La boda que solo yo Imagine

La mentira que escondía un anillo

Hay mentiras que destruyen una relación.

Y hay otras que se dicen con las manos temblando porque una está intentando comprarle un futuro a la persona que ama.

La mía empezó en Chordeleg.

No llevaba otro nombre escondido en el celular.

No ocultaba una conversación.

No protegía un encuentro.

Ocultaba un anillo.

Para ti.

Todavía me provoca una especie de rabia absurda recordarlo.

Porque mientras yo buscaba la manera de apartarte unos minutos para elegir algo que significaba quiero pasar mi vida contigo, jamás imaginé que poco después iba a descubrir que tú todavía eras capaz de mirar hacia atrás.

Pero ese día no sabía nada.

Ese día estaba enamorada.

Y una mujer enamorada puede ser peligrosamente optimista.

Llegamos con el ramo todavía acompañándonos.

Las flores habían sobrevivido mejor que nosotros a la carretera.

Un poco golpeadas.

Alguna hoja doblada.

Pero todavía hermosas.

Azules.

Era imposible no mirarlas.

Cuando estacionaste la moto, te bajaste con cuidado.

Yo también.

Miré alrededor.

Joyerías.

Escaparates.

Anillos.

Cadenas.

Pulseras.

Aretes.

Todo brillaba.

Y mis nervios comenzaron inmediatamente.

Hasta ese momento la idea de pedirte matrimonio había vivido cómodamente dentro de mi cabeza.

Ahí era fácil.

Dentro de la imaginación todo sale perfecto.

Una elige las palabras correctas.

La otra persona sonríe.

Dice que sí.

La música aparece misteriosamente en el momento exacto.

Nadie tropieza.

Nadie se pone nervioso.

Nadie piensa:

¿Qué demonios estoy haciendo?

Pero ahora estaba ahí.

En un lugar lleno de joyerías.

Contigo caminando a mi lado.

Y la posibilidad ya no era una fantasía.

Podía entrar.

Podía comprarlo.

Podía hacerlo de verdad.

"¿Qué quieres ver primero?", preguntaste.

Miré hacia una tienda.

Después hacia ti.

"Podemos caminar."

"Vinimos hasta acá para caminar."

"También para conocer."

"Ajá."

Entrecerraste los ojos.

"Estás rara."

Ahí comenzaron los problemas.

Yo nunca he sido especialmente buena ocultándote cuando estaba planeando algo.

"¿Rara cómo?"

"Estás mirando demasiado."

"Hay joyas."

"Ya."

"Se supone que uno mira."

"Pero tú estás..."

Moviste la mano intentando describirme.

"Como calculando."

Me reí.

"Qué exagerado."

"Te conozco."

Eso dijiste.

Te conozco.

Casi me delaté con la cara.

"Bueno, pues tu conocimiento está fallando."

"Seguro."

Seguí caminando.

Por dentro estaba negociando conmigo misma.

Hazlo.

No lo hagas.

Hazlo.

Espera.

Compra el anillo.

¿Y si no le gusta?

¿Y si no sabes la talla?

¿Y si dice que no?

Esa última pregunta me detuvo.

Por primera vez la posibilidad apareció claramente.

¿Y si dice que no?

Te miré.

Ibas observando una vitrina.

Tranquilo.

Sin sospechar que a pocos pasos de ti yo estaba considerando poner nuestra relación completa dentro de una pregunta.

Me dio miedo.

Mucho.

No porque pensara que no me querías.

Al contrario.

Precisamente porque creía que me querías.

Porque cuando una cree conocer la respuesta, arriesgarse a escuchar otra resulta todavía más aterrador.

Entramos en algunas tiendas juntos.

Eso fue un error.

Porque cada vez que yo veía anillos para hombre tenía que fingir que estaba interesada en absolutamente cualquier otra cosa.

"Este está bonito", dijiste señalando algo.

Me acerqué rápidamente.

"Sí."

"Ni viste."

"Sí vi."

"Qué era."

Silencio.

Me miraste.

Yo miré la vitrina.

"Una... cadena."

Era una pulsera.

Te empezaste a reír.

"Estás en otro planeta."

"Estoy cansada."

"Dormiste."

"Viajar cansa."

"Excusas."

Tenías razón.

Estaba nerviosa.

Muy nerviosa.

Mis ojos regresaban constantemente hacia los anillos.

Había de muchos tipos.

Algunos demasiado llamativos.

Otros demasiado simples.

Yo no sabía exactamente qué buscaba.

Solo sabía que cuando lo viera quería pensar:

ese es para él.

Y entonces se me ocurrió que primero tenía que sacarte de ahí.

El pequeño inconveniente era encontrar una excusa convincente.

Salimos de una tienda.

Caminamos unos metros.

Yo miraba alrededor buscando cualquier cosa que pudiera utilizar.

Una cafetería.

Un local.

Un baño.

Una tienda.

Algo.

"Espérame aquí", dije de repente.

Me miraste.

"¿Por qué?"

Excelente.

Ni siquiera tenía preparada la mentira.

"Porque..."

Pensé rápido.

"Quiero comprar algo."

"Voy contigo."

"No."

Demasiado rápido.

Tu expresión cambió.

"¿No?"

"Es algo mío."

"¿Qué cosa?"

"Una cosa."

"Qué específica."

"Personal."

Levantaste una ceja.

"¿Personal?"

"Sí."

"Estamos rodeados de joyerías."

"Y."

"Y dices que quieres comprar algo personal."

Me crucé de brazos.

"¿Quieres una descripción técnica?"

Sonreíste.

"Ahora sí quiero saber."

Maldito.

Tu curiosidad siempre aparecía exactamente cuando menos la necesitaba.

"Necesito que vayas..."

Miré hacia el otro lado.

Había varios locales.

"...allá."

"¿Allá dónde?"

"Allá."

"Excelente ubicación."

"Camina."

Te empezaste a reír.

"¿Me estás echando?"

"Cinco minutos."

"Qué vas a hacer."

"Algo."

"Qué."

"Si te digo deja de ser algo privado."




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