La expresión de Yukari cambió apenas terminé de responder.
No fue un gesto exagerado.
Solo una ligera tensión alrededor de los ojos y una pequeña pausa antes de volver a sonreír.
Sin embargo, yo había pasado demasiados años observando rostros como para no notarlo.
—Sí.
Repetí.
—Sigo trabajando por horas.
Durante un instante nadie dijo nada.
El hijo de Yukari continuaba dormido.
Miho sostenía la taza con ambas manos.
Satsuki me miraba como si esperara que añadiera algo que convirtiera mi respuesta en una explicación completa.
Comprendí que tenía que hacerlo.
—Es que sigo un poco delicada de salud.
Añadí.
—Por eso no puedo tener un trabajo normal.
La atmósfera cambió de inmediato.
Las tres parecieron relajarse.
Aquello resultaba interesante.
La verdad les había creado una pregunta.
La mentira, en cambio, les ofrecía una respuesta.
Cuando había empezado a frecuentar aquel grupo de antiguas compañeras, mi hermana me había aconsejado utilizar esa explicación: una enfermedad crónica, no demasiado grave como para requerir hospitalización, pero suficientemente molesta como para justificar que una mujer adulta continuara trabajando por horas.
En la tienda empleaba una versión diferente.
Allí decía que mis padres tenían problemas de salud y que necesitaba conservar un horario flexible para ayudarlos.
Mi hermana había diseñado las dos historias.
—No necesitas dar demasiados detalles.
Me había explicado.
—Cuanto menos concreta seas, mejor.
Yo no entendía por qué.
—Pero si preguntan qué enfermedad tengo, tendría que decirles cuál.
—No. Dices que es algo crónico y ya está.
—¿Y si quieren saber el nombre?
—Cambias de tema.
—¿Y eso no es mentir?
Mi hermana había suspirado.
—Keiko, el objetivo no es presentar un informe médico. El objetivo es que dejen de preguntarte.
Aquello sí podía entenderlo.
La explicación no tenía que ser cierta.
Tenía que cerrar la conversación.
Desde entonces había aprendido que muchas respuestas sociales funcionaban de aquel modo.
No se utilizaban necesariamente para transmitir información.
A veces servían simplemente para tranquilizar a la otra persona.
Decir que tenía una enfermedad era más eficaz que decir:
«Me gusta trabajar en una tienda de conveniencia y no veo ningún motivo para hacer otra cosa».
La primera respuesta provocaba compasión.
La segunda provocaba sospechas.
A los veinte años nadie había necesitado explicaciones.
Una universitaria que trabajaba por horas era completamente normal.
A los treinta y seis, en cambio, el mismo comportamiento se había transformado en una anomalía.
Mi edad había cambiado, aunque mi trabajo fuera exactamente el mismo.
Era como si existieran fechas de caducidad invisibles para determinadas formas de vivir.
Una dependienta universitaria todavía estaba fresca.
Una dependienta de treinta y seis años empezaba a parecer un producto olvidado en una estantería.
—Debe de ser difícil.
Dijo Yukari.
—Sí.
Respondí.
No lo era.
Pero aquella era la respuesta adecuada.
Satsuki inclinó la cabeza.
—Aunque trabajas bastante, ¿No?
—Cinco días algunas semanas.
—Pues para estar delicada…
Miho intervino enseguida.
—Dependerá del tipo de enfermedad.
—Claro.
Respondió Satsuki.
—Supongo.
Yo asentí.
La explicación empezaba a desarrollar sus propias complicaciones.
Si estaba demasiado enferma para trabajar en una empresa, ¿Por qué podía pasar horas de pie en una tienda?
Si necesitaba descansar, ¿Por qué trabajaba tantos turnos?
Era el problema de las mentiras: requerían mantenimiento.
La tienda era más sencilla.
Si un producto estaba mal colocado, bastaba con devolverlo a su lugar.
Las conversaciones humanas parecían crear nuevas estanterías cada vez que intentaba ordenar una.
Satsuki tomó un trozo de tarta.
—Bueno, dejando el trabajo aparte… ¿No tienes ningún cotilleo?
—¿Cotilleo?
—Algún hombre.
La miré.
—¿Un hombre?
Las tres se rieron.
—¡Keiko!
Dijo Yukari.
—Un novio.
—Ah.
—Nunca cuentas nada de eso.
Pensé.
Podía inventar una respuesta.
Pero no había tenido tiempo de prepararla.
—Nunca he tenido novio.
La reacción fue inmediata.
Silencio.
No uno incómodo para mí.
Un silencio objetivo.
Tres mujeres dejaron de hablar durante aproximadamente dos segundos.
Yukari miró a Satsuki.
Satsuki miró a Miho.
Miho me miró a mí.
Entonces recordé demasiado tarde otra de las instrucciones de mi hermana.
Cuando alguien preguntara por relaciones sentimentales, no debía responder con demasiada precisión.
Podía decir algo como:
«Estuve a punto de tener algo con alguien, pero no tengo mucha suerte con los hombres».
Aquello permitiría que los demás imaginaran lo que quisieran.
Tal vez una relación secreta.
Tal vez una aventura.
Tal vez alguien casado.
Tal vez una historia que había terminado mal.
Mi hermana lo había explicado de manera muy clara:
—Si eres ambigua, los demás completarán la historia por ti.
Me pareció un mecanismo extraño.
Era como entregar una bolsa vacía a un cliente y permitirle llenarla con los productos que prefiriera.
Pero había olvidado utilizarlo.
Había respondido con la verdad.
Y la verdad había vuelto a causar un problema.
Miho fue la primera en reaccionar.
—Bueno, yo tengo amigas homosexuales.
La observé.
No entendí inmediatamente la relación entre una cosa y la otra.
Satsuki asintió.
—Sí. Y ahora también se habla mucho de personas asexuales.
—Exacto.
Añadió Miho.