Bajo El Paraguas Rojo

Capítulo Extra 2 - El Cliente De Las Ocho Y Doce

Ser jefa de tienda solucionó muchos problemas.

También creó otros.

El primero seguía viviendo en mi bañera.

Shiraha no había interpretado nuestra separación de la misma forma que yo.

Después de aquella discusión frente a la tienda de conveniencia y de que yo decidiera volver a trabajar, regresó al apartamento como si nada hubiera ocurrido.

Cuando llegué aquella noche, estaba sentado en la bañera con la tableta sobre las piernas.

—Has vuelto.

Dijo.

—Sí.
—¿Cómo ha ido?
—Bien.
—¿La entrevista?
—No fui.

Levantó la cabeza.

—¿Cómo que no fuiste?
—Voy a volver a trabajar en una tienda.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Ya hablamos de esto.
—Tú hablaste de esto.
—Furukura.
—Keiko.

Se quedó callado.

—¿Qué?
—Ahora soy jefa.

Tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Jefa de qué?
—De una tienda.
—¿Otra konbini?
—Sí.
—¿Y eso qué cambia?

Pensé.

—Mi salario.
—Bueno, eso sí.
—Mis responsabilidades.
—Sí.
—Y que necesito utilizar la bañera.

Miró a su alrededor.

Había convertido aquel pequeño espacio en una madriguera.

Cojines.

Cables.

Ropa.

Una botella vacía.

Una bolsa con comida.

Su tableta.

Un cargador.

Varias revistas.

—Puedes ducharte en otro sitio.

Respondió.

—Esta es mi casa.
—Ya empezamos.
—Sí.

Aquella noche decidí que Shiraha debía irse.

No porque hubiera dejado de resultarme útil.

Había dejado de ser útil hacía tiempo.

Ahora era un obstáculo.

Y una tienda no puede funcionar correctamente si conserva un producto que ocupa espacio sin cumplir ninguna función.

Llamé a Asami.

—Necesito ayuda.

Hubo un silencio.

Mi hermana parecía sorprendida.

Normalmente era ella quien decidía que necesitaba ayuda, no yo.

—¿Qué ha pasado?
—Quiero sacar a Shiraha de mi casa.

La reacción fue inmediata.

—Voy mañana.
—Trabajo.
—Después del trabajo.
—Termino tarde.
—Me da igual.
—Puedo hacerlo sola.
—Keiko.
—¿Sí?
—No.

Acepté.

Mi hermana llegó al día siguiente con una expresión que no había visto desde que éramos niñas y yo hacía algo que consideraba especialmente peligroso.

Llevaba una bolsa grande.

—¿Qué hay ahí?
—Cajas.
—¿Para qué?
—Para sus cosas.
—Ah.

Aquello era eficiente.

Entramos.

Shiraha estaba en el baño.

Asami dejó las cajas en medio del apartamento.

—Sal.

No hubo respuesta.

—Shiraha, sé que estás ahí.

Silencio.

Mi hermana golpeó la puerta.

—Voy a llamar a mi marido y después a la policía si hace falta.

La puerta se abrió unos centímetros.

—No tienes derecho a echarme.

—Es la casa de Keiko.

—Tenemos un acuerdo.

Asami me miró.

—¿Tenéis un contrato?

—No.

—¿Le cobra alquiler?

—No exactamente.

—Entonces no hay nada que hablar.

Shiraha abrió la puerta completamente.

—Esto es una persecución. Es exactamente lo que siempre digo. La sociedad expulsa a quien no encaja.

Asami cerró los ojos.

—No estoy expulsándote de la sociedad. Estoy expulsándote del baño de mi hermana.

Aquella frase me pareció bastante precisa.

Durante las siguientes dos horas, Asami organizó la evacuación.

Yo la ayudé.

Shiraha protestó.

Muchas veces.

Decía que no tenía adónde ir.

Mi hermana le dijo que llamara a su familia.

Dijo que no podía.

Ella respondió que buscara una pensión.

Dijo que era cara.

Le recordó que tenía dinero para un teléfono, una tableta y comida preparada.

Él explicó que aquello era diferente.

Asami dejó de discutir.

Empezó a guardar sus cosas.

Yo la imité.

Cargador.

Revistas.

Ropa.

Tableta.

Cepillo de dientes.

Cojines.

Una camiseta que llevaba meses bajo el lavabo.

—Esto es mío.

Dije.

—Entonces se queda.

Respondió mi hermana.

Shiraha protestaba desde una esquina.

—¡No podéis decidir mi vida!
—No.

Dijo Asami.

—Pero podemos decidir quién vive aquí.

Me gustó aquella distinción.

La memoricé.

Finalmente quedaron cuatro cajas.

Shiraha estaba de pie junto a la puerta.

—Vas a arrepentirte, Furukura.
—Ahora me llamo Keiko para ti.
—¿Qué?
—Ya no trabajamos juntos.

Asami me miró.

No entendí por qué sonreía.

Shiraha se puso los zapatos.

—Cuando descubras cómo funciona realmente el mundo, no vengas a buscarme.
—De acuerdo.
—Lo digo en serio.
—Yo también.

Se marchó.

Mi hermana cerró la puerta.

Después echó la llave.

Y, por primera vez en meses, pude mirar el baño y pensar únicamente en bañarme.

Asami se quedó un rato.

La ayudé a limpiar.

Había marcas en la bañera.

Pelos.

Polvo.

Una mancha de comida seca detrás de uno de los cojines.

Mi hermana observó aquello con una expresión de repugnancia.

—¿Cómo soportaste esto?
—No me molestaba demasiado.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—Ya no está.

Se quedó callada.

Después me abrazó.

No respondí de inmediato.

Mi hermana continuaba haciendo cosas que no requerían solución.

Finalmente apoyé los brazos alrededor de ella.

—Estoy contenta por ti.

Dijo.

—Me han contratado como jefa.
—Ya lo sé.
—La tienda es tres veces más grande que la anterior.
—También lo sé.
—Tenemos seis cajas.
—Keiko.
—¿Sí?
—No hablo de la tienda.
—Ah.

Se separó.

—Me alegra que hayas echado a Shiraha.
—Tú lo has echado.
—Tú me llamaste.

Eso era cierto.

Quizá pedir ayuda también fuera una forma de decidir.



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En el texto hay: #vida, #problemasfamiliares, tiendas

Editado: 22.09.2026

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