Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 15 - La Voz De La Konbini

La puerta automática terminó de abrirse.

El aire frío del interior me envolvió por completo.

Durante varias semanas había vivido como si mi cuerpo estuviera apagado.

Dormía sin horarios, comía sin apetito, me duchaba porque Shiraha me lo recordaba y me vestía solo cuando tenía que salir.

Había dejado de saber qué significaba estar preparada para algo.

Pero en cuanto escuché la campanilla y la voz de la dependienta, todo aquello desapareció.

—¡Bienvenida!

La palabra atravesó mi cuerpo.

No era la primera vez que entraba en una tienda desde que había dejado el Smile Mart.

Pero aquella vez ocurrió algo distinto.

Quizá porque era mediodía.

Quizá porque el lugar estaba lleno.

Quizá porque el sonido de la tienda era especialmente claro.

O quizá porque yo había estado demasiado tiempo sin escucharlo.

Los refrigeradores emitían su zumbido continuo.

Las puertas de las neveras se abrían y cerraban.

Los códigos de barras pasaban por el lector.

Bip.

Una bolsa crujía.

Bip.

Un cliente dejaba monedas sobre el mostrador.

Una de las empleadas preguntaba si quería calentar el bento.

Otra pedía disculpas por la espera.

Los pasos de los oficinistas se cruzaban entre los pasillos.

Todo aquello se superpuso.

Y de pronto ya no escuché ruido.

Escuché información.

Mi cuerpo la comprendía.

Era casi mediodía.

Hora punta.

Dos cajas abiertas.

Una empleada llevaba placa de aprendiz.

Demasiados clientes para el personal disponible.

La tienda necesitaba velocidad.

Necesitaba reposición.

Necesitaba que ciertos productos estuvieran visibles antes de que terminara la franja de almuerzo.

No tuve que razonarlo.

Lo supe.

Era como recuperar un idioma que jamás había olvidado.

Shiraha desapareció hacia el baño.

Yo avancé unos pasos.

Había entrado con traje.

Llevaba un currículum en el bolso.

En aproximadamente una hora debía presentarme a una entrevista de trabajo.

Todo aquello dejó de parecer importante.

Miré hacia la sección de comida preparada.

Algo estaba mal.

Me acerqué.

Había una promoción de pasta.

El cartel anunciaba una rebaja.

Sin embargo, las bandejas estaban colocadas en un lugar poco visible, mezcladas con otros productos que competían por la atención.

Me quedé mirando el expositor.

Sentí una molestia casi física.

Aquello no tenía sentido.

Si un producto estaba de promoción, el cliente debía verlo.

Si no lo veía, la reducción de precio servía de poco.

Mis manos actuaron.

Moví una bandeja.

Después otra.

Agrupé la pasta.

La coloqué en una zona más visible.

Una mujer que estaba cerca me miró.

Probablemente estaba intentando averiguar si yo trabajaba allí.

Yo también la miré.

Y entonces mi boca reaccionó antes que mi mente.

—¡Bienvenida!

La palabra salió con el tono correcto.

El volumen correcto.

La sonrisa correcta.

La mujer pareció aceptar inmediatamente mi autoridad.

Miró la pasta que acababa de recolocar.

Cogió una bandeja.

Mi pecho se relajó.

Funcionaba.

Todavía funcionaba.

Miré alrededor.

Era martes.

Lo comprobé en el teléfono porque, durante las últimas semanas, los días habían perdido casi todo significado.

Martes.

Día de novedades.

Mi atención se desplazó de inmediato hacia los dulces.

Allí estaba otro problema.

Un chocolate de edición limitada ocupaba una posición demasiado baja.

Conocía aquel tipo de producto.

Novedad.

Diseño llamativo.

Sabor estacional.

Publicidad reciente.

Si la presentación era correcta, podía venderse por impulso.

Pero lo habían colocado prácticamente escondido.

Me agaché.

Moví un producto que ocupaba demasiado espacio sin justificarlo.

Organicé varias hileras del chocolate nuevo.

Elevé su presencia visual.

Encontré un pequeño cartel de novedad que estaba mal colocado y lo ajusté.

Dos jóvenes se detuvieron.

—Mira.

Dijo una.

—Son los nuevos.

La otra tomó un paquete.

Después otro.

Las observé.

No sentí orgullo.

Sentí corrección.

La tienda había enviado una señal.

Yo había respondido.

Eso era todo.

Y aquello me producía una satisfacción que no había sentido durante el último mes.

Empecé a caminar.

Ya no pensaba en la entrevista.

Ni en Shiraha.

Ni en mi hermana.

Ni en la cuñada.

Ni en el currículum.

La tienda se desplegaba delante de mí como un cuerpo del que podía leer cada necesidad.

Hacía calor.

Las bebidas frías debían tener prioridad.

Miré la nevera.

Había espacios vacíos.

Demasiados.

Agua mineral.

Té.

Bebidas deportivas.

Un día así requería más reposición.

Después miré el congelador.

Helados.

También habría que vigilarlo.

Los productos ligeros y refrescantes saldrían mejor que los más pesados.

El movimiento de los clientes ya lo indicaba.

Una persona cogió agua.

Otra también.

Luego una bebida isotónica.

Las ventas hablaban.

Siempre habían hablado.

Solo había que escuchar.

Durante las semanas fuera del Smile Mart había intentado descubrir qué quería yo.

No encontré nada.

El mundo exterior esperaba que tuviera deseos.

Una carrera.

Una pareja.

Un matrimonio.

Tal vez hijos.

Metas.

Ambiciones.

Un plan.

Yo había intentado inspeccionar mi interior buscando alguna respuesta semejante.

No había nada claro.

Pero allí dentro no necesitaba preguntarme qué quería.

La tienda quería cosas.

Y yo podía entenderlas.

Era mucho más sencillo.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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