A partir de ese momento, la maestra decidió que nos dejaríamos sentados juntos de forma fija porque, según sus palabras, hacíamos un excelente equipo en las asignaciones complejas. Los días pasaron y las risas no tardaron en volverse cotidianas. Nos hicimos muy buenos amigos; compartíamos los apuntes, los secretos a mitad de clase y pasábamos la mayor parte de los recesos juntos, caminando por los pasillos del instituto. Todo era perfecto, hasta que un martes por la tarde, mientras guardábamos los libros en las taquillas, rompiste mi frágil burbuja:
—¿Sabes? Creo que me gusta Sophia —me dijiste con una ilusión sincera, y sentí que mi corazón se partía en dos.
Apreté las correas de mi mochila, tragué grueso y fingí una sonrisa que me costó la vida entera.
—¿Sí? Qué bien —fue lo único que logré decir, mientras por dentro me preguntaba cuándo empezarías a mirarme a mí de esa manera.
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