La puerta de la trastienda terminó de abrirse.
El hombre que apareció detrás de ella era muy alto.
Tan alto y delgado que, durante un instante, pensé en una percha.
Debía de medir bastante más de un metro ochenta.
Tenía los hombros estrechos, las piernas largas y un cuerpo tan fino que la camisa blanca del uniforme parecía haber sido diseñada para otra persona.
Las mangas le descubrían parte de las muñecas, pero alrededor de la cintura la tela se acumulaba formando bolsas extrañas.
Llevaba gafas metálicas muy finas.
Su rostro era alargado.
Las mejillas parecían hundidas.
Incluso antes de hablar daba la impresión de que intentaba ocupar el menor espacio posible.
—Shiraha, ¿Eres tú?
Preguntó el jefe.
El hombre inclinó un poco la cabeza.
—Sí.
El jefe miró el reloj.
—Te dije que llegaras media hora antes.
Shiraha no respondió inmediatamente.
—Bueno...
—Hoy es tu primer turno de día. No puedes empezar llegando tarde.
El jefe parecía molesto.
Yo, en cambio, solo registré la información.
Primer día.
Llegada tardía.
No era una característica definitiva.
Los empleados nuevos cometían errores.
Algunos necesitaban varios días para aprender.
Otros varias semanas.
Lo importante era corregirlos.
Me levanté.
—¡Encantada! Soy Furukura, del turno de mañana. Espero que trabajemos bien juntos.
Incliné la cabeza.
Mi voz salió más enérgica de lo habitual.
Había utilizado inconscientemente el tono del jefe.
Shiraha me miró como si el saludo hubiera sido demasiado fuerte.
—Hola.
La palabra apenas salió de su boca.
El jefe frunció el ceño.
—Shiraha, saluda correctamente. Lo primero es causar una buena impresión.
—Buenos días.
Esta vez su voz fue un poco más alta.
Muy poco.
Lo observé.
Tal vez todavía estuviera nervioso.
Cuando una persona nueva entraba en la tienda había que darle tiempo para ajustarse.
El jefe señaló en mi dirección.
—Furukura lleva aquí desde que abrimos. Si tienes alguna duda, pregúntale.
Shiraha volvió a mirarme.
—¿Desde que abrió?
—Dieciocho años.
Dijo el jefe.
La expresión de Shiraha cambió.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Dieciocho?
El jefe se echó a reír.
—Dieciocho. Es una veterana.
No comprendí qué tenía aquello de sorprendente.
La tienda llevaba dieciocho años abierta.
Yo había trabajado allí durante esos dieciocho años.
Era una relación matemática sencilla.
Sin embargo, Shiraha me observó unos segundos más de lo necesario.
Como si acabaran de informarle de que yo padecía una enfermedad extraña.
Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió de golpe.
—¡Buenos días!
Sugawara entró cargando la funda de su instrumento a la espalda.
En cuanto vio a Shiraha se detuvo.
—Ah, tú eres el nuevo.
Su sonrisa apareció inmediatamente.
—Soy Sugawara. Encantada.
—Sí...
Shiraha volvió a bajar la cabeza.
—Hola.
La diferencia entre ambos era curiosa.
Sugawara parecía llenar la habitación con su voz.
Shiraha parecía retirarse de ella cada vez que hablaba.
Nos cambiamos para empezar el turno.
El uniforme transformó ligeramente a Shiraha.
Al menos desde lejos.
La camisa blanca y el pantalón negro que llevaba debajo ya cumplían las normas de la tienda, y cuando se puso la prenda del Smile Mart sobre ellos su aspecto adquirió cierta uniformidad.
Eso solía ocurrir.
La tienda absorbía diferencias.
Edad.
Clase social.
Nacionalidad.
Situación familiar.
Ambiciones.
Durante el turno todos nos convertíamos en dependientes.
Pero en Shiraha la transformación parecía incompleta.
El uniforme estaba sobre su cuerpo.
No dentro de él.
Nos colocamos para el briefing.
El jefe repasó los objetivos.
Aquel día teníamos una oferta especial de perritos calientes.
—La última vez vendimos ochenta y tres.
Dijo.
—Hoy quiero cien.
Asentí.
Cien era un objetivo razonable.
La diferencia de temperatura respecto al día anterior podía favorecer las ventas de comida preparada.
También teníamos que mantener llenas las bebidas y anunciar el nuevo postre de mango.
El jefe continuó.
—Shiraha, intenta estar en caja durante la hora punta. Ya has terminado la formación, así que conoces lo básico. Si tienes alguna duda, pregunta.
—Sí.
Su respuesta volvió a sonar como si le costara trabajo producirla.
Después llegó el juramento.
Nos pusimos rectos.
Yo respiré.
Aquella parte de la mañana siempre me agradaba.
El jefe recitó la primera frase.
Nosotros la repetimos.
Luego las fórmulas de cortesía.
—¡Bienvenido!
—¡Bienvenido!
—¡Con mucho gusto!
—¡Con mucho gusto!
—¡Muchas gracias!
—¡Muchas gracias!
Sugawara y yo pronunciábamos las frases con claridad.
Shiraha apenas movía los labios.
Lo miré de reojo.
Parecía desconcertado.
Finalmente murmuró:
—Esto parece una ceremonia religiosa.
No respondí.
Pero, en cierto sentido, estaba de acuerdo.
La diferencia era que para mí aquello no representaba un problema.
Las religiones parecían proporcionar reglas.
La tienda también.
Al terminar el briefing yo sabía quién era y qué debía hacer.
El uniforme no me quitaba libertad.
Me quitaba incertidumbre.
Quizá por eso aquellas palabras tenían para mí un efecto tranquilizador.
Shiraha, en cambio, parecía observarlas desde afuera.
Como si todos nosotros estuviéramos realizando un ritual absurdo cuya utilidad solo él era capaz de cuestionar.
—Si hay algo que no entiendas, pregúntame.
Le dije.