El coche avanzaba despacio por la avenida, con los árboles proyectando sombras largas sobre el asfalto todavía caliente de la tarde, y Audrey iba a mi lado, en silencio, con Fiore apretada contra el pecho y la mirada perdida en la ventanilla. No había vuelto a llorar desde la fuente, pero tampoco había recuperado del todo esa alegría suya que llenaba cualquier espacio sin pedir permiso. Le hablaba a la coneja en susurros tan bajos que apenas lograba distinguir alguna palabra suelta —algo sobre patos, algo sobre un vestido nuevo—, y yo la dejaba hacer, porque sabía que ese murmullo constante era su manera de ordenar por dentro lo que acababa de pasar, igual que yo ordenaba las cosas revisando papeles o firmando contratos cuando el peso de un día se volvía demasiado.
—¿Estás bien, cucciola? —pregunté al fin, cuando ya se veían los primeros pinos del camino de entrada.
—Sí. —Hizo una pausa, acariciando la oreja de tela de Fiore con el pulgar—. ¿Tú estás bien, papi?
La pregunta, tan simple y tan propia de ella, me tomó por sorpresa más de lo que me habría gustado admitir. Llevaba media vida acostumbrado a que la gente me preguntara por negocios, por cifras, por decisiones; nadie, salvo mi hija, me había preguntado nunca si estaba bien de verdad, sin esperar nada a cambio de la respuesta.
—Estoy bien —dije, y por primera vez en toda la tarde sonó casi cierto—. Solo estaba pensando.
—¿En lo que te pregunté?
—En eso también.
Ella asintió, satisfecha con la respuesta, como si entendiera que a los adultos a veces les llevaba más tiempo pensar las cosas importantes, y volvió a hundir la nariz en el pelo falso de la coneja. No insistió más. Esa pequeña tregua, ese dejarme respirar sin presionarme, era otra de las mil formas en que Audrey se parecía más a mí de lo que cualquier prueba de sangre podría haber demostrado.
La casa apareció al final de la grava, con las luces cálidas ya encendidas en el vestíbulo y las contraventanas verdes abiertas de par en par, dejando escapar el aroma suave a cera de los suelos que Rosa insistía en pulir cada dos días, aunque nadie se lo pidiera.
Bajamos del coche, y uno de mis hombres se quedó apostado junto a la verja, discreto entre las sombras del jardín, mientras el resto se repartía por el perímetro con esa calma entrenada que yo mismo había exigido durante años.
Rosa nos recibió en la puerta, con el delantal todavía puesto y una bandeja de limonada fresca ya lista sobre la mesa del porche, como si hubiera intuido, desde la cocina, que ambos íbamos a necesitar algo para suavizar el resto de la tarde.
—¿Y esa coneja tan bonita? —preguntó, agachándose un poco para admirar a Fiore con la misma devoción que le dedicaba a cualquier criatura nueva que entrara en esta casa.
—Se llama Fiore —anunció Audrey, aunque sin la energía habitual con la que solía presentar sus novedades—. Va a dormir conmigo.
—Me parece perfecto.
—Rosa le tocó la mejilla con suavidad, y después alzó la vista hacia mí, con esa mirada que llevaba quince años leyéndome sin necesidad de palabras—. ¿Merienda en el porche?
—Merienda en el porche —confirmé.
Audrey se sentó a la mesa con Fiore en el regazo, mordisqueando una galleta de almendra sin mucho entusiasmo, y empezó a hablarle en voz baja a la coneja sobre el conejo que la esperaba en su cuarto, inventando entre susurros una historia sobre cómo se iban a hacer amigas esa misma noche. Yo la observaba de reojo, con el vaso de limonada entre las manos sin llegar a bebérmela del todo, repasando cada palabra que había dicho junto a la fuente, cada lágrima que le había limpiado con el pulgar, cada «lo pensaré de verdad» que ahora pesaba sobre mí como una promesa que no sabía cómo iba a cumplir.
Rosa se acercó con la jarra para rellenar los vasos, aunque ninguno de los dos lo había pedido, y aprovechó el gesto para inclinarse hacia mí con disimulo.
—¿Me vas a contar qué pasó esta tarde, Dante, o vas a dejar que lo adivine yo sola? —preguntó en voz baja, lo justo para que Audrey, entretenida con su coneja, no alcanzara a oírla.
—No pasó nada grave, Rosa.
—Conozco esa cara. La tenías el día que me pediste que vaciara el armario de Anastasia, y no me vengas con que no pasó nada.
Me quedé un instante en silencio, con el vaso todavía entre los dedos, calculando cuánto decir y cuánto callar, como hacía siempre que algo tocaba demasiado cerca del hueso.
—Audrey vio a una niña con su madre, en una plaza —dije al fin, bajando la voz tanto como ella—. Y me preguntó por qué ella no tiene una.
Rosa cerró los ojos un segundo, y la jarra tembló apenas en su mano antes de que volviera a apoyarla sobre la mesa.
—Y le dijiste…
—Le dije la verdad, lo que podía decirle a sus cinco años. Que su mamá la quería muchísimo y que no podía volver. —Hice una pausa, buscando las palabras justas para lo que venía después—. Y después me pidió otra cosa.
—¿Qué cosa?
Miré hacia Audrey, que seguía absorta con Fiore, ajena por completo a que estábamos hablando de ella, y bajé todavía más la voz.
—Me pidió que pensara en Elodie como algo más que su profesora.
Rosa no dijo nada de inmediato. Se quedó mirándome con esa expresión suya que mezclaba a partes iguales la ternura y el regaño, la misma que me dedicaba desde que yo era un muchacho que volvía tarde a casa con los nudillos lastimados y ninguna explicación que darle.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que lo pensaría de verdad.
—¿Y lo vas a hacer?
No le contesté enseguida, porque la verdad era que ya lo estaba pensando desde hacía mucho más tiempo del que estaba dispuesto a admitir frente a nadie, ni siquiera frente a mí mismo en las noches en que el silencio de la casa se volvía demasiado grande.
—Dante. —Rosa apoyó una mano sobre la mía, breve, firme—. Esa niña lleva un año entero cargando un vacío que ningún juguete ni ninguna clase de ballet ha logrado llenar del todo. Si tú también lo sientes, no tiene nada de malo dejar que las cosas vayan despacio hacia donde quieran ir.