Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 4 — Dieciocho Años Dentro De La Caja Luminosa

Habían pasado dieciocho años desde aquella primera mañana.

A veces sacaba la calculadora solo para comprobarlo.

No porque olvidara cuánto tiempo llevaba trabajando allí, sino porque los años me parecían una medida demasiado imprecisa para explicar lo que significaba mi relación con el Smile Mart.

Dieciocho años.

Dicho así, sonaba sencillo.

Pero la tienda había estado abierta cada uno de aquellos días.

También durante las noches.

Los domingos.

Los días festivos.

Los veranos.

Los inviernos.

Mientras la gente dormía, celebraba cumpleaños, se casaba, cambiaba de empleo, tenía hijos, enfermaba, envejecía o se mudaba a otras ciudades, las luces del Smile Mart seguían encendidas.

El mundo podía detenerse para una persona.

La tienda no.

Me gustaba pensar en eso.

En algún momento llegué a calcular las horas que habían transcurrido desde la inauguración.

Ciento cincuenta y siete mil ochocientas, aproximadamente.

Era una cantidad mucho más satisfactoria que decir «dieciocho años».

Las horas podían imaginarse.

Una detrás de otra.

Cada una llena de clientes, mercancías, recibos, entregas, cambios de turno, productos caducados, bolsas, saludos y sonidos.

Yo había cumplido treinta y seis.

Y seguía allí.

Ninguna de las personas que había realizado conmigo aquella primera formación continuaba en el Smile Mart.

Tampoco quedaban los mismos uniformes.

Ni las mismas cajas registradoras.

Ni los mismos productos.

Ni siquiera los mismos muebles.

Durante aquellos años habían pasado ocho jefes.

El primero pertenecía al recuerdo de la inauguración.

El segundo me había enseñado que conservar la salud era una parte esencial del trabajo.

El cuarto había sido extremadamente limpio.

El sexto era extraño y terminó provocando que varios empleados se marcharan.

Otros apenas dejaron huella.

Cuando uno se iba y llegaba otro, la tienda continuaba.

Siempre continuaba.

Por eso, en mi cabeza, todos terminaban formando una única figura.

El jefe.

Del mismo modo, los empleados iban desapareciendo y siendo reemplazados.

Estudiantes que se graduaban.

Amas de casa que cambiaban sus horarios.

Trabajadores temporales que encontraban algo mejor.

Extranjeros que regresaban a sus países.

Jóvenes que un día aparecían con un uniforme nuevo y varios meses después dejaban de figurar en la hoja de turnos.

La tienda los absorbía y después los sustituía.

A mí no.

Yo permanecía.

No porque hubiera decidido convertirme en la empleada más antigua.

Simplemente nunca había encontrado una razón para marcharme.

Cuando terminé la universidad, mis padres todavía consideraban el Smile Mart una etapa.

Un trabajo temporal.

Algo propio de una estudiante.

Durante un tiempo aceptaron que siguiera allí.

Decían que me había venido bien.

Que desde que trabajaba parecía más despierta.

Más comunicativa.

Más integrada.

Aquello era cierto.

Antes de entrar en la tienda apenas sabía qué hacer cuando alguien me hablaba.

Ahora podía saludar, sonreír, agradecer, disculparme y mantener pequeñas conversaciones sin provocar silencios incómodos.

Mis padres estaban contentos.

Al principio.

Después comenzaron a preguntar:

—¿Y ahora qué harás?

Yo no entendía muy bien la pregunta.

—Seguir trabajando.
—Sí, pero ¿Después?
—Mañana también trabajo.

No se referían a eso.

Con el tiempo comprendí que esperaban que encontrara un empleo fijo.

Para ellos, una persona terminaba los estudios y pasaba a la siguiente etapa.

Aquella era otra de esas reglas que parecían evidentes para todos salvo para mí.

Intenté obedecer.

Envié solicitudes.

Acudí a procesos de selección.

Me puse ropa formal.

Aprendí a inclinarme.

Preparé respuestas.

Pero no funcionaba.

En las entrevistas había demasiadas preguntas sin instrucciones claras.

Y cuanto más tiempo permanecía en el Smile Mart, más difícil resultaba explicar por qué seguía trabajando por horas.

Al principio podía decir:

«Estoy estudiando».

Luego:

«Acabo de terminar la universidad».

Después dejó de existir una respuesta cómoda.

—¿Por qué ha trabajado tantos años en una tienda de conveniencia?

No sabía qué esperaban que dijera.

Porque me gustaba.

Porque sabía hacerlo.

Porque allí podía funcionar.

Pero esas respuestas parecían equivocadas.

Así que fui dejando de acudir a entrevistas.

Mis padres seguían preocupados.

Yo seguía trabajando.

La tienda no me pedía explicaciones.

Solo necesitaba que llegara a tiempo.

Vivía sola desde mis años universitarios.

Mi apartamento era pequeño.

Seis tatamis y medio.

El futón permanecía extendido la mayor parte del tiempo porque no tenía ningún motivo especial para guardarlo.

Mi casa no necesitaba parecer una casa.

Solo debía permitirme dormir, comer, ducharme y prepararme para volver al trabajo.

Al terminar cada jornada regresaba cansada.

Me quitaba la ropa.

Comía algo.

Y me tumbaba.

Incluso dormida, muchas veces seguía trabajando.

Soñaba con la caja registradora.

Con promociones.

Con etiquetas.

Con productos que tenían que colocarse antes de que llegara la siguiente entrega.

En ocasiones despertaba sobresaltada porque recordaba que había que rellenar una estantería de patatas.

Abría los ojos.

Oscuridad.

Silencio.

Entonces comprendía que estaba en mi apartamento.

Otras noches despertaba escuchando mi propia voz.

—¡Bienvenido!

Me quedaba inmóvil.

El corazón latía un poco más rápido.

Después respiraba.



#362 en Joven Adulto
#1688 en Otros
#70 en No ficción

En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.