Hay algo bastante humillante en descubrir que el amor puede sobrevivir a una carretera mojada, al frío, al cansancio y a una motocicleta sin gasolina...
pero tambalearse años después frente a una conversación de cinco minutos.
Aquella noche todavía no lo sabía.
Para mí, nuestro problema más grave era bastante sencillo:
La moto no encendía.
Y estábamos en medio de ninguna parte.
Te quedaste mirando el tablero unos segundos, probablemente esperando que la gasolina apareciera por arrepentimiento.
No apareció.
"Prueba otra vez", dije.
Me miraste.
"¿Crees que si la enciendo con suficiente entusiasmo aparece combustible?"
"Podría funcionar."
"No funciona así."
"Entonces ¿para qué preguntas mi opinión?"
"No te pregunté."
"Exactamente. Ese es otro problema tuyo."
Sonreíste.
Yo también.
Qué fácil era discutir entonces.
Nuestras peleas duraban segundos porque todavía no había heridas importantes detrás de las palabras.
Todavía podíamos llamarnos idiotas sin que la palabra llevara recuerdos escondidos.
Intentaste encenderla una vez más.
Nada.
La noche parecía más oscura cuando el motor dejó de sonar.
Hasta ese momento la motocicleta había sido ruido, movimiento, vibración.
De repente solo quedábamos nosotros.
La carretera.
El viento húmedo.
Y la maravillosa conclusión de que dos adultos habían salido a un viaje largo sin revisar correctamente el combustible.
"¿Cuánto falta para una gasolinera?"
Sacaste el celular.
Miraste.
Volviste a mirar.
"Bueno."
No me gustó ese "bueno".
"Cuánto."
"Hay una..."
Pausa.
"¿Una qué?"
"Posiblemente."
Te miré.
"¿Posiblemente qué?"
"Una gasolinera."
"¿Y por qué lo dices como si fuera una criatura mitológica?"
"Porque está lejos."
Cerré los ojos.
"Cuánto."
"No tanto."
"Ya utilizaste 'un poco' durante cuatro horas."
Te reíste.
"Como veinte minutos."
"En moto."
"Sí."
Miré la moto apagada.
Después a ti.
"Excelente."
"Podemos caminar."
"Claro."
Señalé la carretera.
"Y si quieres también podemos cargar la moto entre los dos para completar la experiencia."
"Te estás poniendo dramática."
"Estoy mojada, cansada, tengo frío y tú acabas de decirme que la gasolinera está a veinte minutos en una moto que actualmente tiene la misma movilidad que una piedra."
Sonreí.
"Creo que me he ganado un poco de drama."
Te acercaste.
Me tomaste por los hombros.
El abrigo que me habías comprado todavía estaba húmedo por fuera, pero guardaba calor.
"Vamos a resolverlo."
Eso dijiste.
Vamos a resolverlo.
Una frase sencilla.
Pero en aquel momento me tranquilizó.
Porque eso era lo que yo pensaba de nosotros.
Que podíamos resolver.
Que las cosas podían salir mal y nosotros encontraríamos la forma.
Qué diferente suena una frase cuando todavía no sabes que llegará un día en el que el problema no será una motocicleta.
Seremos nosotros.
Y entonces no bastará con caminar hasta encontrar gasolina.
Empujamos.
Primero tú.
Después yo intenté ayudarte.
Duré aproximadamente cuatro minutos.
"Esto pesa demasiado."
"Te dije que no hacía falta."
"Quiero ayudar."
"Entonces lleva el casco."
Lo miré.
"Qué contribución tan importante."
"Fundamental."
"Sin mí no sobrevivirías."
"Definitivamente."
Caminábamos lentamente.
Yo con los cascos.
Tú empujando.
La lluvia se había convertido en una llovizna ligera.
El sonido de nuestros pasos se mezclaba con pequeñas corrientes de agua a los lados de la carretera.
A veces un vehículo pasaba.
Yo levantaba la mano.
Nadie se detenía.
"Qué solidaria la humanidad."
"Tal vez parecemos peligrosos."
Te miré.
"¿Nosotros?"
"Principalmente tú."
"Con este abrigo parezco una amenaza internacional."
"Es posible."
Te reíste.
Yo también.
Y así avanzamos.
Cansados.
Ridículos.
Juntos.
Hasta que vimos una pequeña casa con luces encendidas.
No era gasolinera.
No parecía negocio.
Era simplemente una construcción al lado de la carretera con un par de vehículos estacionados afuera.
Te detuviste.
"Voy a preguntar."
"¿Preguntar qué?"
"Si tienen gasolina."
"¿En una casa?"
"¿Tienes una opción mejor?"
Miré alrededor.
"Excelente argumento."
Te acercaste.
Yo me quedé junto a la moto.
Después de unos minutos regresaste.
Sonriendo.
Eso podía significar dos cosas.
Habías encontrado gasolina.
O acababas de descubrir una nueva forma de empeorar la situación.
"Qué."
"Tienen."
Parpadeé.
"Gasolina."
"Sí."
"Ahí."
"Sí."
Miré la casa.
"No quiero saber por qué."
"Yo tampoco."
Te acompañé.
Un hombre salió con un recipiente.
No era una estación.
No había surtidores.
No había letreros.
Solo gasolina vendida de una manera que probablemente habría hecho llorar a cualquier inspector de seguridad.
Me incliné hacia ti.
"Si explotamos, quiero que quede claro que fue idea tuya."
"No vamos a explotar."
"También dijiste que la moto estaba perfecta."
"Vas a utilizar eso todo el viaje."
"Probablemente toda la vida."
No sabía que tendría cosas mucho peores para recordarte.
Pagaste.
Pusieron suficiente combustible para continuar.
Cuando la moto encendió otra vez, casi celebramos.
Literalmente.
"¡Te dije!"
Te miré.
"¿Qué me dijiste?"
"Que lo resolveríamos."
"Encontramos gasolina clandestina en una casa."
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romance dramatico, basado en hechos reales, traición amorosa
Editado: 25.09.2026