas seguían cortas.
El cabello seguía limpio.
En el dorso de una mano conservaba una pequeña marca de una quemadura reciente al freír croquetas.
Mi cuerpo todavía llevaba señales de la tienda.
Pero no sabía cuánto durarían.
Pasé los dedos por la cicatriz.
Era como una prueba de que la dependienta había existido.
El aire estaba fresco.
No entré.
Permanecí en el balcón mirando el cielo hasta que perdí la noción del tiempo.
Los días siguientes comenzaron a perder sus bordes.
Al principio seguí despertándome aproximadamente a la hora habitual.
Después dejé de hacerlo.
Dormía cuando tenía sueño.
Comía cuando sentía hambre.
A veces me despertaba y tardaba varios segundos en saber si era de día o de noche.
Un día abrí los ojos.
Miré el teléfono.
Las dos.
No sabía si eran las dos de la madrugada o las dos de la tarde hasta que vi luz filtrándose por la cortina.
Consulté la fecha.