Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo Extra 3 - Una Nueva Vida Entre Mis Brazos

Nunca había pensado seriamente en casarme.

Durante muchos años, la palabra matrimonio había funcionado para mí como una de esas promociones que veía anunciadas en otras tiendas: sabía que existía, sabía que mucha gente parecía interesada en ella y entendía aproximadamente para qué servía, pero no sentía ninguna necesidad particular de adquirirla.

Con Shiraha había llegado a considerar el matrimonio como un documento útil.

Una manera de modificar la forma en que los demás me clasificaban.

Con Nakajima era diferente.

Eso no significaba que una mañana despertara con el deseo repentino de vestirme de blanco.

Simplemente, él seguía allí.

A las ocho y doce entraba en mi tienda cuando trabajaba cerca.

Por la noche regresábamos a la misma casa.

Cuando yo tenía inventario, cenaba sin quejarse.

Cuando tenía que sustituir a un empleado enfermo, no preguntaba por qué la tienda era más importante que nuestros planes.

Cuando él llegaba tarde por trabajo, me enviaba un mensaje.

Si decía que estaría en casa a las nueve y veía que no podría llegar hasta las nueve y veinte, me avisaba.

Eso me gustaba.

La precisión era una forma de consideración.

Habíamos aprendido a ocupar el mismo espacio sin molestarnos demasiado.

Para mí, aquello ya era bastante.

La propuesta de matrimonio ocurrió un martes.

Martes era día de novedades.

Por eso recuerdo perfectamente la fecha.

Habíamos recibido una nueva línea de postres de castaña y uno de mis empleados había cometido el error de colocar todos los sabores mezclados.

Pasé buena parte de la tarde reorganizando la exposición y explicándole que una novedad no debía parecer un producto antiguo perdido en el estante.

Llegué a casa después de las diez.

Nakajima estaba despierto.

—Has tardado.
—Tuvimos un problema con la exposición de postres.
—Naturalmente.

Su tono indicaba que no necesitaba más explicación.

Me quité los zapatos.

Entonces vi una pequeña caja sobre la mesa.

—¿Qué es?
—Ábrela.

Dejé el bolso.

Abrí la caja.

Dentro había un anillo.

Lo miré.

Después lo miré a él.

—¿Es para mí?

Nakajima se echó a reír.

—No, lo compré para el repartidor.
—Eso sería extraño.
—Sí, Keiko. Es para ti.

Cogí el anillo entre los dedos.

Era sencillo.

Sin demasiados adornos.

Eso me gustó.

—¿Cuánto costó?
—No puedes preguntar eso primero.
—¿Por qué?
—Porque estoy intentando pedirte matrimonio.
—Ah.

Volví a dejar el anillo en la caja.

Nakajima respiró profundamente.

—Keiko Furukura, ¿Quieres casarte conmigo?

Pensé.

Él esperó.

—¿Cambiaría algo?

Su cara adoptó esa expresión que ya conocía.

No era enfado.

Era una mezcla entre diversión y resignación.

—Legalmente, sí.
—¿En nuestra rutina?
—No demasiado.
—¿Tendría que dejar la tienda?
—No.
—¿Esperas que reduzca mis horas?
—No.
—¿Quieres hijos inmediatamente?

Nakajima parpadeó.

—Eso podemos hablarlo después.
—Entonces no veo ningún problema.
—¿Eso significa que sí?
—Sí.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Después sonrió.

No una sonrisa educada.

No la sonrisa que utilizaba con compañeros de oficina.

Una grande.

Casi infantil.

Se acercó y me abrazó.

Había aprendido a responder a esos abrazos.

Rodeé su espalda con los brazos.

—¿Estás feliz?

Preguntó.

Pensé en la palabra.

—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—Necesito que lo digas de una forma un poco más convincente.
—Estoy muy feliz de casarme contigo, Nakajima.
—Suena como si estuvieras leyendo un comunicado de la empresa.
—No preparé uno.

Empezó a reír.

Yo también.

Asami gritó cuando se lo conté.

Tuve que alejar el teléfono de la oreja.

—¡¿TE VAS A CASAR?!
—Sí.
—¡Keiko!
—Estás gritando.
—¡Claro que estoy gritando!
—No es necesario.
—¡Para mí sí!

Escuché a Yutaro preguntar algo al fondo.

Mi hermana trató de explicarle que su tía iba a casarse.

—¿Cuándo?

Preguntó Asami.

—Todavía no hemos elegido fecha.
—¿Habrá boda?
—Nakajima quiere una pequeña.
—¿Y tú?
—Me parece eficiente.
—Una boda no se elige por eficiencia.
—¿Por qué no?

Asami suspiró.

—Déjame ayudarte.

Aquella frase me recordó otras épocas.

Cuando éramos niñas.

Cuando había sacado a Shiraha de mi apartamento.

Cuando me ayudó con la mudanza.

—Está bien.

Mi hermana empezó inmediatamente a hablar de fechas, lugares, vestidos, invitados y fotografías.

Yo escuchaba.

Por primera vez no sentía que intentara corregirme.

Solo quería participar.

Había una diferencia.

Mi madre fue un asunto distinto.

Nuestra relación nunca había terminado de romperse.

Pero tampoco había vuelto a ser sencilla.

Durante años la había preocupado.

Después, cuando dejé el Smile Mart y parecía estar construyendo una vida que todos consideraban más normal, se mostró esperanzada.

Cuando regresé al trabajo en una tienda y finalmente me convertí en jefa, aquella esperanza se mezcló con algo que no sabía nombrar.

Seguíamos hablando.

En cumpleaños.

Año Nuevo.

Alguna visita familiar.

Pero existía una distancia.

Mi madre seguía observándome como si esperara descubrir, detrás de cualquier decisión, la prueba de que yo continuaba siendo aquella niña que había querido cocinar un pájaro muerto.

Asami se ofreció a contárselo.

—No.

Dije.

—¿Segura?
—Es mi matrimonio.
—Precisamente.
—Se lo diré yo.

Llamé a mi madre por la noche.

—Mamá.
—Keiko, ¿Ha pasado algo?

La pregunta me resultó curiosa.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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