Shiraha estaba escondido entre las sombras.
No era una forma de hablar.
Su cuerpo delgado sobresalía apenas detrás de la esquina de un edificio de oficinas, como si hubiera calculado mal la anchura necesaria para ocultarse.
Primero vi una pierna.
Después el hombro.
Por último, su cara apareció unos centímetros más allá de la pared.
El distrito de negocios era muy diferente por la noche.
Durante el día, las aceras se llenaban de zapatos de oficina, tarjetas de identificación colgadas al cuello, bicicletas de reparto y clientes que entraban al Smile Mart buscando café, tabaco o algo que pudieran comer en menos de cinco minutos.
A aquellas horas, en cambio, las persianas metálicas estaban cerradas y las ventanas de los edificios formaban rectángulos negros.
Shiraha miraba hacia una de las entradas.
Lo observé unos segundos.
Recordé a la clienta.
Una mujer que pasaba con frecuencia por la tienda después del trabajo.
Solía comprar frutos secos y alguna bebida.
Era precisamente la mujer cuyos datos Shiraha había intentado utilizar.
Entonces entendí.
Me acerqué sin hacer demasiado ruido.
—Shiraha.
Se sobresaltó.
Giró tan rápido que por un instante pareció que iba a caerse.
—¡Furukura!
—¿Estás esperando a esa clienta?
Su expresión se endureció.
—¿Qué clienta?
—La mujer cuyos datos intentaste conseguir.
No respondió.
Eso fue suficiente.
—Si sigues molestándola, avisaré a la policía.
Shiraha abrió la boca.
—Yo ya no trabajo allí.
—Yo sí.
—¿Y qué?
—Es una clienta del Smile Mart.
Para mí aquello resolvía el asunto.
Mientras siguiera entrando en la tienda, formaba parte del entorno que yo debía proteger.
Las instrucciones del establecimiento eran claras respecto a conflictos, datos personales y comportamiento hacia los clientes.
Shiraha, en cambio, pareció encontrar absurda mi respuesta.
—Eres increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Ah.
Se irguió.
Fuera del uniforme parecía incluso más largo y desordenado.
Cuando trabajaba con nosotros, la ropa del Smile Mart conseguía reducir ligeramente sus irregularidades.
Ahora volvía a parecer una persona que no pertenecía a ninguna estructura.
—No estoy haciendo nada malo.
Dijo.
—Si me interesa una mujer, tengo derecho a intentar conocerla.
—No utilizando información que obtuviste en el trabajo.
—Siempre exageráis todo.
—El jefe no pensaba eso.
Al mencionar al jefe, torció la boca.
—Ese hombre es un esclavo de la empresa.
Empezó a hablar con la misma rapidez que utilizaba cuando encontraba un tema sobre el que podía sentirse superior.
Según él, enamorarse de una mujer e intentar conquistarla era una conducta natural.
Había ocurrido siempre.
Los hombres perseguían a las mujeres.
Las mujeres elegían a los hombres.
Era biología.
Historia.
Supervivencia.
Otra vez la Edad de Piedra.
—Pero dijiste que las mujeres solo elegían a los cazadores fuertes.
Le recordé.
—Entonces, si tú no eres uno de ellos, ¿Por qué esperas que ella te elija?
Se quedó callado.
Durante unos segundos pensé que quizá estaba reconsiderando su teoría.
No fue así.
—Todavía no he tenido la oportunidad de demostrar lo que valgo.
—Ya.
—Voy a montar un negocio.
—También dijiste eso.
—Y funcionará.
—¿Qué negocio?
—No pienso contártelo.
—Entonces no puedo saber si funcionará.
Frunció el ceño.
Su teoría parecía poseer una característica útil: siempre podía modificarse para evitar que Shiraha estuviera equivocado.
Si una mujer no quería estar con él, era porque la sociedad estaba corrompida.
Si no tenía empleo, era porque el sistema no reconocía su talento.
Si lo despedían, era porque los demás eran incapaces de comprenderlo.
Si cometía algo incorrecto, las reglas eran injustas.
Yo también tenía dificultades con el mundo, pero aquel método me parecía agotador.
Para mantenerlo era necesario reconstruir constantemente la realidad.
—No entiendes nada.
Murmuró.
—Eso es posible.
Mi respuesta pareció irritarlo aún más.
Entonces sucedió algo inesperado.
Shiraha bajó la cabeza.
Se cubrió la cara.
Al principio pensé que iba a estornudar.
Después vi humedad entre sus dedos.
Estaba llorando.
Me quedé mirándolo.
El llanto era una reacción corporal para la que yo nunca había encontrado instrucciones suficientemente precisas.
Cuando un cliente estaba triste, el manual no decía que debíamos tocarlo.
Si era un compañero, dependía de la relación.
Mi hermana me había enseñado que decir «no llores» no siempre servía.
Además, estábamos demasiado cerca de la tienda.
Si la clienta aparecía y encontraba a Shiraha allí, podía producirse otro problema.
—Ven.
Lo sujeté del brazo.
—¿Adónde?
—A algún sitio cerrado.
—Déjame.
—No puedes quedarte aquí.
Lo arrastré hasta un restaurante cercano que todavía estaba abierto.
El local estaba casi vacío.
Elegimos una mesa apartada.
Había un bufé de bebidas y fui a buscar algo mientras Shiraha seguía sentado, inmóvil.
Le llevé té de jazmín.
Para mí serví agua caliente.
Siempre me ha parecido extraño que muchas personas necesiten que los líquidos tengan sabor.
Si tengo sed, el agua cumple la función necesaria.
El sabor introduce una variable adicional que no siempre hace falta.
Shiraha sostuvo la taza.
—El mundo no soporta a la gente como nosotros.
—¿Como nosotros?
—Cuerpos extraños.
Aquella expresión me hizo levantar la vista.
No sabía que él utilizara la misma idea que había ocupado mis pensamientos durante los últimos días.