La boda que solo yo Imagine

Nos fuimos con casi nada

Si alguien me hubiera preguntado qué llevaba aquel día para un viaje tan largo, habría podido responder en menos de diez segundos.

Una muda de ropa.

El celular.

Algo de dinero.

Y unas ganas estúpidas de construir recuerdos contigo.

Nada más.

Ni maletas enormes.

Ni itinerarios.

Ni reservaciones.

Ni siquiera sabíamos con certeza dónde íbamos a dormir cuando llegáramos.

Éramos nosotros dos, una motocicleta recién reparada y esa confianza absurda que aparece cuando una cree que, teniendo a la persona correcta al lado, cualquier inconveniente termina convirtiéndose en anécdota.

Qué bonito pensaba entonces.

Qué caro terminaría saliéndome después.

Habíamos trabajado ese día.

Los dos estábamos cansados.

Lo sensato habría sido regresar a casa, bañarnos, cenar y dormir.

Pero nunca he tenido una relación especialmente cercana con las decisiones sensatas.

Y contigo menos.

Cuando salimos del trabajo todavía quedaba algo de luz. El cielo estaba gris, aunque ninguno de los dos pareció darle demasiada importancia.

La moto estaba esperándonos.

Tu moto.

La que acababan de reparar.

La mirabas con ese orgullo ridículo que tienen algunos hombres cuando una máquina vuelve del mecánico funcionando correctamente, como si ellos mismos hubieran reconstruido el motor con las manos.

"Ahora sí está perfecta", dijiste.

La miré.

"Eso dijiste la última vez."

"Esta vez sí."

"Qué tranquilidad. Nada podría salir mal después de una frase así."

Te reíste.

"¿Tienes miedo?"

"De la moto, no."

"¿Entonces?"

"De tu exceso de confianza."

"Confía en mí."

Ahí estaba.

La palabra.

La que años después aprendería a escuchar con más cuidado.

Confía.

Esa tarde lo hice sin preguntas.

Subí detrás de ti.

Te abracé por la cintura.

Y nos fuimos.

Así de simple.

A veces pienso que los momentos que terminan cambiándonos deberían tener algún aviso.

Una campana.

Una señal.

Un desconocido corriendo detrás para gritarte:

"No vayas. Ese recuerdo un día va a dolerte."

Pero no ocurre.

La vida tiene un pésimo servicio al cliente.

Solo te entrega la experiencia y después permite que descubras sola qué demonios hacer con ella.

Al principio el viaje fue perfecto.

No perfecto de fotografía.

Perfecto de verdad.

Con ruido.

Con cansancio.

Con bromas tontas.

Con el casco incómodo.

Con mis brazos alrededor de tu cuerpo mientras la carretera avanzaba debajo de nosotros.

Yo apoyaba por momentos la cabeza contra tu espalda.

No podíamos hablar demasiado por el ruido del viento, así que de vez en cuando girabas un poco el rostro para asegurarte de que seguía bien.

Levantabas una mano.

Pulgar arriba.

Yo respondía igual.

Era nuestro sistema sofisticado de comunicación.

Alta tecnología.

Dos adultos viajando kilómetros en una motocicleta comunicándose mediante un dedo.

Romántico.

Y funcionaba.

Cuando disminuías la velocidad, yo aprovechaba para acercarme a tu oído.

"¿Falta mucho?"

"Un poco."

Media hora después:

"¿Falta mucho?"

"Un poco."

Otra hora.

"¿Falta mucho?"

Te escuché reír debajo del casco.

"¿Quieres regresar?"

"No."

"Entonces deja de preguntar."

"Solo quiero saber cuánto tiempo más voy a perder la sensibilidad de las piernas."

"Romántica."

"Realista."

Apreté más los brazos alrededor de ti.

"Además, ya estamos demasiado lejos para arrepentirme."

Qué ironía.

Todavía hoy me pregunto en cuántos momentos de nuestra historia estuvimos demasiado lejos para regresar y confundimos eso con una razón para seguir.

Pero aquella tarde no pensaba en nada de eso.

Solo quería llegar.

Contigo.

La primera gota cayó sobre mi mano.

Después otra.

Miré hacia arriba.

El cielo se había oscurecido.

Golpeé suavemente tu hombro.

"Está lloviendo."

"Poquito."

Claro.

Poquito.

Cinco minutos después el cielo decidió demostrarte que no toleraba que minimizaras su trabajo.

Comenzó a llover con fuerza.

No llevábamos impermeables.

Ni ponchos.

Ni siquiera una funda decente para cubrir algunas cosas.

Planeación impecable.

Me abracé más a ti.

"¿Seguimos?"

Gritaste:

"¿Quieres parar?"

Miré alrededor.

Carretera.

Montaña.

Árboles.

Más carretera.

"¿DÓNDE?"

Te reíste.

Yo también.

Ahora me resulta extraño recordar aquella risa.

Porque estábamos empapados.

Cansados.

Lejos.

Y aun así yo estaba feliz.

Realmente feliz.

El agua se metía por todas partes.

Mi ropa empezó a pesar.

El cabello se me pegaba al rostro.

Sentía frío en las manos.

Y tú seguías conduciendo más despacio, tratando de protegernos de una carretera que se estaba volviendo brillante y peligrosa bajo la lluvia.

En un momento te grité:

"¡Si nos morimos, te voy a reclamar!"

Giraste apenas.

"¡Si nos morimos va a estar difícil!"

"¡BUSCARÉ LA MANERA!"

Te reíste otra vez.

Yo también.

Así éramos.

O así recuerdo que éramos.

Podíamos estar pasando frío en mitad de una carretera sin saber dónde dormiríamos esa noche y encontrar algo de qué burlarnos.

Quizá por eso lo que ocurrió después me costó tanto entenderlo.

Porque es más fácil aceptar una traición cuando todo antes era horrible.

Lo difícil es cuando hubo ternura.

Cuando hubo detalles.

Cuando hubo momentos que todavía defiendes incluso estando furiosa.

Porque entonces no puedes decir:

"Todo fue mentira."

No.




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