Al día siguiente llamé al número que había copiado del anuncio.
Lo hice desde casa, sentada junto al teléfono, con el papel apoyado delante de mí.
Antes de marcar comprobé tres veces los números.
No estaba nerviosa.
Al menos no de la forma en que otras personas parecían ponerse nerviosas antes de una entrevista o de una llamada importante.
Lo que sentía era algo más parecido a curiosidad.
Nunca había trabajado.
No sabía exactamente qué esperaba una tienda de conveniencia de una persona.
Pero el anuncio decía que buscaban empleados.
Yo necesitaba un trabajo por horas.
La relación me parecía sencilla.
Marqué.
Una voz masculina respondió.
—Smile Mart, oficina de contratación.
Me incorporé ligeramente.
—Buenos días. Llamo por el anuncio de la próxima apertura de la tienda de la estación de Hiiro.
La voz cambió de tono.
—Ah, sí. ¿Quieres solicitar el puesto?
—Sí.
Me hicieron algunas preguntas.
Edad.
Situación académica.
Disponibilidad.
Si podía trabajar fines de semana.
Si vivía cerca.
Respondí con exactitud.
Al terminar, concertamos una entrevista.
Colgué.
Miré el teléfono unos segundos.
Eso era todo.
No había ocurrido nada especialmente complicado.
La entrevista también fue sencilla.
El local todavía estaba en proceso de transformación.
Cuando volví a verlo, ya no parecía aquel espacio vacío que había encontrado por casualidad unos días antes.
Habían aparecido estanterías.
Cajas.
Carteles.
Había gente entrando y saliendo.
Un hombre me hizo varias preguntas mientras consultaba unos papeles.
—¿Has trabajado antes en atención al público?
—No.
—¿Algún otro trabajo?
—No.
Anotó algo.
—¿Crees que podrás hablar con los clientes?
Pensé antes de responder.
—Si me explican lo que tengo que decir, sí.
El hombre levantó la mirada.
No supe si mi respuesta le pareció extraña.
Después sonrió.
—Claro. Para eso está la formación.
Aquella frase me gustó.
Para eso está la formación.
Significaba que no esperaban que yo supiera comportarme antes de empezar.
Iban a enseñármelo.
Me contrataron.
La semana siguiente comenzó el entrenamiento.
Cuando llegué el primer día, el interior del local había cambiado todavía más.
Las estanterías estaban instaladas.
Algunas zonas ya contenían productos.
Pañuelos.
Cuadernos.
Bolígrafos.
Artículos pequeños de uso diario.
Todavía faltaba buena parte de la comida y de las bebidas, pero por primera vez podía imaginar cómo sería la tienda cuando estuviera terminada.
No fui la única persona contratada.
Había unas quince.
Nos mirábamos con la incomodidad propia de un grupo de desconocidos que todavía no sabe qué tiene en común.
Una universitaria aproximadamente de mi edad.
Un hombre joven que parecía dedicarse a trabajos temporales.
Una mujer casada algo mayor.
Un estudiante.
Un chico que, según escuché más tarde, quería dedicarse a la música.
Personas de edades, estilos y situaciones completamente diferentes.
Si nos hubieran reunido en una estación, nadie habría pensado que formábamos parte del mismo grupo.
Entonces llegó el encargado de la formación.
Traía varias cajas.
Dentro estaban los uniformes.
Nos fue llamando uno por uno.
Cuando recibí el mío, lo sostuve entre las manos.
No parecía nada especial.
Tela.
Cremallera.
Colores de la empresa.
Pero en cuanto nos cambiamos, ocurrió algo curioso.
Las diferencias entre nosotros disminuyeron.
Nos pidieron que nos quitáramos relojes y accesorios.
Quienes tenían el pelo largo debían recogerlo.
La ropa personal desapareció debajo del uniforme.
Nos colocamos en fila.
Miré a las personas que tenía a ambos lados.
Seguían siendo las mismas.
Y, al mismo tiempo, ya no lo parecían.
Éramos empleados del Smile Mart.
El instructor se puso delante.
—Empezaremos por lo más importante.
Pensé que hablaría de la caja registradora.
O del dinero.
O de cómo evitar robos.
No.
—El saludo.
Nos enseñó un cartel.
Aparecía dibujado un empleado sonriente.
Espalda recta.
Rostro abierto.
Mirada al frente.
—Los clientes deben sentirse bienvenidos desde el momento en que entran.
Nos mostró la posición.
—Sonrisa natural. Nada exagerado. Levanten ligeramente las comisuras.
Todos intentamos imitarlo.
—Así.
Señaló a una chica.
—Tú estás demasiado rígida.
Luego a otro.
—Más voz.
Después nos indicó que repitiéramos.
—¡Bienvenidos!
Las voces salieron desordenadas.
Algunas demasiado bajas.
Otras tardías.
—Otra vez.
Repetimos.
—¡Bienvenidos!
—Más energía.
Otra vez.
—¡BIENVENIDOS!
Observé al instructor.
La inclinación de su cabeza.
La posición de la mandíbula.
La forma en que abría los ojos.
El momento exacto en que respiraba antes de pronunciar la frase.
Lo imité.
—¡Bienvenido!
El instructor se volvió hacia mí.
—Muy bien, Furukura. Eso es. Hazlo así.
Sentí una pequeña satisfacción.
No porque me hubiera felicitado.
Sino porque había encontrado una respuesta correcta.
Durante toda mi vida me habían dicho cosas como:
«Compórtate con naturalidad».
«Habla normalmente».
«Sé tú misma».
Ninguna de esas instrucciones servía para nada.
Aquello era diferente.
Había un modelo.
Podía observarlo.
Podía reproducirlo.
Si lo hacía correctamente, la respuesta era correcta.
Continuamos.
Cómo mirar al cliente.