La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 20

Era extraño, pensé, que una llamada tan breve como esa me costara tanto cortar, cuando normalmente podía resolver media docena de asuntos de trabajo sin que me temblara ni un segundo la voz. Pero esa noche tenía la cabeza en otro sitio, repartida entre la promesa que le había hecho a mi hija y la imagen de unos ojos grises que llevaba días sin lograr apartar del todo.

Volví a la mesa justo quando Audrey terminaba de merendar, y Rosa recogía los platos con el disimulo de quien finge no haber escuchado ni una palabra de la llamada.

—¿Vamos a bañarnos, cucciola? Después hay cuento.

—¿El del oso otra vez?

—El que tú quieras.

Subimos juntos la escalera, con Fiore colgando del brazo de Audrey y el conejo esperándola ya sobre la cama, apoyado contra la almohada como si llevara toda la tarde guardándole el sitio. El baño pasó entre juegos con el agua fresca, entre risas que por fin volvían a sonar como las de siempre, y entre una presentación formal, muy seria por parte de Audrey, entre Fiore y el resto de los peluches de la estantería, a quienes les explicó, con una solemnidad que me costó no reírme, que la coneja nueva «iba a dormir en el medio, porque era la más nueva y tenía que aprender las reglas».

Le puse el pijama de algodón claro, le cepillé el pelo con la misma paciencia de siempre, y la acomodé bajo la sábana con Fiore a un lado y el conejo al otro, en ese pequeño trono improvisado que mi hija parecía construir cada noche sin ningún esfuerzo.

—¿Me lees el del oso al final, aunque sea un poquito? —pidió, acomodando la cabeza en la almohada.

—Un poquito, nada más. Es tarde.

Abrí el libro por donde lo habíamos dejado la última vez y empecé a leer en voz baja, marcando el ritmo despacio para que las palabras se le fueran pesando poco a poco en los párpados, tal como hacía siempre. Audrey escuchaba con los ojos entreabiertos, sujetando a Fiore contra el pecho, y justo cuando pensé que ya se había dormido, habló con una voz tan suave que casi se perdió entre las sábanas.

—Papi.

—Dime, cucciola.

—¿De verdad lo vas a pensar? Lo de Elodie.

—De verdad —respondí, cerrando el libro despacio—. Te lo prometí, y yo cumplo mis promesas.

—Elodie es buena —murmuró, ya con los ojos casi cerrados del todo—. Y a mí me gusta cómo huele. Como las flores que le regalamos.

—Lo sé.

—Si tú también la quieres un poquito, no pasa nada, papi. A mí me gustaría.

No supe qué responder a eso, y por suerte no hizo falta, porque para cuando terminé de buscar las palabras, su respiración ya se había vuelto profunda y pareja, con una mano todavía aferrada a la oreja de tela de la coneja nueva. Me quedé sentado en el borde de la cama un rato más del necesario, mirando la luz tenue de la lamparita en forma de luna proyectar sombras suaves sobre el techo, pensando en lo fácil que resultaba para una niña de cinco años decir en voz alta lo que a mí me llevaba semanas enteras sin atreverme ni siquiera a pensar con claridad.

Le besé la frente, apagué la luz principal del cuarto y dejé la puerta entreabierta, tal como a ella le gustaba, antes de bajar la escalera con pasos lentos.

Rosa ya se había retirado a su habitación, y la casa entera quedó en un silencio solo roto por el sonido distante de los grillos en el jardín y el murmullo bajo del aire acondicionado luchando contra el calor de julio. Caminé hasta mi despacho, me serví un whisky que tampoco esa noche llegué a terminarme del todo, y salí a la terraza, donde el aire todavía guardaba algo del calor del día, mezclado con el aroma dulce de los jazmines que trepaban junto a la baranda.

Me apoyé en el borde, con el vaso entre los dedos, y dejé que la mirada se perdiera sobre las luces lejanas de Roma, parpadeando contra el cielo oscuro como si la ciudad entera respirara al mismo ritmo que yo. Había sido una semana larga, de esas que dejaban el cuerpo cansado y la mente todavía más, entre Bellini, el contenedor, los Caruso y la sombra siempre latente de Alessandro Vitale, acechando desde algún rincón de Nápoles con la paciencia de quien sabe esperar el momento justo para volver a golpear.

Y sin embargo, en medio de todo eso, lo que más pesaba esa noche no era ninguna amenaza, ni ningún enemigo con nombre y apellido. Era una niña de cinco años pidiéndome, con la honestidad brutal que solo los niños se permiten, que dejara entrar en nuestras vidas a alguien que ni siquiera sabía si querría quedarse una vez que descubriera quién era yo de verdad.

Pensé en Anastasia, en la pulsera que todavía llevaba en la muñeca, en la promesa que me había hecho a mí mismo la noche que la perdí: que nadie volvería a acercarse lo suficiente como para convertirse en un blanco. Había cumplido esa promesa durante más de un año, encerrado en un silencio que solo Audrey lograba atravesar con sus risas y sus preguntas sin filtro. Pero esa misma promesa, pensada para protegernos, se había convertido también en una jaula, y mi hija, sin saberlo, acababa de señalarme la puerta.

Pensé en Elodie Leclerc. En la manera en que me había hecho quitarme los zapatos sin que le temblara la voz. En la calma con la que trataba a cada niña del salón, incluida la mía, sin distinguirlas por apellidos ni por el peso del dinero que sus familias pudieran tener. En los diez segundos exactos en que me había sostenido la mirada sin apartarla, como si mi reputación no fuera más que un rumor lejano que no le incumbía. En la forma en que había sostenido el ramo de peonías con una delicadeza que no encajaba con la frialdad que yo había esperado encontrar en cualquier mujer que se acercara a mi mundo.

No sabía nada de mí, más allá de un apellido y una fachada de empresario respetable. Y una parte fría y calculadora de mí mismo, la misma que llevaba años manteniéndome con vida en un negocio que no perdonaba errores, me decía que debía mantener la distancia mientras Vitale siguiera suelto, mientras el peligro de siempre siguiera respirando en algún rincón de esta ciudad. Acercarme a ella era exponerla a algo que no tenía por qué cargar, a un peso que ninguna mujer debería tener que sostener solo por haberse cruzado conmigo.




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