Capítulo 1: El inicio del fin
⚠️ AVISO LEGAL
La presente historia es una obra de ficción creada con fines de entretenimiento. Se trata de una parodia y homenaje inspirada en el género de las series de narcotráfico, así como en las reconocidas series Breaking Bad y Better Call Saul, por la profunda admiración que el autor siente hacia dichas obras, cabe aclarar que esta novela es una parodia de los Fanfics de Wattpad.
Todos los derechos sobre los personajes, marcas, nombres y elementos pertenecientes a las obras originales corresponden a sus respectivos creadores y titulares. Esta novela no pretende reemplazar, copiar ni infringir sus derechos de autor, sino ofrecer una interpretación nueva y completamente original.
Los acontecimientos, personajes, lugares y situaciones presentados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas, organizaciones o hechos reales, pasados o presentes, es pura coincidencia.
Asimismo, esta obra no promueve, glorifica ni justifica actividades delictivas, el narcotráfico o cualquier otra conducta ilegal. Su contenido debe entenderse únicamente como ficción y entretenimiento.
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Atlanta, Georgia.
Las nueve de la mañana.
La lluvia tamborileaba contra el ventanal del apartamento mientras la luz gris de octubre se colaba entre las cortinas descoloridas. El lugar era modesto: una cocina integrada que olía a café del día anterior, una mesa de madera llena de hojas arrugadas y cuadernos escolares, una biblioteca abarrotada de novelas policiales y fantasía que Fenris había ido acumulando desde los quince años, y una computadora portátil en la esquina que parecía sobrevivir a base de milagros.
En la pared, enmarcada descuidadamente, colgaba una medalla dorada de la competencia estatal de debate de años pasados. Fenris había sido el mejor orador de todo el estado de Georgia. Dieciséis años y una capacidad para las palabras que asustaba.
Ahora tenía dieciocho.
Y sentía que todo eso había pasado hacía una eternidad.
La notificación de su celular lo arrancó del sueño. Fenris abrió los ojos de golpe, miró el techo manchado de humedad y soltó un gemido.
—Otro día...
Se incorporó con la agilidad de quien todavía no ha aceptado que la vida adulta está a la vuelta de la esquina. A unos meses de graduarse de la secundaria, la realidad se cernía sobre él como una nube negra: sin trabajo, sin ahorros, sin un plan B que no fuera su teclado y sus historias.
Caminó hasta el baño, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara. Se miró al espejo.
El cabello negro le caía sobre la frente en mechones rebeldes. Las ojeras habían pasado de ser ocasionales a formar parte de su anatomía. Y esa expresión... esa expresión de alguien que dormía lo justo para no colapsar, pero nunca descansaba de verdad.
—Qué buena cara, Fenris. De modelo de catálogo de depresión —se dijo, intentando sonreír. No lo logró.
Salió arrastrando los pies hasta la cocina. Abrió el refrigerador, sacó el cartón de jugo de manzana que compraba en oferta y tomó el paquete de galletas de chocolate que estaba más vacío que lleno.
Su desayuno gourmet. También el más barato.
Se sentó frente a la mesa, mordió una galleta y bebió directo del cartón. El silencio del apartamento era tan denso que podía oír el zumbido del refrigerador.
Después de terminar, abrió la computadora con la esperanza de avanzar en la novela que llevaba meses escribiendo entre tareas de la secundaria y noches de insomnio.
Presionó el botón de encendido.
Nada.
—No puede ser...
Lo intentó de nuevo.
ERROR DE INICIO.
Fenris cerró los ojos, contó hasta cinco, y golpeó la mesa con la palma de la mano. La computadora vibró, la pantalla parpadeó dos veces... y el sistema arrancó como si nada.
—Siempre funciona —sonrió, casi avergonzado de su propio método.
Desde el pasillo se oyó una voz pastosa:
—¿Otra vez maltratando la computadora?
Fenris giró la cabeza. Emma apareció descalza, con una camiseta vieja de banda que le quedaba enorme y el cabello revuelto de recién levantada.
—Buenos días, dormilona —dijo él.
—Mmm... buenos días —Emma se frotó los ojos y se dirigió al refrigerador. Sacó la leche, tomó un vaso del escurridor y se sirvió mientras lo observaba con curiosidad—. ¿Sobrevivió la pobre máquina?
—Después de unos golpes terapéuticos, sí.
Emma soltó una risa nasal, casi escupiendo la leche.
—Algún día vas a terminar destruyéndola.
—Imposible. Ya le agarré el truco.
Ella apoyó la espalda contra la mesada, mirándolo con esa mezcla de ternura y preocupación que había perfeccionado durante los casi dos años que llevaban juntos.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Fenris, intentando sonar casual.
—Grabaciones desde el mediodía. Va a ser una jornada larguísima, así que ni me esperes despierto.
—¿Otra vez hasta tarde?
—Así es esto, amor. Ya sabes.
Fenris asintió, mirando la pantalla donde un documento en blanco lo juzgaba en silencio.
—¿Y tú? —Emma le devolvió la pregunta.
—Escribir, supongo. Tengo que entregar un ensayo para Literatura también, pero... —se encogió de hombros—. No mucho más.
Emma sonrió, caminó hasta él y le apoyó una mano en el hombro.
—Algún día alguien va a leer todo lo que escribiste y se va a preguntar cómo demonios tardaron tanto en descubrirte.
—Primero tendría que terminar algo —Fenris rio, pero no llegó a sus ojos.
Emma le apretó el hombro.
—Lo vas a lograr. Ya falta poco para que termines la secundaria, vas a tener más tiempo.
Fenris la miró. Quiso creerle. Porque Emma era, en ese momento, la única persona que seguía creyendo en él.
Y sin saberlo, también era lo único que mantenía su mundo en pie.