La boda que solo yo Imagine

Una canción, un auricular y una rodilla en el suelo

Hay momentos que, mientras ocurren, una sabe que van a quedarse para siempre.

No porque sean perfectos.

No porque haya cámaras.

No porque el lugar sea espectacular.

Sino porque el corazón entiende antes que la cabeza que algo importante está a punto de cambiar.

Yo estaba sentada frente a ti, con un auricular puesto, compartiendo contigo una canción que había encontrado unos minutos antes en YouTube.

Tú escuchabas.

Yo fingía que también.

Pero no escuchaba nada.

Ni la melodía.

Ni la letra.

Ni la gente alrededor.

Solo podía escuchar mi corazón golpeándome el pecho con una fuerza absurda.

Y pensar:

¿Qué demonios estoy haciendo?

Tenía el anillo escondido.

Las manos frías.

La boca seca.

Los nervios a mil.

Tú seguías completamente tranquilo.

Claro.

Era facilísimo estar tranquilo cuando uno no sabía que estaba a punto de recibir una propuesta de matrimonio.

Me miraste.

"¿Por qué estás tan seria?"

Negué.

"Nada."

"Hoy haces mucho 'nada'."

"Escucha la canción."

"Estoy escuchando."

"Entonces no hables."

Sonreíste.

"Mandona."

"Un poquito."

Volviste a mirar hacia adelante.

Yo respiré profundamente.

Una vez.

Dos.

Tres.

No funcionó.

Mi corazón continuaba comportándose como si estuviera intentando escapar.

Metí la mano lentamente hacia donde había guardado la caja.

La toqué.

Todavía podía arrepentirme.

Ese pensamiento apareció con toda claridad.

Podía esperar.

Podía buscar otro lugar.

Preparar algo mejor.

Un restaurante.

Un mirador.

Un viaje distinto.

Velas.

Flores.

Algún escenario que pareciera sacado de esas propuestas que uno ve en internet y piensa:

Así debería ser.

Pero entonces te miré.

Y comprendí que no quería una propuesta perfecta.

Quería que fuera nuestra.

Habíamos llegado allí después de una moto recién reparada.

Después de mojarnos.

Después del frío.

Después de quedarnos sin gasolina.

Después de dormir en una habitación encontrada a última hora.

Después de flores azules.

Después de una mentira pequeña para poder comprarte un anillo.

No necesitaba fuegos artificiales.

Ya habíamos sobrevivido suficiente caos para que ese momento fuera nuestro.

La canción continuaba.

Te pasé el celular.

"Ten."

"¿Para qué?"

"Escucha."

"Ya escucho."

"Solo..."

Me detuve.

No sabía qué decir.

Tú me miraste raro otra vez.

"¿Estás bien?"

Asentí.

Mentira.

Estaba aterrada.

Y no porque me estuviera arrepintiendo.

Era otra cosa.

Era esa vulnerabilidad que aparece cuando una pone algo demasiado importante sobre la mesa.

En nuestra relación yo podía bromear.

Discutir.

Responder con sarcasmo.

Hacerme la fuerte.

Pero en ese momento no había ningún lugar donde esconderme.

Si abría aquella caja, iba a decirte exactamente lo que quería.

Sin adornos.

Sin orgullo.

Sin posibilidad de fingir después que no había sido tan importante.

Yo quería casarme contigo.

Así de simple.

Así de enorme.

Me levanté.

Tú alzaste la mirada.

"¿A dónde vas?"

"Espera."

"¿Qué?"

No respondí.

Di un paso.

Después otro.

No sé si alguien alrededor comenzó a mirar.

Probablemente sí.

Pero en ese momento dejaron de existir.

Solo estabas tú.

Y yo.

Y una caja que de repente pesaba más que toda la motocicleta.

Me puse frente a ti.

Tu expresión cambió.

Primero curiosidad.

Después confusión.

Después algo que todavía puedo recordar con demasiada claridad.

Sospecha.

"¿Qué haces?"

No respondí.

Metí la mano.

Saqué la caja.

Y entonces tus ojos bajaron hacia ella.

Silencio.

Uno de esos silencios que duran segundos y, sin embargo, dentro de la memoria ocupan años.

Me arrodillé.

Una rodilla en el suelo.

Yo.

Frente a ti.

Con las manos temblando.

Con el corazón completamente expuesto.

Y recuerdo haber pensado algo ridículo:

No llores antes de preguntar.

Te quedaste inmóvil.

"¿Qué...?"

Abrí la caja.

El anillo apareció.

Tu cara cambió completamente.

La canción seguía sonando por los auriculares.

Yo ya ni siquiera sabía en qué parte estaba.

Solo te miraba.

Me había preparado frases.

Muchas.

Todas desaparecieron.

Así que hablé como pude.

Como me salió.

Sin discurso perfecto.

Sin ensayo.

Con miedo.

Con amor.

"Yo sé que normalmente..."

Me reí nerviosa.

"Bueno, normalmente se supone que esto lo hace el hombre."

Tú seguías mirándome.

"Pero no quiero esperar a que alguien me diga cuándo puedo elegir lo que quiero."

Respiré.

Las manos me temblaban todavía más.

"Y yo te elijo a ti."

Ahí.

Eso fue.

La frase que importaba.

Yo te elijo a ti.

No porque fueras perfecto.

No porque nuestra historia lo fuera.

No porque nunca hubiéramos tenido problemas.

Te elegía porque, con todo lo que sabía de ti hasta ese momento, quería seguir.

Quería construir.

Quería convertir los viajes improvisados en recuerdos.

Quería que las noches difíciles fueran anécdotas.

Quería reírme contigo años después de aquella vez que casi nos quedamos botados sin gasolina.

Quería más.

Contigo.

"Quiero saber si tú también quieres elegir esto conmigo."

Se me quebró un poco la voz.

Y finalmente hice la pregunta.

"¿Te quieres casar conmigo?"

El mundo se quedó quieto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.