La boda que solo yo Imagine

Entonces, ¿para qué me dijiste que sí?

Hay preguntas que una hace esperando una respuesta.

Y hay otras que una hace porque necesita escuchar cómo suena la mentira cuando la otra persona intenta defenderla.

La mía era sencilla.

Demasiado sencilla.

¿Para qué me dijiste que sí?

No necesitaba un discurso.

No necesitaba filosofía.

No necesitaba una explicación de veinte minutos sobre tus emociones, tu confusión, nuestra discusión o tu pasado.

Solo quería saber una cosa.

Si todavía eras capaz de correr hacia ella cuando algo entre nosotros salía mal...

¿para qué aceptaste casarte conmigo?

Te quedaste callado.

Otra vez.

Comencé a odiar tus silencios.

Antes los entendía como parte de tu personalidad.

Necesitas tiempo para pensar.

No te gusta discutir.

Prefieres calmarte.

Eso me decía.

Aquella noche empezaron a parecerme otra cosa.

Tiempo para fabricar respuestas.

Tiempo para decidir cuánto contar.

Tiempo para envolver una verdad desagradable en palabras menos ofensivas.

"Respóndeme."

"Ya te dije que quiero estar contigo."

"Eso no responde."

"Sí responde."

Negué.

"No."

Sentía la garganta cerrada.

"Decirme que quieres estar conmigo ahora no me explica por qué hace unos días aceptaste un anillo y después fuiste a buscarla."

"Estábamos peleados."

Solté una risa seca.

"Ah, perfecto."

Te miré.

"Entonces el matrimonio funciona así."

"Yo no dije eso."

"Déjame aprender."

Comencé a contar con los dedos.

"Nos casamos. Discutimos. Tú buscas a tu ex."

"No."

"¿No?"

"No fue así."

"Entonces explícame qué parte estoy entendiendo mal."

Silencio.

"Porque hasta donde sé, no te obligaron."

No contestaste.

"Nadie te secuestró."

Nada.

"Nadie escribió desde tu teléfono."

Nada.

"Nadie te llevó de la mano."

Mi voz empezó a quebrarse.

"Fuiste tú."

Y ahí estaba la verdad más dolorosa.

No era un accidente.

No era un error administrativo.

No era una confusión.

Habías tomado decisiones.

Una detrás de otra.

Pensarla.

Buscarla.

Ir.

Hablar.

Pedirle que regresara.

Hay personas que dicen:

"Fue un impulso."

Como si los impulsos manejaran vehículos, marcaran números, escribieran mensajes y construyeran conversaciones completas.

Qué eficientes son algunos impulsos.

Casi profesionales.

"Me equivoqué", dijiste.

Te miré.

Finalmente.

Una frase que al menos tenía sentido.

"Sí."

Asentí.

"Eso sí."

Respiraste.

"Me equivoqué."

"Muchísimo."

"Lo sé."

"No."

Negué.

"No creo que lo sepas."

"Claro que lo sé."

"¿Sabes qué compré para ti?"

Miraste tu mano.

No necesitabas responder.

"¿Sabes cuánto pensé antes de hacerlo?"

"Sí."

"¿Sabes el miedo que tenía cuando me puse de rodillas?"

"Sí."

"Entonces no me digas tan fácil que sabes."

Me acerqué un poco.

"Porque si realmente entendieras lo que ese anillo significaba para mí, probablemente comprenderías por qué no puedo escuchar 'me equivoqué' y sentir que ya explicaste todo."

Te quitaste el anillo.

Durante un segundo pensé que ibas a entregármelo.

Se me heló el cuerpo.

Pero no.

Lo sostuviste.

Lo miraste.

"Yo sí quería esto."

Señalaste el anillo.

"Entonces actúas de una manera bastante creativa cuando quieres algo."

Me miraste.

"¿Puedes dejar el sarcasmo?"

"No."

Lo dije sin dudar.

"Es lo único que está evitando que te diga cosas peores."

Te quedaste callado.

"Yo sí quería casarme contigo."

Ahí apareció otra vez.

La frase.

La misma que años después seguiría teniendo una respuesta demasiado sencilla.

"Querías."

"Quiero."

"Qué bien."

Me limpié una lágrima.

"¿Y cuándo exactamente pensabas comportarte como un hombre que quiere casarse conmigo?"

"No digas eso."

"¿Por qué?"

"Porque estás minimizando lo que siento."

Me quedé inmóvil.

Después me reí.

No podía creerlo.

"¿Yo estoy minimizando lo que tú sientes?"

"Eso no quise decir."

"Menos mal."

Sentí la rabia volverme caliente el pecho.

"Porque sería bastante impresionante que después de ir a buscar a tu ex el problema terminara siendo que yo no estoy respetando tus sentimientos."

"No estoy diciendo eso."

"Perfecto."

"Solo digo que yo también estoy mal."

"Claro."

Asentí.

"Debe haber sido durísimo pedirle a dos mujeres diferentes una posibilidad de futuro en la misma semana."

Tu cara cambió.

"Eso es injusto."

"¿Injusto?"

Lo repetí despacio.

"Qué palabra tan interesante."

Hubo una pausa larga.

Yo podía escuchar mi propia respiración.

Quería llorar.

Quería gritar.

Quería abrazarte.

Quería no volver a verte.

Todo al mismo tiempo.

Eso es lo terrible cuando la decepción llega antes de que se vaya el amor.

Una parte de ti todavía recuerda al hombre que te compró un abrigo porque estabas congelándote.

Otra parte acaba de descubrir que ese mismo hombre fue capaz de ir a pedirle otra oportunidad a su ex.

Y ninguna de las dos versiones desaparece.

Coexisten.

Te parten.

"¿Todavía la amas?"

Finalmente lo pregunté.

Tus ojos cambiaron.

"¿Qué?"

"Escuchaste."

"No."

"¿No qué?"

"No la amo."

"Entonces explícame qué clase de hobby es ir a pedirle que vuelva."

"Fue un momento."

"Qué conveniente."

"Estaba molesto."

"¿Y cuando estás molesto conmigo extrañas a tus ex?"

"No."

"Pues elegiste una manera curiosa de demostrarlo."




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