¡Daniel me dijo que le gustaba!
Sí, me lo confesó de la manera más tierna y directa posible. Un día, en medio del bullicio de la hora del almuerzo en la cafetería, se sentó frente a mí con una sonrisa tímida, sacó una manzana perfecta de su mochila y me la dejó junto al plato. Minutos después, cuando se levantó fingiendo ir por un café, dejó disimuladamente un papel doblado sobre mi cuaderno. Lo desdoblé con el corazón a mil por hora y leí la nota:
Mi querida Melany:
Tus ojos, azules como el océano, me gustan.
Tu cabello negro, me gusta.
Tus sonrojos me gustan.
¿Sabes que me gusta mirarte mientras estás distraída? Porque si no lo sabes, déjame decirte que sí, me gusta mirarte.
Y… ¿sabes qué otra cosa me gusta?
Tú, tú me gustas.
Att: Daniel