Hacía ya un mes que estaba intentando adaptarme a la rutina de mi nueva preparatoria a mis 16 años. Los pasillos olían diferente, las caras de los profesores eran extrañas y me sentía profundamente inconforme, extrañando la comodidad de lo conocido y, muy en el fondo, tu presencia. Sin embargo, la vida escolar tiene formas extrañas de sanar los vacíos. Poco a poco, entre trabajos grupales y horas libres en la cafetería, fui abriendo mi círculo social. Al final, logré hacer un grupo de amigas inseparables: Alexia y Kamila, quienes se convirtieron en mi refugio diario.