La boda que solo yo Imagine

El hombre que mató una ilusión sin siquiera ensuciarse las manos

Lo más cruel no fue que dijeras que no querías casarte conmigo.

Porque nunca lo dijiste.

Habría sido demasiado claro.

Demasiado valiente.

Demasiado sencillo.

No.

Tú elegiste algo mucho más cómodo.

Dijiste que sí.

Aceptaste el anillo.

Aceptaste que te llamara mi prometido.

Aceptaste mi ilusión.

Aceptaste mi espera.

Aceptaste todos los beneficios emocionales de ser el hombre con quien yo quería construir una vida...

y después dejaste que el tiempo hiciera el trabajo sucio por ti.

Qué práctico.

No tuviste que romper ningún sueño.

Solo tuviste que quedarte quieto hasta que se muriera solo.

Durante mucho tiempo me pregunté si eras consciente.

Si algún día me miraste y pensaste:

Ella todavía está esperando.

No sé.

Quizá no.

Tal vez estabas demasiado cómodo.

Yo seguía ahí.

Seguía queriéndote.

Seguíamos siendo pareja.

Dormíamos juntos.

Compartíamos días.

Teníamos nuestra rutina.

¿Por qué habrías de sentir urgencia?

La mujer que te había pedido matrimonio continuaba a tu lado.

No parecía irse.

Entonces el futuro podía esperar.

Mañana.

Después.

Más adelante.

Algún día.

Tu calendario favorito siempre tuvo una fecha preciosa:

nunca, pero sin decir nunca.

Y eso fue lo que más rabia terminó dándome.

No tu falta de romanticismo.

No que no supieras organizar una boda.

No que fueras distinto a mí.

No.

Fue la comodidad con la que dejaste que yo sostuviera una promesa que tú también habías aceptado.

Porque resulta curioso.

Cuando alguien te entrega un anillo, uno pensaría que recibirlo implica cierta responsabilidad emocional.

Nada extravagante.

Solo recordar de vez en cuando qué demonios significa.

Pero contigo parecía que el anillo tenía una función decorativa.

Bonito.

Sentimental.

Práctico incluso.

Un pequeño círculo capaz de decir:

Sí, estoy comprometido.

Sin la molestia de convertir aquel compromiso en una decisión concreta.

Excelente negocio.

Yo te había pedido matrimonio de rodillas.

Tú ni siquiera tenías que arrodillarte.

Solo tenías que levantarte.

Ese fue el problema.

A veces pienso en aquella tarde de la propuesta y siento ternura por mí.

Yo buscando una canción.

Yo comprobando que no vieras la caja.

Yo temblando.

Yo preguntándome si dirías que sí.

Qué ingenua.

Me preocupaba que me rechazaras en ese momento.

No sabía que existen rechazos mucho más lentos.

Rechazos que tardan años.

No dicen:

"No quiero casarme contigo."

Dicen:

"Más adelante."

"No es el momento."

"Tenemos tiempo."

"¿Por qué tanta prisa?"

"Ya veremos."

Y mientras una sigue esperando, la ilusión va perdiendo sangre.

Pero como no muere de inmediato, nadie llama ambulancia.

A veces pienso que habría preferido un no.

Me habría destrozado.

Sí.

Habría llorado.

Me habría sentido humillada.

Tal vez habríamos terminado.

Pero al menos habría sabido dónde estaba parada.

Un no tiene algo que un "algún día" no tiene:

dignidad.

El "no" te obliga a reaccionar.

El "algún día" te mantiene disponible.

Esperando.

Justificando.

Interpretando.

Dando oportunidades a una promesa que nunca termina de nacer.

Lo más irónico es que yo no necesitaba una boda perfecta.

Nunca la necesité.

Podíamos habernos casado con poco.

Podía ser pequeño.

Podía ser sencillo.

Podía ser civil.

Podíamos haber comido después donde fuera.

No necesitaba un vestido que costara una fortuna.

Ni cien invitados.

Ni flores importadas.

Ni una fiesta diseñada para demostrarle nada a nadie.

Yo necesitaba algo muchísimo más caro.

Tus ganas.

Y eso fue exactamente lo que nunca supe cuánto costaba conseguir.

Hubo un momento en que dejé de buscar excusas para ti.

Eso fue peligroso.

Porque durante años había sido excelente haciéndolo.

"Él es diferente."

"Él no demuestra amor así."

"No le gustan esas cosas."

"Está preocupado por otras responsabilidades."

"No tenemos que apresurarnos."

"No todo el mundo sueña con casarse de la misma manera."

Todas podían ser ciertas.

Pero juntas habían formado una manta enorme con la que yo tapaba una pregunta bastante sencilla:

Si de verdad quieres hacerlo, ¿por qué nunca haces nada?

No necesitaba psicología.

Ni astrología.

Ni señales del universo.

Solo acciones.

Y no estaban.

La respuesta más hiriente no fue algo que me dijiste.

Fue observar.

Eso fue todo.

Observar.

Cuando dejé de pedir, no pasó nada.

Cuando dejé de recordar, no pasó nada.

Cuando dejé de hablar de fechas, no pasó nada.

Cuando dejé de mencionar lugares, no pasó nada.

Cuando dejé de sostener la boda...

la boda desapareció.

Y ahí tuve que enfrentar una verdad horrible:

Tal vez aquello llevaba años en pie porque yo estaba debajo sosteniéndolo con ambas manos.

Tú solo estabas mirando.

Y qué cansancio produce ser la mujer fuerte.

La que resuelve.

La que propone.

La que toma iniciativa.

La que perdona.

La que habla.

La que insiste.

La que vuelve a intentar.

Porque desde afuera parece admirable.

"Qué mujer tan decidida."

Sí.

Precioso.

Hasta que un día te preguntas por qué demonios tienes que ser decidida por dos.

No quería que fueras perfecto.

Eso habría sido ridículo.

Yo tampoco lo era.

Quería que una vez fueras incómodo por mí.




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