Llegó el final del año escolar, una mezcla extraña de alivio y nostalgia pura. Nos graduamos de esta etapa entre aplausos, firmas en las camisas y promesas de amistad eterna. Fuimos felices ese día; todo era risas y bromas en los pasillos que nos vieron crecer durante los últimos años. Pero la alegría duró poco. Días después de la fiesta de cierre, supe la terrible noticia: nos íbamos a separar. Las circunstancias y los cambios de distrito dictaminaban que tú te irías a otra institución completamente diferente a la mía, lejos de mi rutina diaria. Al enterarme, me encerré en mi habitación y lloré durante horas. En ese momento, me sentí la persona más triste del mundo.