La boda que solo yo Imagine

El día en que dejé de preguntarte

Hay un momento en que una mujer deja de preguntar no porque ya tenga respuestas.

Deja de preguntar porque se cansó de escuchar versiones.

Se cansó de explicar por qué algo duele.

Se cansó de traducir silencios.

Se cansó de pedir claridad como si fuera un favor.

Y, sobre todo, se cansó de sentir que cada conversación importante depende de que ella la empiece.

Yo llegué a ese punto contigo.

No de golpe.

No hubo una escena espectacular.

No lancé el anillo contra una pared.

No preparé una maleta.

No te dije:

"Se acabó."

Nada de eso.

Fue mucho más silencioso.

Y quizá por eso fue más peligroso.

Simplemente empecé a callarme.

Al principio tú no lo notaste.

Eso también dolió.

Yo llevaba semanas peleando conmigo misma para no mencionar la boda.

No porque hubiera dejado de importarme.

Precisamente porque me importaba demasiado.

Quería saber si el silencio te molestaba.

Si notarías la ausencia.

Si algún día ibas a preguntarme:

"¿Por qué ya no hablas de casarnos?"

No lo hiciste.

La vida siguió.

Tú seguías llegando.

Yo seguía estando.

Había comidas.

Rutina.

Planes pequeños.

Conversaciones normales.

Risas.

Enojos.

Reconciliaciones.

Como cualquier pareja.

Desde afuera, nada parecía roto.

Eso es lo curioso.

Hay relaciones que se fracturan sin hacer ruido.

No se cae el techo.

No explotan las ventanas.

Solo aparece una pequeña grieta que nadie quiere mirar demasiado tiempo.

Y un día descubres que has aprendido a vivir alrededor de ella.

Una tarde te observé haciendo cualquier cosa cotidiana.

No recuerdo exactamente qué.

Quizá estabas con el celular.

Quizá viendo televisión.

Quizá comiendo.

Pero recuerdo perfectamente lo que pensé.

¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

No era justo.

Yo tenía una boda completa viviendo dentro de mi cabeza.

Una boda que ya ni siquiera quería imaginar demasiado porque cada vez que lo hacía terminaba sintiéndome ridícula.

Mientras tanto tú parecías estar en paz.

No necesariamente feliz.

No indiferente.

Simplemente tranquilo.

Y la tranquilidad ajena puede ser ofensiva cuando una está librando una guerra interna que se supone que pertenece a los dos.

"¿Qué me miras?"

Tu voz me sacó del pensamiento.

"Nada."

Mentí.

"Estás seria."

"Estoy bien."

"Seguro."

"Sí."

Te quedaste mirándome un momento.

Después continuaste con lo tuyo.

Y yo pensé:

Qué fácil.

Qué fácil era aceptar un "estoy bien" cuando beneficiaba a ambos fingir que lo estaba.

Durante mucho tiempo creí que hablar era siempre lo correcto.

Hablar.

Explicar.

Intentar.

Decir:

"Esto me duele."

"Esto me molesta."

"Necesito esto."

"Me gustaría aquello."

Pero existe un cansancio particular que aparece cuando una siente que ya ha explicado demasiado.

Llega un punto en que repetir una necesidad empieza a sentirse como rogarla.

Y yo no quería rogarte que quisieras casarte conmigo.

Qué frase tan triste.

Rogarle a tu propio prometido que parezca interesado en la boda.

No.

Yo podía rogar por muchas cosas.

Que no llegáramos tarde.

Que revisaras la gasolina.

Que no dejaras algo olvidado.

Pero no iba a suplicar entusiasmo.

Eso tenía que nacer.

O no.

Hubo días en que pensé seriamente en quitar importancia a todo.

Quizá estaba exagerando.

Quizá el matrimonio era solo un papel.

Quizá lo importante era estar juntos.

Quizá yo estaba permitiendo que una expectativa cultural dañara algo que funcionaba.

Me decía esas cosas.

Y algunas incluso tenían sentido.

Hasta que recordaba algo muy sencillo.

Yo no quería casarme porque la sociedad me lo hubiera ordenado.

Quería casarme porque era algo que yo había elegido contigo.

Había puesto un anillo en tu mano.

Había hecho una pregunta clara.

Y tú habías aceptado.

Entonces no era una fantasía unilateral.

No debía serlo.

Ese era el problema.

No era que yo quisiera matrimonio y tú jamás hubieras dicho que sí.

Eso habría sido doloroso, pero claro.

Era peor.

Tú habías dicho que sí.

Y después vivías como si aquella respuesta no tuviera urgencia, peso ni consecuencia.

A veces pensaba en devolverte el anillo.

Qué contradicción.

El anillo era tuyo.

Lo había comprado para ti.

Pero emocionalmente seguía sintiéndolo mío.

Mi decisión.

Mi valentía.

Mi momento.

Una parte de mí quería recuperarlo.

No para venderlo.

No para castigarte.

Sino porque me dolía verlo convertido en un símbolo inmóvil.

Una promesa estacionada.

"¿Todavía lo usas porque quieres casarte conmigo?"

Te pregunté un día.

Me miraste con cansancio.

"Ya hablamos de esto."

"Te estoy preguntando otra cosa."

"Sí."

"¿Sí qué?"

"Sí quiero."

Suspiré.

"Siempre quieres."

"Porque es verdad."

"Entonces haz algo."

Ahí apareció el silencio.

Yo asentí lentamente.

"Eso pensé."

Te molestaste.

"¿Qué quieres que haga exactamente?"

La pregunta volvió.

La misma.

Como una piedra que siempre reaparecía en medio del camino.

"¿De verdad quieres que te diga?"

"Sí."

"No."

Frunciste el ceño.

"Entonces no entiendo."

"Eso es justamente lo que me está destruyendo."

"¿Qué?"

"Que no entiendas."

Respiré hondo.

"No quiero darte una lista."

"Pero si tienes algo en mente..."

"Claro que tengo algo en mente."




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