La boda que solo yo Imagine

La fecha que nunca propusiste

Hay una diferencia brutal entre esperar algo con ilusión y esperar algo porque ya no sabes qué más hacer.

Al principio yo esperaba nuestra boda sonriendo.

Después la esperé preguntando.

Más tarde la esperé en silencio.

Y finalmente llegó un momento en que dejé de esperar una fecha.

Empecé a esperar una señal.

Una sola.

Algo que naciera de ti.

No necesitaba que aparecieras con un salón reservado ni con una boda pagada.

No quería una producción perfecta.

Ni siquiera necesitaba que supieras exactamente qué hacer.

Habría bastado una frase.

"Estuve pensando y podríamos casarnos el próximo año."

"Vi este lugar y pensé en nosotros."

"Quiero que pongamos una fecha."

Algo.

Cualquier cosa que me permitiera sentir que aquel futuro no vivía únicamente dentro de mi cabeza.

Pero la fecha nunca salió de tu boca.

A veces alguien preguntaba.

"¿Y ustedes para cuándo?"

Al principio sonreía.

Después aprendí a responder sin mirarte.

"Estamos viendo."

Qué mentira tan elegante.

Estamos viendo.

¿Quiénes?

Porque yo veía.

Yo pensaba.

Yo calculaba.

Yo imaginaba.

Yo intentaba encontrar el momento adecuado para conversar.

Tú parecías vivir perfectamente sin necesitar mirar nada.

Pero decir:

"Yo estoy viendo y él todavía no mueve un dedo"

habría sido incómodo en medio de una reunión.

Así que decía:

"Estamos viendo."

Plural.

Siempre te incluía incluso en los esfuerzos que hacía sola.

Eso también es una forma de amor que después da rabia.

Proteger la imagen de la persona que te está decepcionando.

Una vez alguien preguntó delante de los dos:

"Pero si ya están comprometidos, ¿qué esperan?"

Sentí tu cuerpo tensarse.

Yo sonreí.

"Tiempo."

La persona insistió.

"Pero ¿ya tienen una fecha?"

Silencio.

Te miré.

Solo un segundo.

Quería darte la oportunidad.

Di algo.

Cualquier cosa.

Tú respondiste:

"Todavía no."

La conversación siguió.

Nadie murió.

Nadie notó nada extraño.

Pero dentro de mí algo cayó.

Porque yo habría podido responder exactamente lo mismo sin que estuvieras presente.

Tu participación en aquella respuesta era tan necesaria como un adorno.

Cuando estuvimos solos no dije nada.

Eso sí te llamó la atención.

"¿Estás molesta?"

"No."

"Sí estás."

"Estoy cansada."

"¿Por lo que preguntaron?"

Te miré.

"¿Te molestó?"

"No."

"Entonces."

Suspiré.

"No quiero hablar."

Te quedaste unos segundos observándome.

"Siempre haces eso."

La frase consiguió que levantara la cabeza.

"¿Qué cosa?"

"Te molestas y no dices nada."

Casi me reí.

Casi.

"¿En serio?"

"Sí."

Te miré durante algunos segundos.

"¿Quieres que diga lo que pienso?"

"Sí."

"Bien."

Respiré.

"Me parece fascinante que después de todo este tiempo ahora el problema sea que yo no hablo suficiente."

Frunciste el ceño.

"No dije eso."

"Yo he hablado hasta cansarme."

Mi voz empezó a subir.

"He preguntado."

"He explicado."

"He llorado."

"He intentado saber qué quieres."

"He esperado."

Me señalé.

"Y ahora que estoy agotada resulta que estoy mal porque me callo."

"No estás mal."

"Entonces no me pidas que vuelva a explicar lo mismo."

Intentaste suavizar la conversación.

"Solo quiero saber qué te pasa."

Ahí me dolió.

Porque una parte de mí quería gritar:

Lo sabes.

Pero tal vez no lo sabías.

No de verdad.

O quizá sabías los hechos, pero no la profundidad.

Así que esta vez te lo dije distinto.

"No me duele que todavía no tengamos una fecha."

Te quedaste escuchando.

"Me duele no haberte escuchado proponer una."

Silencio.

"Hay diferencia."

"Podemos ponerla."

Negué.

"No hagas eso."

"¿Qué?"

"Eso."

"Estoy diciendo que podemos."

"Porque yo acabo de reclamarlo."

Te miré directamente.

"Eso no es iniciativa."

Tu expresión cambió.

"Entonces haga lo que haga va a estar mal."

"No."

"Si propongo ahora, dices que fue porque reclamaste."

"Porque lo sería."

"Entonces ¿qué esperas?"

Ahí apareció otra vez.

La pregunta que ya conocía de memoria.

¿Qué esperas?

Esta vez no me enfadé.

Me dio tristeza.

"Que alguna vez no tengas que preguntármelo."

Te quedaste callado.

"Eso espero."

No sé si entendiste.

Tal vez sí.

Tal vez era difícil.

Porque para ti quizá estabas haciendo algo importante simplemente permaneciendo conmigo.

Y no quiero quitarle valor a eso.

Pero yo ya había aprendido que una persona puede permanecer por muchas razones.

Amor.

Costumbre.

Comodidad.

Miedo.

Historia.

Dependencia.

Cariño.

Rutina.

Permanecer no siempre responde la pregunta que una necesita.

Yo necesitaba saber si tú estabas eligiendo.

Activamente.

No solo quedándote.

Pasaron más meses.

Luego más tiempo.

La pregunta social seguía apareciendo.

"¿Cuándo?"

"¿Todavía nada?"

"¿Y el matrimonio?"

Cada vez dolía menos responder.

Eso podría parecer bueno.

No lo era.

Significaba que empezaba a acostumbrarme a no esperar.

La ilusión se desgasta.

No desaparece con una explosión.

Se erosiona.

Un día todavía imaginas el vestido.

Meses después ya no recuerdas qué estilo querías.

Al principio guardas ideas.

Después dejas de buscarlas.

Primero te emocionas cuando alguien habla de bodas.




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