Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo Extra 4 - El Hombre Que Ya No Tenía Donde Esconderse

Cuando la puerta se cerró detrás de Shiraha, durante unos segundos no se movió.

Las cuatro cajas con sus pertenencias estaban apiladas junto a él en el pasillo del edificio.

Ropa.

Revistas.

Un cargador.

La tableta.

Unos pocos objetos que había ido acumulando dentro del cuarto de baño de Keiko hasta convertir aquella bañera en algo parecido a una habitación.

Miró la puerta.

Esperó.

Quizá Keiko volvería a abrir.

Quizá su hermana se arrepentiría.

Quizá alguna de las dos comprendería que no podía expulsarse a una persona de un momento a otro.

Nadie abrió.

Shiraha apretó los labios.

—Claro.

Murmuró.

—Así funciona.

Cogió dos cajas.

Avanzó unos metros.

Tuvo que volver por las otras.

Mientras hacía viajes entre el ascensor y la entrada, siguió hablando consigo mismo.

—Cuando una mujer depende de un hombre, es normal. Pero si un hombre depende de una mujer, inmediatamente se convierte en basura.

No había nadie escuchándolo.

Eso no le impidió continuar.

—Edad de Piedra.

El ascensor llegó.

Entró con las cajas.

—Todo sigue siendo exactamente igual.

Las puertas se cerraron.

No fue directamente con su familia.

Eso habría significado admitir que había fracasado otra vez.

Tampoco llamó a su hermano.

Su cuñada probablemente contestaría antes.

Y la última persona a la que quería escuchar era precisamente ella.

Así que pasó la primera noche en un cibercafé.

Pagó una cabina pequeña.

Dejó las cajas apiladas a sus pies.

Compró una bebida barata.

Se acomodó frente al monitor.

La luz azul iluminaba su cara.

Durante varias horas navegó por páginas de empleo sin solicitar ninguno.

Abría una oferta.

Leía los requisitos.

La cerraba.

Abría otra.

—Experiencia.

Otra.

—Edad.

Otra.

—Disponibilidad.

Otra.

—Permiso de conducir.

Soltó una risita.

—Exactamente.

Para Shiraha, cada requisito confirmaba una teoría.

Nunca era una simple condición laboral.

Era una prueba.

Una demostración de que la sociedad había sido construida para expulsar a hombres como él.

A las tres de la madrugada cerró el navegador.

Intentó dormir.

No pudo.

La cabina olía a tela húmeda, café instantáneo y cuerpos encerrados durante demasiadas horas.

Pensó en la bañera de Keiko.

Era incómoda.

Pero estaba limpia.

Keiko cocinaba.

Le daba dinero alguna vez.

No hacía demasiadas preguntas.

Lo dejaba esconderse.

Durante un tiempo había funcionado.

—La muy idiota.

Susurró.

Después cerró los ojos.

Los cibercafés consumían dinero.

Las pensiones también.

Shiraha todavía tenía algo ahorrado, pero sabía que no duraría mucho.

Vendió algunas cosas.

Primero las revistas.

Luego un aparato viejo.

Después algunas prendas.

La tableta la conservó.

El teléfono también.

Esos dos objetos eran demasiado importantes.

Sin ellos, desaparecer no parecía libertad.

Parecía simplemente quedarse solo.

Durante algunos días durmió en establecimientos abiertos toda la noche.

Después empezó a elegir bancos alejados.

Pasos subterráneos.

Parques.

Una estación donde los empleados no expulsaban inmediatamente a quien se quedaba demasiado tiempo.

Aprendió qué baños públicos estaban más limpios.

Qué restaurantes ofrecían agua gratis.

Qué supermercados rebajaban comida al final del día.

Qué estaciones tenían rincones donde podía permanecer sentado sin llamar demasiado la atención.

Odiaba aprender todo aquello.

Porque cada nueva habilidad demostraba que la situación no era temporal.

La primera noche que durmió realmente en la calle llovió.

No mucho.

Lo suficiente.

Se refugió bajo el techo de una entrada cerrada.

Las gotas rebotaban contra el pavimento.

Shiraha abrazó su mochila.

Había reducido sus pertenencias hasta poder llevarlas consigo.

Las cajas habían desaparecido.

Una parte quedó en un guardaequipaje durante varios días.

Otra terminó abandonada.

No podía cargar con todo.

Eso también le pareció injusto.

Las personas con casas podían poseer objetos.

Las personas sin ellas tenían que elegir qué cosas merecían continuar existiendo.

Se quedó mirando la lluvia.

—A los animales débiles los expulsan de la manada.

La frase le produjo algo parecido a satisfacción.

Encajaba.

Su teoría seguía intacta.

El mundo continuaba demostrándole que tenía razón.

Aunque para demostrarlo tuviera que dormir sobre cartón.

Durante el día caminaba.

No tenía un lugar al que regresar.

Así que cualquier sitio servía.

Bibliotecas.

Centros comerciales.

Estaciones.

Parques.

Tiendas de conveniencia.

Estas últimas le producían rechazo.

Cada vez que entraba en una recordaba a Keiko.

No a Keiko como mujer.

A Keiko detrás de una caja.

Con aquella voz excesivamente clara.

Acomodando productos.

Observando estantes.

Moviéndose como si todos los objetos a su alrededor estuvieran conectados con ella.

Nunca había entendido aquella forma de existir.

Y después de haber sido expulsado de su casa, le resultaba todavía más irritante.

Ella había elegido una tienda.

Había elegido ser dependienta.

Había elegido la cosa más pequeña, más absurda y más insignificante que Shiraha podía imaginar.

Y aun así parecía haber encontrado algo que él no.

Una dirección.

Durante un tiempo volvió a mirar mujeres.

No exactamente como antes.

O eso se decía.

Solo observaba.

Una joven salía todos los días aproximadamente a la misma hora de una oficina cerca de Shinjuku.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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