ZOÉ
24-diciembre-2021
Hoy es un día muy especial para todos. Incluso para mí aunque lo niegue. Porque después de volverme una chica sin corazón, todo me parece aburrido y sin gracia.
Creo que no hay necesidad de festejar tal 24 o 25 de diciembre porque lo importante es que mi madre este aquí conmigo. Pero mi madre dice que es muy valiosa esta fecha porque estamos toda la familia y tenemos salud que es lo primordial. Las cosas materiales van y vienen.
—¿Cuál vino llevamos para brindar? —me enseña dos vinos de marca que se ven caras.
Así es, he sido obligada por mi madre a venir a este tipo de compras que detesto.
Encojo mis hombros al decir:
—No lo sé. Supongo que cualquier de los dos estará bien. No te esfuerces tanto. Es sola una cena.
Suelta un suspiro de derrota.
—Ay, Zoé. ¿Cuándo cambiarás tu carácter? Tienes 19 años. Ya no eres una niña.
—Mamá, ¿eso que tiene que ver con el vino?
—Que quiero que seas feliz y celebres este día. Pero al parecer te da igual lo que te haya dicho. Dime, ¿qué pasó aquella noche en la fiesta de disfraces? Porque desde esa noche cambiaste rotundamente.
Pasé saliva, nerviosa. Cada vez era más y más constante la pregunta y la curiosidad de mi madre. Giré sobre mis talones y empecé a recorrer el pasillo de la pequeña sucursal para encontrar algo que distrajera a mi madre.
—¡Mira! —señalé a donde estaban las promociones de cereales que a ella le gustaban mucho—. ¡Woow!, ¡¿ya viste la súper promoción!?
—Zoé, ¿me dirás, o no?
—¡Son tus favoritos!
—Zoé —su voz fue más firme.
No podía seguir evitando la pregunta. Pero tampoco diría la verdad sobre Andrea y... Jeric.
Tenía que pensar en algo. Y pronto. La cara de mi madre me expresaba: "Impaciente"
Hasta que me acordé que había un secreto el cual nunca le conté.
—Bueno... cuando tenía 7 años, hubo un niño que me hizo bullying por ser demasiado gordita y... el día de Halloween me lo encontré.
Mi madre se quedó hipnotizada, analizando lo que le había dicho. Porque si, para ella era una completa novedad. Me lo guardé todos estos años porque creí que debería enfrentar mis problemas yo sola.
Mi madre siempre me ha dicho que no vivirá para toda la vida. Y es verdad. Cuando estuvo en el hospital por un momento lo pensé. Pensé que no iba a volver a verla.
Se que es terrible pensar que no volverás a ver a tu familia. En especial a la persona que más te ha estado acompañando en tu etapa de vida. Pero, ella pensaba que volvería a ver a mi abuela hasta que... no volvió a verla.
—¿Por qué no me contaste eso? —su voz fue una especie de tristeza.
Encogí mis hombros.
—Pensé que... no era necesario.
—Eres mi hija, y me duele lo que te pasa. Aunque claro, también me sacas de mis casillas, y si te regaño es porque te quiero.
Siempre me ha dicho mi madre que debo considerarla como una amiga. Que nadie en este mundo es tu amigo. Y en efecto. Andrea fue una de esas personas que no se comportó como tal.
El recordar esa anécdota, me puso triste.
—Zoé, quiero que de hoy en adelante me cuentes todo. ¿De acuerdo?
En su expresión veía reflejado un miedo de perder algo. Y sé dé qué va.
Hace un par de días que ve noticias, y la mayoría son de jóvenes que se suicidan debido al bullying. Ella es muy melancólica con ese tipo de información. Y estoy segura de que es por lo que le habrá pasado por su mente en este momento.
Se que no me lo preguntará directamente, pero si lo hiciera de otra forma para saber. La respuesta sería no.
Solo asentí a su petición y cambié de tema.
—Debemos irnos porque en un par de minutos esta comercial se llenará de gente.
—No me tires de a loca, niña.
—No lo hago. Pero es en serio. Debemos apurarnos.
Me contestaba y le devolvía una respuesta mientras seguíamos con las compras. En fin. Creo las peleas entre madre e hija nunca acaban.
Estaba en un pasillo buscando una lata de duraznos para que mi madre hiciera el postre, pero me fijé en las tantas calorías que contenía cuando... la voz que escuché detrás de mí fue una voz suave que me puso los vellos de punta.
—Hola.
Ca‐ra-jo.
Tragué saliva, nerviosa al escuchar la voz de mi coach.
No me digné a mirarlo porque no quería que viera mi rostro y se diera cuenta que era horrible. No sé porque imaginé eso y porque me interesaba que no me viera fea.
En ese momento solo pensé una cosa: «Debí haber traído mi gorra.» y «Estoy acabada.»
Dejé la lata en cuanto pude para largarme a toda prisa y llegar con mi madre para irnos antes de que me lo volviera a encontrar. No imagino su cara que puso y lo que habrá pensado, solo quería largarme ya. Y agradezco que no me haya detenido para seguirme hablando.