La boda que solo yo Imagine

Seguimos juntos, pero la boda se quedó atrás

Lo extraño de renunciar a una boda sin terminar una relación es que nadie se entera.

No hay anuncio.

No hay llamadas incómodas.

No hay invitados que desinvitar.

No existe un vestido guardado dentro de un armario ni un salón al que pedirle devolución.

Porque nosotros nunca llegamos tan lejos.

Nuestra boda murió antes de tener cuerpo.

Y quizá por eso fue tan difícil llorarla.

¿Cómo se hace duelo por algo que solo existió en tu imaginación?

Seguíamos juntos.

Esa frase se convirtió en una especie de respuesta para todo.

¿Después de lo de su ex?

Seguimos juntos.

¿Después de tantas discusiones?

Seguimos juntos.

¿Y el compromiso?

Seguimos juntos.

¿Y la boda?

...

Seguimos juntos.

Como si permanecer respondiera todas las preguntas.

Durante mucho tiempo yo también utilicé esa frase para tranquilizarme.

Seguimos juntos.

Entonces debemos estar bien.

Seguimos juntos.

Entonces lo ocurrido no pudo ser tan grave.

Seguimos juntos.

Entonces algún día nos casaremos.

Hasta que comprendí que continuar una relación y avanzar dentro de ella no son exactamente lo mismo.

Puedes seguir.

Muchísimo.

Años incluso.

Y permanecer en el mismo lugar.

Hubo una época en la que dejamos prácticamente de discutir sobre matrimonio.

Parecía paz.

No lo era.

Era agotamiento.

Tú probablemente pensabas que finalmente había entendido que no debíamos apresurarnos.

Yo sabía la verdad.

Simplemente había dejado de esperar que aquella conversación produjera algo diferente.

Es increíble la cantidad de conflictos que desaparecen cuando una persona deja de pedir lo que necesita.

La relación se vuelve tranquilísima.

Convenientemente tranquila.

Yo ya no preguntaba:

"¿Cuándo?"

Entonces tú ya no tenías que responder:

"Más adelante."

Yo no mencionaba lugares.

Tú no tenías que mostrar entusiasmo.

Yo no planteaba planes.

Tú no tenías que sentir presión.

Una maravilla.

Casi parecía que habíamos solucionado el problema.

En realidad solo habíamos dejado de mirarlo.

Un día dijiste algo mientras hablábamos de cualquier otra cosa.

No recuerdo cómo llegamos al tema.

Pero sí recuerdo tu frase.

"¿Acaso no estamos bien así?"

Me quedé callada.

Porque esa pregunta contenía muchísimo más de lo que probablemente pretendías.

Así.

¿Qué significaba así?

Juntos.

Sin boda.

Sin fecha.

Sin conversaciones incómodas.

Sin exigencias.

Sin decisiones.

En una relación suficientemente estable para quedarse, pero aparentemente no lo bastante urgente para avanzar.

"Sí", respondí.

Me miraste.

"Entonces."

Ese "entonces" me irritó.

"Entonces qué."

"Que no entiendo por qué antes te preocupaba tanto."

Me reí suavemente.

No de humor.

De incredulidad.

"¿De verdad?"

"Sí."

"Porque estamos bien."

Asentí.

"Claro."

"¿Ves?"

"No."

Te miré.

"Estar bien hoy no responde qué queremos mañana."

Te quedaste pensando.

"Pero siempre tiene que existir un próximo paso."

"¿Qué?"

"Para ti."

Fruncí el ceño.

"¿Qué quieres decir?"

"Siempre estás pensando qué sigue."

Tal vez era una crítica.

Tal vez simplemente una observación.

Pero me golpeó.

Porque tenías razón.

Yo pensaba en el futuro.

Siempre.

No necesariamente porque fuera incapaz de disfrutar el presente.

Sino porque cuando amo a alguien, naturalmente empiezo a imaginar cómo construir con esa persona.

"Sí", respondí.

"Pienso en lo que sigue."

"¿Y no podemos simplemente estar bien?"

Respiré.

"Podemos."

Pausa.

"Pero no quiero que 'estar bien' se convierta en la excusa para nunca decidir nada."

No respondiste.

Yo tampoco seguí.

Antes habría insistido.

Aquella versión de mí ya estaba desapareciendo.

Había aprendido que algunas conversaciones no necesitan una hora.

A veces basta con decir una frase y mirar lo que la otra persona hace después.

Yo ya no quería respuestas inmediatas.

Quería consecuencias.

Y las consecuencias nunca llegaron.

Empecé a notar algo extraño.

Cuando dejé de hablar de matrimonio, comencé a disfrutar más algunos momentos contigo.

Era lógico.

Ya no esperaba que cada cena pudiera convertirse en "la conversación".

Ya no interpretaba cada viaje como una oportunidad.

Ya no esperaba que un día me sorprendieras diciendo:

"Vamos a poner fecha."

Había dejado de colocarle expectativa a todo.

Y eso trajo paz.

Pero era una paz con precio.

Para conseguirla tuve que guardar una parte de mí.

La que quería ser tu esposa.

A veces pensaba:

Tal vez esto es madurar.

Aceptar que la vida no siempre ocurre como imaginaste.

Que no todo amor necesita matrimonio.

Que una pareja puede permanecer junta sin casarse.

Y sí.

Todo eso es cierto.

El problema era que nunca habíamos decidido juntos renunciar a casarnos.

Yo renuncié lentamente porque me cansé de esperar.

Eso era diferente.

No fue:

"Los dos hemos hablado y preferimos quedarnos así."

Fue:

"Yo dejé de preguntar y descubrí que a ti no parecía molestarte el silencio."

Esa diferencia importaba.

Mucho.

Una tarde encontré fotografías del viaje.

No estaba buscándolas.

Aparecieron.

El teléfono tiene esa capacidad casi sádica de recordarte momentos que no pediste recordar.

Fotos de la carretera.

Del lugar.

De las flores.

De nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.