Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo 13 - La Dependienta Desaparece

Después de la visita de la cuñada de Shiraha, algo empezó a desplazarse dentro de mi vida.

No ocurrió de golpe.

No hubo una mañana en la que despertara y pensara: quiero abandonar la tienda.

De hecho, no recuerdo haber sentido nunca ese deseo.

Lo que ocurrió fue mucho más parecido al movimiento de una cinta transportadora.

Una cosa empujó a la siguiente.

Shiraha vivía conmigo.

Por eso los demás creían que éramos pareja.

Si éramos pareja, esperaban que construyéramos un futuro.

Si queríamos construir un futuro, mi trabajo por horas parecía insuficiente.

Si mi trabajo era insuficiente, debía buscar otro.

Y si iba a buscar otro, abandonar el Smile Mart empezaba a presentarse como un paso evidente.

Nadie necesitó redactar aquellas instrucciones.

Aparecían solas.

Una detrás de otra.

Como flechas impresas en el suelo.

Yo solo tenía que seguirlas.

Shiraha se había vuelto especialmente activo desde que decidió que mi trabajo debía cambiar.

Era extraño.

Cuando se trataba de buscar empleo para él, parecía cansarse incluso antes de abrir una página de ofertas.

Cuando se trataba de buscarlo para mí, podía pasar horas delante de la pantalla.

—Mira esta.
—¿Qué es?
—Una empresa de servicios.
—¿Qué tendría que hacer?
—No sé. Supongo que trabajo de oficina.
—Entonces no sé hacerlo.
—Se aprende.

Pasaba a otra.

—Esta tampoco está mal.
—Piden experiencia.
—Siempre piden experiencia. Tú manda el currículo.
—¿Por qué?
—Porque no pierdes nada.

Yo pensaba que sí perdía algo.

Tiempo.

Horas que podía utilizar para trabajar en la tienda.

Energía.

Dinero en transporte.

Pero Shiraha no lo veía de esa manera.

Para él, cada solicitud era un peldaño en una escalera que debía alejarme del Smile Mart.

—No puedes seguir toda la vida allí.

Aquella frase se había vuelto frecuente.

También la había escuchado de mi madre.

De amigas.

De personas que apenas me conocían.

Antes me parecía una observación vaga.

Ahora empezaba a funcionar como una orden colectiva.

—Llevo dieciocho años.

Respondí una vez.

—Precisamente.
—Eso significa que puedo seguir trabajando allí.
—No. Significa que ya has desperdiciado dieciocho años.

Me quedé mirando la pantalla.

La palabra «desperdiciado» me resultó difícil de relacionar con mi experiencia.

Yo podía recordar casi cada etapa de aquellos años.

Los primeros uniformes.

Los cambios en los códigos de barras.

Los gerentes.

Los nuevos hornos.

Las campañas.

Los productos que aparecieron y desaparecieron.

Los clientes habituales.

Las veces que una tormenta alteró las ventas.

Los días en que una promoción funcionó mejor de lo previsto.

Nada de aquello me parecía vacío.

Pero no discutí.

Shiraha no estaba hablando de la tienda.

Estaba hablando de una vida imaginaria que yo podría haber tenido si no hubiera trabajado allí.

Era imposible comparar ambas.

Solo una había existido.

En el Smile Mart también notaba la presión.

El jefe había empezado a hablarme como si mi permanencia fuera provisional.

—Furukura, si de verdad vais en serio, quizá deberías pensar en algo más estable.

Izumi estaba de acuerdo.

—Claro. Ahora que tienes pareja, las cosas cambian.
—¿Qué cosas?
—Pues… todo.

Esa respuesta aparecía con frecuencia.

Todo.

Era una palabra muy poco precisa.

Antes mis decisiones tenían unidades concretas.

Número de cajas de agua.

Cantidad de onigiri.

Minutos antes de empezar el turno.

Temperatura exterior.

Fecha de caducidad.

Ahora «todo» parecía bastar para justificar cualquier cambio.

Sugawara era menos insistente, pero incluso ella empezó a tratar mi trabajo como algo temporal.

—Si encuentras algo bueno, tienes que aprovecharlo.
—Ya tengo trabajo.
—Ya sabes a qué me refiero.

No lo sabía.

Pero asentía.

Era más fácil.

Lo más extraño era que, mientras todos hablaban de sacar mi vida de la tienda, yo seguía oyéndola con una claridad extraordinaria.

Una mañana noté que el expositor de bebidas energéticas estaba demasiado vacío antes de que nadie más lo viera.

Otra tarde anticipé que se agotarían los fideos fríos porque la temperatura había subido más de lo previsto.

Un viernes detecté por el tono de las conversaciones de los clientes que había una reunión grande en uno de los edificios cercanos y sugerí preparar más café para llevar.

Seguía funcionando.

Mi cuerpo seguía funcionando.

Mis ojos recorrían los estantes automáticamente.

Mis manos sabían cuánto espacio dejar entre los productos.

Mi garganta producía el volumen correcto para saludar.

El Smile Mart no daba ninguna señal de que yo debiera marcharme.

Al contrario.

Me utilizaba perfectamente.

Esa contradicción comenzó a inquietarme.

El mundo exterior decía:

Vete.

La tienda decía:

Todavía sirves.

Y yo no sabía cuál de las dos voces debía obedecer.

La decisión llegó sin una emoción clara.

Un día entré en la trastienda y encontré al jefe revisando horarios.

Esperé a que terminara de escribir.

—Jefe.
—¿Sí?
—Quiero dejar el trabajo.

Pronunciar las palabras fue más sencillo de lo esperado.

El bolígrafo se detuvo.

Durante una fracción de segundo creí que reaccionaría como había hecho otras veces cuando alguien anunciaba que se marchaba.

«¿Ahora?»

«Estamos faltos de personal.»

«¿No puedes quedarte un poco más?»

Lo había oído muchas veces.

La tienda siempre necesitaba gente.

Yo llevaba dieciocho años.

Pensé que al menos intentaría negociar.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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