Había aprendido a convertirme en dependienta.
El problema era que el uniforme no podía acompañarme a todas partes.
Dentro del Smile Mart tenía un modelo perfectamente definido.
Sabía cómo colocar los pies, qué tono utilizar, cuándo inclinar la cabeza y qué palabras elegir.
Fuera de la tienda, en cambio, las instrucciones desaparecían.
Allí empezaba la parte difícil.
A mis treinta y seis años ya conocía muchas reglas que nadie me había explicado directamente.
Había descubierto que las mujeres de mi edad utilizaban determinada ropa, que algunas preguntas exigían respuestas imprecisas y que hablar demasiado de uno mismo podía ser tan extraño como no hablar en absoluto.
Pero conocer aquellas reglas no significaba comprenderlas.
Para sobrevivir fuera de la tienda utilizaba el mismo procedimiento que llevaba aplicando desde niña:
Observar.
Memorizar.
Imitar.
Y corregir el resultado cuando fuera necesario.
Izumi era una de mis mejores fuentes de información.
No porque quisiera convertirme exactamente en ella.
Eso habría sido demasiado evidente.
Pero Izumi tenía treinta y siete años, solo uno más que yo, y poseía todas las características externas que parecían corresponder a una mujer adulta normal.
Estaba casada.
Tenía hijos.
Sabía conversar.
Se arreglaba.
Compraba ropa en lugares adecuados para su edad.
Podía hablar de trabajo, de su marido, de los niños, de zapatos o de comida sin que nadie la mirara de una manera extraña.
Por eso la observaba con atención.
Una vez dejó abierto su neceser en la trastienda.
No estaba intentando husmear.
Simplemente estaba allí.
Vi varios cosméticos.
Leí las marcas.
Las memoricé.
No toqué nada.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Más tarde busqué aquellas marcas por internet.
No compré exactamente los mismos productos.
Eso habría sido una imitación demasiado directa.
En lugar de eso, investigué qué otras mujeres utilizaban artículos similares.
Entré en blogs.
Miré fotografías.
Leí recomendaciones.
Busqué tiendas relacionadas.
Era parecido a analizar la competencia de la konbini.
No bastaba con saber qué producto se vendía.
Había que entender el patrón.
Si Izumi utilizaba una determinada marca, yo buscaba otra que perteneciera aproximadamente a la misma categoría.
Si llevaba cierto tipo de zapatos, observaba otros modelos de la tienda.
Si utilizaba un bolso de un estilo concreto, buscaba algo equivalente.
No necesitaba parecerme a Izumi.
Necesitaba parecerme al tipo de persona al que Izumi pertenecía.
Una mujer de treinta y tantos.
Una mujer que nadie observaría y pensaría:
Hay algo raro en ella.
Aquello era lo importante.
Un día Izumi se fijó en mis zapatos.
—Qué bonitos.
Miré mis manoletinas.
—Gracias.
—Creo que los he visto en una tienda de Omotesando.
Asentí.
Naturalmente que los había visto.
Yo había descubierto aquella tienda gracias a ella.
—¿Tú también compras allí?
—Sí. Tengo unas botas.
Recordé inmediatamente el modelo.
—¿Azul marino?
Izumi abrió los ojos.
—¡Sí! ¿Las has visto?
—Me las probé una vez.
No era exactamente mentira.
Me las había probado.
Precisamente porque sabía que ella tenía unas.
Izumi sonrió.
—Tenemos gustos bastante parecidos, Furukura.
—Parece que sí.
—También me gusta tu bolso.
—Gracias.
Sentí alivio.
El sistema funcionaba.
No había provocado sospechas.
Ella no había pensado que yo la imitaba.
Había interpretado aquella coincidencia como afinidad.
Aquello era mejor.
La afinidad parecía ser una de las cosas que permitían a las personas acercarse entre sí.
Dos personas llevaban zapatos parecidos y eso podía convertirse en conversación.
Dos personas compraban en la misma tienda y de repente tenían algo en común.
Me resultaba curioso.
Los objetos podían servir como intermediarios entre los humanos.
Quizá por eso la moda era importante.
No se trataba solamente de cubrir el cuerpo.
Era otra forma de hablar.
La voz era todavía más interesante.
Desde pequeña había copiado formas de hablar sin proponérmelo.
Después de muchos años en la tienda, aquello se había convertido casi en un método consciente.
Izumi alargaba ligeramente algunas palabras.
Sugawara, en cambio, hablaba con un ritmo más rápido, cortando ciertas sílabas.
El jefe tenía otras expresiones.
Compañeros que ya habían dejado la tienda seguían presentes en algunas frases que yo utilizaba.
Mi voz era una composición.
A veces intentaba imaginar qué porcentaje pertenecía a cada persona.
Quizá treinta por ciento Izumi.
Treinta por ciento Sugawara.
Veinte por ciento el jefe.
El resto estaba formado por fragmentos de gente que había conocido durante aquellos dieciocho años.
Pensándolo bien, quizá todos los seres humanos funcionaran así.
La gente parecía contagiarse mutuamente.
Cuando dos personas pasaban mucho tiempo juntas, adoptaban expresiones similares.
Los matrimonios desarrollaban gestos parecidos.
Los amigos utilizaban las mismas palabras.
Los compañeros de trabajo copiaban maneras de hablar.
Incluso la forma de reír parecía transmitirse.
Un día llegaron a la tienda algunos miembros del grupo musical de Sugawara.
Los observé.
Varias chicas hablaban casi exactamente como ella.
Otra tarde vino una antigua compañera de Izumi.
Su ropa, sus movimientos e incluso ciertas expresiones se parecían tanto que por un momento me costó diferenciarlas desde lejos.
Aquello me confirmó una idea:
Los humanos se construían unos a otros.