La boda que solo yo Imagine

El ramo azul

A la mañana siguiente desperté convencida de que el viaje ya nos había dado suficiente material para reírnos durante años.

La lluvia.

La gasolina.

La habitación absurdamente cara.

Tu insistencia en que la moto estaba "perfecta".

Yo todavía no sabía que el recuerdo más importante del viaje ni siquiera había ocurrido.

Tampoco sabía que algún día recordaría aquel paseo preguntándome en qué momento exactamente dos personas pueden estar viviendo la misma historia y, aun así, entenderla de maneras tan diferentes.

Tú seguías dormido cuando terminé de arreglarme.

Te miré desde el otro lado de la habitación.

"¿Vas a levantarte?"

Nada.

"Tenemos todo el día."

Murmuraste algo contra la almohada.

No entendí.

"¿Qué?"

"Cinco minutos."

Me reí.

"Anoche fueron quince."

"Hoy son cinco."

"Tu administración del tiempo es fascinante."

Abriste un ojo.

"Estoy de vacaciones."

"Nos fuimos después del trabajo. Ni siquiera sé si esto cuenta como vacaciones."

"Cualquier lugar donde no esté trabajando cuenta."

"Qué filosofía tan ambiciosa."

Cerraste otra vez los ojos.

Caminé hasta la cama y tiré de la sábana.

"Levántate."

"No."

"Vamos a desayunar."

"No tengo hambre."

"Mentira."

"Un poco."

"Entonces."

Abriste los ojos.

"¿Siempre eres así?"

"¿Así cómo?"

"Mandona."

Sonreí.

"Y aun así llevas años conmigo."

"Ya me acostumbré."

"Qué declaración de amor tan emocionante."

Te sentaste finalmente.

El cabello completamente desordenado.

La cara de sueño.

Y aquella expresión que todavía hoy puedo recordar sin esfuerzo.

No estabas preparado para fotografías.

No estabas intentando impresionar a nadie.

Eras simplemente tú.

Y yo te quería así.

Quizás ese fue uno de los problemas.

No estaba enamorada de una versión perfecta de ti.

Conocía tus defectos.

Tus silencios.

Tu terquedad.

Tus maneras de esquivar algunas conversaciones.

Y aun así te elegía.

Por eso después me costó aceptar que querer a alguien con sus defectos no significa aceptar que esos defectos te destruyan.

Son cosas diferentes.

A veces tardamos demasiado en aprenderlo.

Salimos a desayunar.

El pueblo parecía otro bajo la luz del día.

La lluvia había dejado las calles limpias.

Las montañas todavía estaban cubiertas por una neblina ligera y el aire era frío, pero ya no ese frío miserable de la carretera.

Era agradable.

De esos que hacen que una taza caliente parezca mejor de lo que realmente es.

Encontramos un lugar pequeño.

Nada elegante.

Nos sentamos afuera.

Tú pediste demasiado.

Como siempre.

Miré la mesa cuando comenzaron a llegar los platos.

"¿Piensas alimentar a alguien más?"

"Tengo hambre."

"Veo."

"Conduje muchas horas."

"Yo iba atrás."

"Exacto."

Te miré.

"¿Exacto qué?"

"Tú estabas sentada."

Abrí la boca.

Ah.

Perfecto.

"¿Sentada?"

Supiste inmediatamente que habías elegido mal.

"No quise decir..."

"Continúa."

"No."

"Por favor."

Sonreí.

"Explícame cómo viajar durante horas bajo lluvia, con frío y agarrada a ti para no salir volando fue simplemente estar sentada."

Te reíste.

"Retiro lo dicho."

"Demasiado tarde."

"Compartimos el cansancio."

"Mejor."

"Mitad y mitad."

"Muchísimo mejor."

Tomaste una bebida.

"Qué peligrosa."

"Educativa."

"Agresiva."

"Pedagógica."

Te reíste.

Y yo también.

Ese tipo de discusiones me gustaban.

Picardía.

Sarcasmo.

Nada realmente roto detrás.

Todavía.

Después vendrían conversaciones donde una frase ya no sería una broma.

Una frase sería un arma.

Pero aquella mañana no.

Aquella mañana todavía podía mirarte y creer que nuestro mayor problema era que eras insoportable antes del desayuno.

Después empezamos a caminar.

No teníamos un itinerario.

Eso me gustaba.

Íbamos entrando donde nos llamaba la atención.

Probábamos cosas.

Mirábamos puestos.

Sacábamos fotografías.

Tú ibas unos pasos adelante a veces.

Yo me detenía por cualquier cosa.

"Ven."

"Qué."

"Mira esto."

"Es una taza."

"Pero mira el diseño."

"Sí."

"Qué."

"Es una taza con diseño."

Te miré.

"Qué sensibilidad."

"Estoy describiendo con precisión."

"Algún día voy a llevarte a un museo y vas a decir 'son cuadros'."

"Probablemente."

"Inculto."

"Y aun así me quieres."

Ahí.

Siempre esa seguridad.

Y aun así me quieres.

Sí.

Te quería.

Muchísimo.

Y quizá ambos empezamos a acostumbrarnos demasiado a esa certeza.

Yo a quererte.

Tú a saber que yo estaba ahí.

Hay cosas que cuando parecen permanentes dejan de cuidarse con la misma urgencia.

No digo que eso fuera exactamente lo que pasaba contigo.

Pero durante mucho tiempo me pregunté si alguna vez sentiste miedo de perderme.

Porque yo sí.

Yo sí pensaba en lo que podía rompernos.

Yo sí imaginaba el futuro.

Yo sí pensaba en pasos siguientes.

Yo sí terminaría comprando el anillo.

Y esa diferencia, pequeña al principio, terminaría creciendo hasta ocupar una habitación entera entre los dos.

Llegamos a una zona donde prácticamente todo eran flores.

Nunca había visto tantas juntas.

Puestos pequeños.

Locales grandes.

Ramos preparados.

Flores sueltas.

Colores por todas partes.

Rosas rojas.

Blancas.

Amarillas.

Girasoles.

Claveles.

Orquídeas.

Y entre todo aquello vi unas flores azules.




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