Hera de sangre

La hija del pecado

No recuerdo la primera vez que mi padre me miró con desprecio.

Supongo que era demasiado pequeña para comprender que existen miradas capaces de condenarte mucho antes de que hayas cometido tu primer pecado.

Pero recuerdo perfectamente la primera vez que me llamó monstruo.

Tenía siete años.

Llevaba un vestido de terciopelo negro que me quedaba demasiado grande, el cabello recogido con una cinta plateada y las manos escondidas detrás de la espalda para que nadie notara cuánto temblaban. Aquella noche se celebraba el cumpleaños del príncipe heredero, mi medio hermano, y por primera vez me habían permitido asistir al banquete real.

Mi madre había pasado toda la tarde arreglándome.

—Recuerda quién eres, Hera —me dijo mientras acomodaba la cinta de mi cabello—. No importa lo que digan de ti. Nunca permitas que decidan cuánto vales.

Yo asentí.

Era una niña. Todavía creía que las madres podían protegernos de cualquier cosa.

—¿Crees que el rey estará contento de verme?

Sus manos se detuvieron.

Fue apenas un segundo, pero lo recuerdo incluso ahora. El modo en que sus dedos se quedaron inmóviles sobre mi hombro, la tristeza que cruzó su rostro y aquella sonrisa pequeña que utilizó para esconderla.

—Tu padre tiene muchas preocupaciones, cariño.

Aquella fue la primera mentira que mi madre me contó para protegerme.

Y no sería la última.

El salón del trono parecía construido para hacer que cualquier persona se sintiera insignificante.

Las columnas de mármol negro se alzaban hasta un techo pintado con constelaciones doradas. Candelabros de plata iluminaban las mesas, y cientos de rosas carmesí adornaban las paredes. La nobleza vestía sus mejores galas, los músicos tocaban melodías antiguas y los sirvientes caminaban en silencio, como si hasta el sonido de sus pasos pudiera ofender a la familia real.

Yo me quedé junto a la puerta.

Nadie me había dicho dónde debía sentarme.

Tampoco parecía que nadie quisiera averiguarlo.

Observé a los invitados inclinarse ante mi padre, el rey Kaelen Vhaleris. Era un hombre de presencia imponente, cabello oscuro y ojos grises que rara vez revelaban sus pensamientos. Sobre su cabeza descansaba la corona de Eryndor, una pieza de hierro negro adornada con piedras rojas que, según las leyendas, habían pertenecido a los primeros reyes.

A su lado estaba la reina consorte, vestida de blanco.

Y junto a ellos, el príncipe Lucien.

Mi hermano.

Él tenía todo lo que yo había deseado alguna vez: un lugar en la mesa, un nombre pronunciado con orgullo y un padre que lo miraba como si el mundo entero hubiera sido creado para entregárselo.

Yo solamente tenía un apellido que nadie se atrevía a mencionar.

—¿Qué hace ella aquí?

La pregunta llegó desde detrás de mí.

No necesité volverme para saber que pertenecía a Lady Evelyne, una noble famosa por su sonrisa amable y su lengua venenosa.

—Creí que el rey había prohibido que esa niña apareciera en los acontecimientos oficiales —respondió otra mujer.

—Quizá se ha olvidado de que existe.

Escuché sus risas.

Bajé la mirada hacia mis zapatos.

Mi madre me había dicho que no debía llorar delante de ellos. Según ella, las personas crueles disfrutaban demasiado al descubrir que habían conseguido lastimarte.

Así que sonreí.

Una sonrisa pequeña, torpe y dolorosa.

Entonces decidí que jamás volvería a darles el placer de verme llorar.

—Hera.

La voz de mi padre atravesó el salón.

Todas las conversaciones cesaron.

Levanté la cabeza.

El rey me observaba desde su asiento, y por un instante creí que me llamaría para sentarme a su lado. Imaginé que quizá aquella noche sería diferente, que quizá recordaría que yo también era su hija.

Qué fácil es confundir una esperanza con una promesa cuando has pasado toda tu vida muriéndote de hambre de cariño.

—Acércate —ordenó.

Obedecí.

Cada paso parecía más largo que el anterior. Sentía las miradas de los invitados sobre mi espalda y escuchaba los murmullos que se extendían entre las mesas.

Cuando llegué frente al trono, hice una reverencia.

—Padre.

Él no respondió inmediatamente.

Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello y mi rostro, como si buscara algún defecto que justificara mi presencia.

—¿Quién te permitió venir?

La pregunta me dejó inmóvil.

—Madre dijo que…

—No te he preguntado qué dijo tu madre.

Tragué saliva.

—Nadie, majestad.

Un silencio incómodo se extendió por el salón.

Mi padre apoyó una mano sobre el brazo del trono.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Porque quería conocerte, pensé.

Porque quería que me miraras como mirabas a Lucien.

Porque llevo siete años preguntándome qué hice para que me odiaras antes de conocerme.

Pero solo respondí:

—Quería felicitar a mi hermano.

El príncipe Lucien, que hasta entonces había permanecido en silencio, apartó la mirada.

El rey se inclinó ligeramente hacia mí.

—Escúchame bien, niña. Hay cosas que deben permanecer ocultas para que un reino pueda sobrevivir. Tu existencia es una de ellas.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

No lloré.

Todavía no.

—¿He hecho algo malo?

Por primera vez aquella noche, mi padre pareció sorprendido.

Quizá no esperaba que una niña tan pequeña hiciera una pregunta tan sencilla.

—No —respondió finalmente—. Ese es precisamente el problema.

No comprendí sus palabras.

Tardaría muchos años en hacerlo.

—Tu sangre lleva consigo una desgracia que no pienso permitir que contamine esta familia. A partir de esta noche, no volverás a presentarte ante la corte sin mi autorización.

Miré a las personas que nos rodeaban.

Algunos fingían no escuchar. Otros me observaban con una curiosidad casi divertida. Nadie intervino.




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