La boda que solo yo Imagine

Si yo no hubiera dado el primer paso

Hay una pregunta que evité durante mucho tiempo.

No porque no quisiera conocer la respuesta.

Precisamente porque tenía miedo de conocerla.

Era sencilla.

Tan sencilla que cabía en una sola frase.

Pero detrás llevaba años enteros.

El viaje.

La lluvia.

Las flores.

Chordeleg.

El anillo.

Mi rodilla en el suelo.

Tu "sí".

Tu ex.

Las discusiones.

El "más adelante".

La boda que nunca encontraba fecha.

Todo.

La pregunta era:

Si yo nunca te hubiera pedido matrimonio, ¿tú me lo habrías pedido a mí?

La pensé muchas veces.

Mientras cocinaba.

Mientras trabajaba.

Mientras estaba acostada junto a ti.

Mientras te miraba hacer cualquier cosa cotidiana sin sospechar que dentro de mi cabeza yo estaba revisando nuestra historia completa.

Nunca la decía.

Porque existían respuestas que me daban miedo.

Un "no" me habría destruido.

Un "sí" quizá me habría hecho preguntar cuándo.

Y un "no sé"...

Bueno.

Creo que ese era el que más miedo me daba.

Porque después de tantos años, no saber también era una respuesta.

Una noche finalmente la pregunta salió.

No recuerdo que estuviéramos peleando.

Tal vez por eso pude hacerla.

Cuando las conversaciones nacen en medio de una discusión, siempre queda la posibilidad de culpar al enojo.

Aquella vez no.

Estábamos tranquilos.

Y de repente te miré.

"Te quiero preguntar algo."

"Pregunta."

Vacilé.

"Pero quiero que me respondas de verdad."

Me miraste con esa expresión que ya conocía.

"Qué pasó."

"Nada."

Respiré.

"Solo quiero saber."

Esperaste.

Y entonces lo dije.

"Si yo nunca te hubiera pedido matrimonio..."

Pausa.

"...¿tú me lo habrías pedido a mí?"

Te quedaste callado.

Ese maldito silencio.

Otra vez.

Ya debería haber aprendido a no medir respuestas por segundos.

Pero cuando una pregunta te importa demasiado, cada pausa se convierte en una enciclopedia.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Pensé:

No sabe.

Después:

Está pensando qué decir para no herirme.

Después:

Tal vez la respuesta es no.

Finalmente hablaste.

"Sí."

Te miré.

"¿Sí?"

"Sí."

Debí sentir alivio.

Pero algo dentro de mí ya había cambiado demasiado.

"¿Cuándo?"

Frunciste ligeramente el ceño.

"¿Cómo que cuándo?"

"Eso."

Me encogí de hombros.

"¿Cuándo habrías pensado hacerlo?"

"Algún día."

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

La contuve.

Algún día.

Claro.

Tu lugar favorito.

"¿Qué?"

Preguntaste al ver mi cara.

"Nada."

"No. Di."

Negué.

"Es que..."

Me reí un poco.

"Ni siquiera en una situación imaginaria puedes darme una fecha aproximada."

"No entiendo por qué necesitas convertir todo en fecha."

"Porque los 'algún día' no existen."

"Claro que existen."

"No."

Te miré.

"Existen únicamente hasta que alguien decide convertirlos en martes, diciembre, el próximo año, dentro de seis meses."

Silencio.

"Si nadie decide, 'algún día' es solamente una forma elegante de decir nunca sin tener que asumirlo."

Te molestaste.

"No dije nunca."

"Lo sé."

"Entonces."

"Estoy diciendo que tampoco dijiste cuándo."

"Porque es una pregunta hipotética."

"Exactamente."

Sonreí.

"Y aun en mi fantasía tengo que esperar."

No te causó gracia.

A mí tampoco.

Quise dejarlo ahí.

De verdad.

Pero había abierto una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

"¿Sabes por qué te pregunté?"

"No."

"Porque a veces pienso que si yo no hubiera hecho nada..."

La voz se me hizo más baja.

"...quizá nada habría pasado."

"Eso no es verdad."

"¿Seguro?"

"Sí."

"Entonces dime qué habría pasado."

"Ya te dije."

"Algún día."

No respondiste.

"Siempre algún día."

No estaba intentando humillarte.

Ni ganar.

Ya ni siquiera quería tener razón.

Quería entender la diferencia entre nosotros.

Y aquella pregunta empezó a mostrármela con una claridad dolorosa.

Yo era una persona que cuando quería algo importante tendía a moverme hacia ello.

No siempre bien.

No siempre con seguridad.

Pero lo hacía.

Quise hacer aquel viaje.

Fui.

Quise darte flores.

Las compré.

Quise proponerte matrimonio.

Busqué el anillo.

Me escondí.

Escogí una canción.

Me arrodillé.

Pregunté.

Tú eras diferente.

Podías querer algo y convivir con ese deseo durante muchísimo tiempo sin necesidad de convertirlo inmediatamente en acción.

Quizá para ti eso no disminuía lo que sentías.

Pero para mí sí modificaba cómo lo recibía.

Porque yo no podía vivir eternamente de intenciones invisibles.

"Yo no tengo que demostrarte todo el tiempo que te quiero", dijiste.

"No."

Respondí.

"Nunca te pedí eso."

"Entonces parece."

"No necesito demostración todo el tiempo."

Te miré.

"Necesito coherencia algunas veces."

Eso te dejó callado.

"¿Coherencia entre qué?"

"Entre lo que dices que quieres y lo que haces para conseguirlo."

No respondimos durante unos segundos.

Yo sabía que aquella frase no hablaba únicamente de la boda.

Hablaba de todo.

De cuando dijiste que querías casarte pero nunca proponías nada.

De cuando aseguraste que me elegías después de haber ido a buscar a tu ex.

De cuando decías que querías reparar algo pero preguntabas qué tenías que hacer.

No era perfección lo que necesitaba.




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