Tres días después de decidir que volvería a trabajar en una tienda de conveniencia, recibí una llamada.
Había enviado solicitudes a siete establecimientos.
Dos buscaban personal para el turno de madrugada.
Uno necesitaba trabajadores únicamente los fines de semana.
Otro quedaba demasiado lejos.
Los tres restantes pertenecían a cadenas distintas, pero uno llamó mi atención desde el principio.
No era una tienda abierta.
Todavía no existía.
El anuncio decía:
PRÓXIMA INAUGURACIÓN. NUEVA SUCURSAL. PERSONAL DE APERTURA.
Aquellas palabras me produjeron una sensación conocida.
Dieciocho años atrás había visto algo parecido.
Una tienda que todavía no funcionaba.
Un espacio vacío.
Personas que aún no eran dependientes.
Estantes esperando productos.
Una máquina a punto de encenderse.
Había solicitado el puesto casi inmediatamente.
Por eso, cuando sonó el teléfono, contesté antes del tercer tono.
-¿Señora Furukura?
-Sí.
-Le llamamos por su solicitud.
Enderecé la espalda aunque la persona no pudiera verme.
-Sí.
-¿Podría venir mañana para una entrevista?
-Sí.
Me dieron una dirección.
La anoté.
Después pregunté:
-¿La tienda todavía no está abierta?
La mujer hizo una pequeña pausa.
-Así es. La inauguración está prevista para dentro de unas semanas.
Sentí que algo dentro de mí se activaba.
-Entiendo.
-Es una sucursal bastante grande.
-¿Cuánto?
La mujer volvió a detenerse.
Probablemente no esperaba esa pregunta.
-Aproximadamente tres veces el tamaño de una tienda de conveniencia convencional.
Me quedé inmóvil.
Tres veces.
No pensé inmediatamente en metros cuadrados.
Pensé en estantes.
Tres veces más espacio.
Más bebidas.
Más refrigeradores.
Más comida preparada.
Más productos de temporada.
Más clientes simultáneos.
Más cajas.
Más empleados.
Más sonidos.
Una tienda tres veces más grande no sería solamente una tienda ampliada.
Sería un organismo distinto.
-Mañana estaré allí.
Respondí.
Cuando colgué, miré mis manos.
Por primera vez desde que había dejado el Smile Mart, volvieron a parecerme completamente útiles.
La dirección correspondía a un edificio nuevo cerca de una estación grande.
Llegué cuarenta minutos antes.
No había podido evitarlo.
Prefería esperar que correr el riesgo de llegar tarde.
La zona estaba rodeada de oficinas, apartamentos y pequeños comercios.
Había una escuela a varias calles de distancia y una clínica al otro lado de la avenida.
Observé el flujo de peatones.
Ocho y cuarenta y siete.
Muchos trabajadores de oficina.
Algunas madres con niños.
Personas mayores.
Estudiantes.
Una zona mixta.
Eso significaba que los patrones de consumo serían más complejos que los de mi antigua tienda.
Por la mañana habría café, desayunos y cigarrillos.
Al mediodía, comida preparada.
Por la tarde, estudiantes y amas de casa.
Por la noche, cenas, alcohol, productos para el hogar y clientes que regresaban del trabajo.
La tienda tendría que cambiar varias veces al día.
Seguí caminando.
Entonces la vi.
Todavía estaba cubierta parcialmente por paneles de construcción.
A través de los cristales distinguí el interior.
Me detuve.
Era enorme.
Realmente enorme.
Mi antiguo Smile Mart habría cabido varias veces dentro.
Había seis cajas.
Seis.
Una zona completa de comida preparada.
Grandes refrigeradores alineados a lo largo de una pared.
Un espacio para comer dentro del establecimiento.
Una sección de artículos domésticos.
Más congeladores.
Dos pasillos dedicados casi enteramente a bebidas.
Una máquina de café múltiple.
Incluso había una pequeña zona de productos frescos.
Sentí que mi respiración cambiaba.
La tienda todavía estaba vacía.
Pero yo podía escucharla.
No de verdad.
Todavía no.
No había refrigeradores funcionando.
No había cajas.
No había clientes.
Pero podía imaginar el ruido futuro.
La puerta abriéndose.
Seis escáneres.
Varios empleados saludando.
El vapor de la comida caliente.
Los motores.
Las bolsas.
Las conversaciones.
Era como observar un animal enorme antes de que empezara a respirar.
La entrevista se realizaba en una sala improvisada en la segunda planta del edificio.
Había tres personas.
Una mujer de recursos humanos.
Un hombre de mediana edad con traje oscuro.
Y otro hombre algo más joven que se presentó como supervisor regional.
Me indicaron que me sentara.
-Furukura Keiko, ¿Correcto?
-Sí.
El supervisor miró mi currículum.
Después lo volvió a mirar.
-Aquí dice que trabajó dieciocho años en la misma tienda.
-Sí.
-¿Dieciocho años completos?
-Sí.
-Desde la inauguración.
-Sí.
Los tres se miraron.
Yo esperé.
-Eso es bastante inusual.
Dijo la mujer.
No sabía si era positivo o negativo.
-¿Por qué dejó su anterior empleo?
Había preparado varias respuestas.
«Buscaba nuevos retos.»
«Quería ampliar mi experiencia.»
«Deseaba crecer profesionalmente.»
Eran frases correctas para una entrevista.
Pero no eran exactamente verdaderas.
-Porque durante un tiempo pensé que debía dejar de ser dependienta.
Los tres permanecieron en silencio.
Continué.
-Después descubrí que estaba equivocada.
El supervisor regional inclinó ligeramente la cabeza.
-¿Equivocada en qué sentido?
-Puedo hacer otras cosas, pero no las hago tan bien.
-¿Y trabajar en una tienda sí?
-Sí.